Alba, 29/01/2010- Vivía en el albergue de San Isidro, en Madrid. Llevaba más de 20 años enganchado a la heroína y a la coca, pesaba 40 kilos y tenía VIH, toxoplasmosis, neumonía y tuberculosis. Era “una bomba a punto de estallar” que no esperaba nada de la vida. Sólo la muerte.
Un día le llamaron al despacho del médico; estaba también la trabajadora social. “Antonio, te queda una semana de vida. ¿Quieres que te llevemos a una casa en la que hay más chicos como tú?”. Había llegado su sentencia y Antonio no quería irse solo, así que aceptó.
Su último viaje lo llevó a una casa distinta de todo lo que había conocido. “No era un centro, era un hogar”. Sólo llevaba 15 días abierto, pero aquel refugio era diferente. “No sé qué pasó aquí, pero empecé a comer otra vez, volví a andar y me recuperé”. Desde entonces, hace ya diez años, Antonio vive la que probablemente sea la última semana de vida más larga de la historia.
‘Confío en ti’
Había estado muy enfermo, pero una vez recuperado era uno más. Alguien con dos brazos, con una cabeza sana y con la posibilidad -y el deber- de trabajar.
“Gloria me dijo que me iba a buscar un trabajo. Yo pensé: ‘me pondrán de barrendero o algo’, porque no tenía estudios. El caso es que llega un día y me dice: ‘Antonio, vas a ser guardia de seguridad en un garaje’”. No era una broma, pero Antonio se rio. “Gloria, eso es como meter al lobo en el gallinero”. Y es que él, gran amante de los coches, había conducido ya muchos BMW; no eran prestados, ni de amigos. “Coche que veía, coche que abría y…”.
Pero dio igual. El uno de septiembre del 2000, Gloria le acompañó a su nuevo trabajo. “Se quedó fuera, esperando. Yo bajé la rampa, entré en el garaje y me dijo mi compañero: ‘mira, aquí cobramos, aquí están las llaves de los coches…’”. Allí estaban, mirándole, las llaves de los BMW, Porsche y demás tentaciones.
Si Antonio no había conocido el miedo, entonces supo lo que era.
“Salí corriendo y le dije a Gloria: ‘yo me voy de aquí, que no puedo quedarme, ¡voy a robar los coches!’”.
Lo recuerda y se ríe, pero a continuación se pone serio y sigue con su historia. “¿Sabes qué me dijo Gloria? ‘Confío en ti’. Las únicas palabras, y se marchó. Era la primera vez en mi puta vida que alguien me decía que confiaba en mí”.
Y a Antonio le supo tan bien que decidió no defraudar esa confianza. Ahí estaban las llaves, pero ya no eran una tentación, eran su trabajo.
Eran y son, porque todas las noches, desde hace diez años, cumple fielmente su horario, de 11 de la noche a 7 de la mañana.