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El Testigo Fiel
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Actualidad: Noticias:
Buscador simple (o avanzado)
El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
La búsqueda admite el uso de comillas normales para buscar palabras y expresiones literales.
La búsqueda no distingue mayúsculas y minúsculas, y no es sensible a los acentos (en el ejemplo: católica y Catolica dará los mismos resultados).

Inmaculada Concepción

8 de diciembre de 2009
En la solemnidad de la Inmaculada, Benedicto XVI renovó el tradicional homenaje a la Virgen en la Plaza de España de Roma

Queridos hermanos y hermanas:

En el corazón de las ciudades cristianas, María constituye una presencia dulce y tranquilizadora. Con su estilo discreto, da a todos la paz y la esperanza en momentos alegres y tristes de la existencia. En las iglesias, en las capillas, en las paredes de los edificios: un cuadro, un mosaico, una estatua, recuerda la presencia de la Madre que vela constantemente por sus hijos. También aquí, en la Plaza de España, María está colocada en lo alto, como velando por Roma.

¿Qué le dice María a la ciudad? ¿Que les recuerda a todos con su presencia? Recuerda que "donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Romanos 5, 20), como escribe el apóstol Pablo. Ella es la Madre Inmaculada que repite también a los hombres de nuestro tiempo: no tengáis miedo, Jesús ha vencido al mal; ha vencido su dominio desde su raíz.

¡Cuánta necesidad tenemos de esta hermosa noticia! Cada día, de hecho, a través de los periódicos, la televisión, la radio, el mal es narrado, repetido, amplificado, acostumbrándonos a las cosas más horribles, haciéndonos insensibles y, en cierto sentido, intoxicándonos, pues lo negativo no se digiere plenamente y día tras día se acumula. El corazón se endurece y los pensamientos de hacen sombríos. Por este motivo, la ciudad tiene necesidad de María, que con su presencia nos habla de Dios, nos recuerda la victoria de la Gracia sobre el pecado, y nos lleva a esperar incluso en las situaciones humanamente más difíciles.

En la ciudad viven --o sobreviven-- personas invisibles, que de vez en cuando saltan a las primeras páginas o a las pantallas de televisión, y son aprovechadas hasta el final, mientras la noticia y su imagen llaman la atención. Es un mecanismo perverso, ante el cual por desgracia es difícil oponer resistencia. La ciudad primero esconde y luego expone al público. Sin piedad o con una falsa piedad. Sin embargo, en todo hombre se da el deseo de ser acogido como persona y considerado como una realidad sagrada, pues cada historia humana es una historia sagrada y exige el mayor respeto.

¡La ciudad, queridos hermanos y hermanas, somos todos nosotros! Cada quien contribuye a su vida y a su clima moral, para el bien o para el mal. En el corazón de cada uno de nosotros pasa la frontera entre el bien y el mal y ninguno de nosotros debe sentirse con el derecho de juzgar a los demás, sino que más bien cada uno debe sentir el deber de mejorarse a sí mismo. Los medios de comunicación tienden a hacer que siempre nos sintamos "espectadores", como si el mal sólo afectara a los demás, a ciertos eventos que a nosotros no podrían sucedernos nunca. Sin embargo, todos somos "actores" y, tanto en el mal como en el bien, nuestro comportamiento tiene una influencia sobre los demás.

Con frecuencia nos quejamos por la contaminación del aire, que en ciertos lugares de la ciudad es irrespirable. Es verdad: se requiere el compromiso de todos para hacer más limpia la ciudad. Y, sin embargo, hay otra contaminación, menos perceptible por los sentidos, pero igualmente peligrosa. Es la contaminación del espíritu, que hace que nuestros rostros sonrían menos, sean más tristes, que nos lleva a no saludarnos, a no mirarnos a la cara... La ciudad está hecha de rostros, pero por desgracia las dinámicas colectivas pueden hacernos perder la percepción de su profundidad. Todo lo vemos superficialmente. Las personas se convierten en cuerpos y estos cuerpos pierden el alma, se convierten en cosas, objetos sin rostros, intercambiables, objetos de consumo.

María Inmaculada nos ayuda a redescubrir y defender la profundidad de las personas, pues en ella se da una perfecta transparencia del alma en el cuerpo. Es la pureza en persona, en el sentido de que espíritu, alma y cuerpo son en ella plenamente coherentes entre sí y con la voluntad de Dios. La Virgen nos enseña a abrirnos a la acción de Dios para ver a los demás como los ve Él: a partir de corazón. Y a verlos con misericordia, con amor, con ternura infinita, especialmente a los más solos, despreciados, los que sufren abusos. "Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia".

Quiero rendir homenaje públicamente a todos aquellos que, en silencio, sin palabras pero con hechos, se esfuerzan por practicar esta ley evangélica del amor, que saca adelante al mundo. Son tantos, incluso aquí, en Roma, y pocas veces hacen noticia. Hombres y mujeres de todas las edades, que han comprendido que no sirve de nada condenar, quejarse, echar la culpa, sino que es mejor responder al mal con el bien. Esto es lo que cambia la realidad; o mejor dicho, cambia a las personas, por consiguiente, mejora la sociedad.

¡Queridos amigos romanos y todos los que vivís en esta ciudad! Mientras estamos ocupados por las actividades cotidianas, escuchemos la voz de María. Escuchemos su llamamiento silencioso, pero apremiante. Ella nos dice a cada uno de nosotros: ¡que donde ha abundado el pecado pueda sobreabundar la gracia, a partir precisamente de tu corazón y de tu vida! Y la ciudad será más hermosa, más cristiana, más humana.

Gracias, Madre Santa, por este mensaje de esperanza. Gracias por tu silenciosa pero elocuente presencia en el corazón de nuestra ciudad. Virgen Inmaculada, Salus Populi Romani, ¡reza por nosotros!

fuente: Zenit
Comentarios
por Andrea (200.80.35.---) - lunes , 14-dic-2009, 2:15:28
Que lujo de Papa tenemos, la verdad que lujo! Está en todo, nada le es ajeno.
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