Aquella mañana de Pascua de 1938 recién estrenada, en la celda n. 2 de la enfermería, moría muy temprano -como quien tiene prisa de ver a Dios-, un joven trapense de 27 años, a quien el Padre Abad le había concedido la cogulla blanca hacía tan sólo ocho días. Se cumplía su deseo. Hacía poco más de dos meses que había orado a Dios, con su pluma entre los dedos, para decirle con sencillez y deseo ardiente: «¡No tardes, Señor! Mira que tu siervo Rafael tiene prisa de estar contigo..., de ver a María, tu Santísima Madre..., de cantar tus alabanzas con los santos y con los ángeles...».
Este humilde oblato trapense, Fray María Rafael Arnáiz Barón, había nacido de familia aristocrática en la ciudad de Burgos el 9 de abril de 1911 y recibió las aguas bautismales el día 21 del mismo mes. Creció como un muchacho normal en una familia profundamente cristiana: Su tía, la Duquesa de Maqueda, acabó sus días como Carmelita descalza y su propio hermano se hizo Cartujo y murió hace unos años.
Joven inteligente y apuesto, nada ñoño ni inclinado a la vida religiosa, Rafael era un artista y tenía una facilidad tremenda para el diseño, por lo que no es raro que se decantase, al acabar el bachillerato, por la escuela la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid, para la cual aprobó el examen de ingreso. Estamos en 1930 y Rafael tenía 19 años. Comenzó a hacer los sondeos oportunos en varias pensiones, para residir en Madrid durante los estudios, terminando por elegir la Pensión del Callao, en la Gran Vía de Madrid. Aquel año, al acabar las vacaciones, y ante la insistencia de su tío, decidió pasar un día en la Trapa de San Isidro, situada entre las localidades de Dueñas y Venta de Baños, a catorce kilómetros de Palencia.
En la crónica de la hospedería del monasterio se lee: «El día 23 de septiembre de 1930 llegó el sobrino (Rafael) del Duque de Maqueda, don Leopoldo Barón, y se fue al día siguiente».
Así de lacónica es la descripción de su primera visita al monasterio. Sin embargo, la realidad interior fue tan honda, y tan tremenda la convulsión de su alma, que le fue del todo imposible contar la realidad de sus impresiones. Sus ojos de artista se enamoraron de las bellezas externas; su intuición musical se extasió con las sonoras armonías del canto litúrgico, y su alma quedó prendida para siempre por el ambiente austero, por el silencio contemplativo y por el marco de piedad que inspiraba una comunidad tan numerosa.
Sólo cuando llegase a Oviedo balbuciría estas impresiones en carta a su tío, el Duque de Maqueda: «...Cuando al entrar a saludar al Señor en la iglesia, vi a los monjes cantar en el coro, vi aquel altar con aquella Virgen, vi el respeto que tienen en la iglesia los monjes y, sobre todo, oí una Salve que..., querido tío Polín, sólo Dios sabe lo que sentí... Yo no sabía rezar... Lo que yo gocé ese día en la Trapa no te lo puedes figurar, pero, si les conoces a ellos y me conoces a mí, puedes hacerte un poquito de cargo. De ese día me acordaré toda la vida y, en los ratos que tengo de desfallecimiento, me acuerdo de mis hermanos del monasterio y de sus costumbres y me animo mucho».
Rafael había descubierto algo nuevo en su vida, atraído –ya que era artista- por la belleza externa de la vida trapense. El Señor usó esa belleza para atraerle poco a poco, hasta conseguir, cuatro años más tarde, que diera un sí definitivo a una vocación que no había buscado. El día que ingresó en el monasterio, escribía: «La Trapa la ha hecho Dios para mí y a mí para la Trapa... Ahora puedo morir contento, ya soy trapense...».
Todo lo veía con ojos de principiante y, por lo mismo, con novedad gozosa. Por eso escribía a su madre: «...La campana me dice que son las dos y que tengo que bajar a, Maitines. No lo dudo ni un minuto y, con el pensamiento puesto en Dios y con el corazón alegre, bajo las escaleras del noviciado a toda velocidad y entro en la iglesia donde mi Dios está en el Tabernáculo, esperando a sus monjes para que empiecen a cantar sus alabanzas».
«¡Qué hermoso es el silencio!... Estoy convencido, el silencio ayuda mucho para no perder la presencia de Dios».
«El trabajo en el campo es alegre». Y se trataba -¡qué paradoja!- de arrancar cepas a pura azada cuando la tierra, en pleno enero, estaba hecha un carámbano... A las heladas las califica de «magníficas», y «no me molestaba estar a bajo cero, pues precisamente el frío que yo tenía estaba bendiciendo al Señor».. «En la cuaresma... se pasa hambre, pero se pasa con alegría, pues se pasa por Dios».
Sin embargo, los caminos de Dios suelen comenzar con consuelos, pero siguen por oscuridades para que la fe solamente nos una a Dios, según la doctrina del maestro místico San Juan de la Cruz: «Porque la puerta angosta es la noche del sentido, del cual se despoja y desnuda el alma para entrar en ella, juntándose en fe, que es ajena de todo sentido, para caminar después por el camino estrecho, que es la otra noche del espíritu, en que después entra el alma para caminar a Dios en pura fe, que es el medio por donde el alma se une a Dios».
De momento, el Señor permitió que gozase de las emociones y alegrías de una novedad cuasi celeste y, cuando estuvo afianzado en fe, esperanza y amor secreto y hondo de su vocación trapense, vino muy calladamente el momento duro de la prueba y de la noche más oscura de los sentidos y del espíritu. Dios es así de sorprendente cuando ha conquistado por amor a un alma y quiere llevarla a la cima de la santidad.
Sólo cuatro meses de goces de enamorado, y su soñado castillo de naipes rodará por el suelo, quedando en el desconcierto más profundo. De momento, guardará un silencio de misterio, porque ni él mismo entiende lo que le está ocurriendo, y desahogará su desvalimiento llorando en la intimidad. Su alma y su cuerpo están verdaderamente triturados. Su cuerpo, flagelado por una «diabetes mellitus» que, en pocos días, le ha robado veinticuatro kilos dejándolo casi ciego; y su alma, por habérsele cerrado todos los caminos, hasta hallarse sin brújula para poder orientarse.
Una carta desconcertante llega a la familia Arnáiz Barón:
«Muy señor mío y distinguido amigo D. Rafael: Cuando menos lo esperábamos, se ha notado hoy que su hijo Rafael padece diabetes sacarina, que podrá curarse con un tratamiento apropiado y una medicación racional. Consultado el caso con nuestro médico, opina que es conveniente marche al lado de ustedes, para ponerle ahí en tratamiento a la mayor brevedad.
Por esta razón y con el natural sentimiento, ruego a ustedes vengan con su coche para llevárselo, y aquí se le darán todas las instrucciones convenientes.
Con este motivo y en espera de su llegada, me reitero atento s. s. Fray María Marcelo León».
Tres veces salió el Hermano Rafael del monasterio. Y, a pesar del dictamen de los médicos, volvió porque estaba enamorado de su vocación y, poco a poco se había enamorado de la cruz. Cuando llegó al monasterio por tercera vez el 6 de diciembre de 1936, comenzó a escribir lo que tituló Mi cuaderno, con una veintena de reflexiones espirituales, cada vez más hondas y profundas, terminando con el Fiat del que acepta, como voluntad de Dios, el tener que salir por tercera vez de la Trapa el 7 de febrero de 1937:
«Aquí llego, en mi cuaderno, cuando la obediencia me obliga a dejar mi celda de la enfermería, mi silencio, mi vida de retiro del mundo... Hágase la voluntad de Dios. Él me saca de aquí..., Él me ha de volver a llevar otra vez a vivir en su morada... ¡Estoy tan seguro que he de morir trapense! No sé por qué..., pero aunque humanamente hablando parece que todo me es adverso, no es así..., pues la infinita bondad de Dios, los designios sobre sus criaturas, muchas veces se ocultan de una manera tan extraña a los ojos de los hombres, que hacen falta otros ojos, que no son los del cuerpo, para verlo.
He abandonado mi casa y mi familia tres veces... Tres veces que he creído que lo había dejado todo, y no es así. Si el Señor me da su gracia y salud, volveré a dejarlo todo, no digo tres ni cuatro veces..., mil si hiciera .falta».
Alguien, que lo quería mucho, intentó convencerlo para que no volviera al monasterio, ya que su enfermedad, según razones humanas, era un motivo más que justificado para seguir al lado de su familia. Pero Rafael, impulsado sin duda por Dios, y con razones del todo sobrenaturales, le contestó con esta parábola:
«Suponte que tú estás en tu casa enfermo, lleno de cuidados y atenciones, casi tullido, inútil..., incapaz de valerte, en una palabra. Pero un día vieras pasar debajo de tu ventana. a Jesús... Si vieras que a Jesús le seguían una turba de pecadores, de pobres, de enfermos, de leprosos. Si vieras que Jesús te llamaba y te daba un puesto en su séquito, y te mirase con esos ojos divinos, que desprendían amor, ternura, perdón, y te dijese: ¿Por qué no me sigues?... Tú, ¿qué harías? ¿Acaso le ibas a responder: Señor, te seguiría si me dieras un enfermero..., si me dieras medios para seguirte con comodidad y sin peligro de mi salud... Te seguiría si estuviera sano y fuerte para poderme valer?
No, seguro que si hubieras visto la dulzura de los ojos de Jesús, nada de eso le hubieras dicho, sino que te hubieras levantado de tu lecho, sin pensar en tus cuidados, sin pensar en ti para nada, te hubieras unido, aunque hubieras sido el último..., fíjate bien, el último, a la comitiva de Jesús, y le hubieras dicho: Voy, Señor, no me importan mis dolencias, ni la muerte, ni comer, ni dormir... Si Tú me admites, voy. Si Tú quieres, puedes sanarme... No me importa que el camino por donde me lleves sea difícil, sea abrupto y esté lleno de espinas. No me importa si quieres que muera contigo en una cruz... ».
Y a morir en cruz y junto a la Cruz volvió a la Trapa, por cuarta y última vez, el 15 de diciembre de 1937. Y como quien penetra en los misterios de Dios, quemando etapas y acelerando el paso, el Hermano. Rafael, que intuía su última entrada como un próximo morir, hizo oración con su pluma y escribió las aspiraciones más densas e intensas, a lo divino, de todo lo que nos ha dejado como mensaje.
Sin embargo, al mismo tiempo no le faltaron tentaciones purificadoras, cada vez más dolorosas, en las que Dios estaba exigiendo lo más y mejor de su vida. Rafael supo corresponder con total generosidad, aunque también en plena noche del espíritu. Lo recuerda en los diferentes capítulos de su cuaderno, en los que manifiesta su amor a la voluntad y su aceptación amorosa de la cruz
En su cuerpo se iba notando el flagelo de su enfermedad diabética con sus manifestaciones de un cansancio cada vez más agotador. Todo fue casi fulminante, pues sólo hacía una semana que lo había visitado su padre (abril de 1938) y lo había encontrado mejor que nunca. Pero el mal avanzaba y, a los pocos días, cayó en cama para no levantarse más. En un momento grave de su acceso diabético se levantó de la cama trabajosamente y, con un andar vacilante y apoyando sus manos febricitantes a lo largo de la pared, llegó hasta un grifo de agua fría para saciar su sed ardiente. Pero no bebió. Quería morir de sed como Jesús en la Cruz.
Y el 26 de abril, de ese mismo año de 1938, Fray María Rafael acabó sus días. Tenía 27 años recién estrenados. Se cumplió su profecía: «Dios me dice que yo moriré trapense». «¡Estoy tan seguro que he de morir trapense!».
La sensación inmediata fue la de que el Rafael había desaparecido para siempre perdiéndose en el silencio de los siglos, en frase de la Sabiduría: «La gente pensaba que su partida era una destrucción» (Sab 3,2). Pero no fue así. Se extinguió la llama, pero quedó prendido un rescoldo invisible. Bien pronto se percibirían su calor y sus destellos.
En el remanso, pacífico y contemplativo, del monasterio de San Isidro de Dueñas, había caído una piedrecita blanca. Aunque escondida en el fondo de Dios, fue haciendo, y continúa produciéndolos hoy, círculos concéntricos de expansión cada vez más numerosos y extensos, llegando el olor de su santidad hasta los rincones más insospechados y sorprendentes.
Si le hubiesen dicho a Rafael en los momentos de la muerte que un día le iban a subir a los altares, se hubiese muerto todavía antes del susto. Y sin embargo, su sacrificio escondido de la enfermenría de la Trapa y su amor a Cristo crucificado le hicieron tan fecundo según la economía misteriosa de la Cruz, que somos muchísimos los que nos alegramos con su ya cercana Canonización