Éste es, por tanto, un libro que enseña a comprender nuestra historia en monedas pequeñas, en vez de en propuestas de charloteo filosófico, teológico, político, social. Aire fresco, sin duda. Y mientras conversábamos, llegó el mentor e inspirador de la autora y del trabajo: el maestro Alejandro Llano, que en la introducción a esta mucho más que biografía escribe: «Estamos ante un libro que convierte una historia de gran densidad humana e intelectual en lectura que resulta difícil dejar. Se trata de una navegación por aguas agitadas, tormentosas a ratos, que se lleva a cabo con sorprendente y suave facilidad».
Porque este libro es mucho más que una biografía: es el testimonio y el testamento del siglo XX a través del protagonismo de quienes nunca fueron marionetas, de quienes sufrieron la banalidad del mal, la traición de los amigos y la complicidad de casi todos; profetas, en muchas ocasiones, del ser humano, y víctimas de la nada.
¿Acaso no son algunos de los textos de Arendt, recogidos en este libro, aldabonazos sobre la conciencia? Pongamos un ejemplo, su defensa de la natalidad: «El milagro que salva al mundo, a la esfera de los asuntos humanos, de su ruina normal y natural es, en último término, el hecho de la natalidad, en el que se enraíza ontológicamente la facultad de la acción». Estamos ante una sinfonía generacional, en la que la directora es una mujer judía que rompe con los esquemas para ayudarnos a entrar en la reflexión, que siempre es una forma de proposición y una condición para la esperanza. Esa generación, probablemente la última que se preguntó por la Historia en conjunto, fue una generación que comprendió la densidad del presente y que aventuró la banalidad del futuro en la medida en que la banalidad del mal ocupa los espacios reservados a la esperanza. La autora de esta biografía colectiva, porque lo es también de Heidegger, de Hans Jonas, de Guardini, de tantos otros, maneja una polifonía de fuentes que conduce al lector hacia las preguntas y las respuestas que hacen que la vida sea digna.
Dios también está presente. Dios revelado, del que escribiría Arendt a su marido: «Si Dios ha de ser un Dios vivo, así lo creemos, debe necesariamente revelarse a sí mismo». El otro, en el amor: «Alguien dijo sobre algún otro: Mientras esta persona esté viva, yo no estoy solo en este mundo. Supongo que tú me inspiras el mismo sentimiento», a mí también, querido lector.
José Francisco Serrano Oceja