“Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5,10). El creyente no puede olvidar que la tempestad por la que está pasando la Iglesia se refiere a una bienaventuranza, concretamente a la última.
Ciertamente los crímenes cometidos por sacerdotes suscitan horror. Así lo ha puesto de manifiesto Benedicto XVI, usando palabras terribles que, desgraciadamente, no han tenido demasiado eco: “Hay que actuar con urgencia para contrarrestar estos factores, que han tenido consecuencias tan trágicas para la vida de las víctimas y sus familias y han obscurecido la luz del Evangelio como no lo habían logrado ni siquiera siglos de persecución” (Carta a los católicos de Irlanda, 4). Debemos llorar por nuestros pecados, porque cuando los cristianos no luchan contra las tinieblas se convierten en sus peores cómplices y caen más bajo que cualquier perseguidor pagano. Sin embargo, de acuerdo con las sorprendentes palabras del sermón de la montaña, también nosotros debemos alegrarnos de la persecución, ya que, más que un obstáculo, la persecución es el espacio en el que puede realizarse la radicalidad del testimonio o, dicho de otra manera, es ocasión para practicar una caridad sobrenatural con el perseguidor.
A continuación me gustaría señalar otros motivos por los que hay que alegrarse incluso ante este linchamiento mediático.
Los medios más antipapistas se convierten a su pesar en apologistas de la fe. Que se vean obligados a deformar los hechos, a cortar y falsificar información para atacar al Papa y embarrar a todo el clero, es la prueba de que en realidad no tienen mucho que desaprobarles. Si la controversia fuese lúcida y racional, los ataques serían asumibles. Pero la irracionalidad de sus reacciones juega en su contra y le da a la mente racional razones para creer en la verdad del magisterio pontificio.
Después de todo, cuando el Papa habla, los no creyentes no deberían preocuparse. Deberían pensar que lo que dice afecta solo a los católicos, atrapados en el oscurantismo y la rigidez. Pero ahora resulta que tiemblan, nerviosos e inquietos, como si la voz del Santo Padre les alcanzase personalmente. Con semejante reacción, un observador externo podría llegar con facilidad la siguiente deducción: después de todo, este no es tan poco creyente como parece; más aún, da la impresión de que tiene dentro de sí el instinto del magisterio, de la paternidad espiritual del Sumo Pontífice y de su papel de testigo universal.
¿Cómo no reconocer la impronta del evangelio en el hecho de que la violencia sufrida por los niños nos parezca tan grave? En muchas sociedades los niños aparecen como seres imperfectos, poco importantes, a los que se les puede someter al trabajo e incluso abusar de ellos. Pero Cristo tiene palabras extraordinarias (aunque hayan hecho falta siglos de cristianismo, hasta llegar a Francisco de Sales y a don Bosco, para extraer sus consecuencias) como estas: “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 18,3). Los niños no sólo dejan de ser seres imperfectos, sino que se convierten en el símbolo por excelencia de la perfección de la vida espiritual. De ahí vienen el respeto y al atención profunda por parte de los adultos. Al mostrarse escandalizados por el desafortunado término de “pedofilia”, los medios de comunicación demuestran que todavía siguen bajo el benéfico influjo de la cristiandad.
Si les escandaliza sobre todo el hecho de que los abusos hayan sido cometidos por sacerdotes, es porque conservan el instinto de la dignidad especial del sacerdocio. Sus ataques son así una contribución involuntaria al Año Sacerdotal y un homenaje a la altísima vocación de pureza del sacerdote.
¿Qué elementos favorecen hoy la tendencia a abusar de los niños? ¿El paternalismo? No. Más bien esta idea de sociedad horizontal, en la que el sentido de la paternidad está atenuado y no se reconoce la jerarquía entre generaciones. Esta idea es la del “contrato social”, donde la sociedad no es un hecho natural que se fundamenta en la familia, sino un contrato suscrito por simples individuos sin pertenencia, sexo ni filiación. Todos aparentemente al mismo nivel. Pero entonces, ¿por qué no debería ser posible una relación sexual entre un adulto y un niño? Porque el niño no es capaz de consenso, dirá la parte contratante. ¡De acuerdo! Pero entonces, esa precisamente es la prueba de que la sociedad no se basa únicamente en el consenso individual, sino también en la familia natural. En consecuencia, para salir de este impasse, hay que restaurar el sentido de la paternidad, desde la paternidad divina hasta la paternidad humana, pasando por la paternidad espiritual del sacerdote. La existencia misma de un “Santo Padre” indica la necesidad de un amor radical y vertical para los niños, que prohíba todos los abusos de la horizontalidad.
Como bien señala Julián Carrón en su carta a “La Repubblica”, detrás del escándalo y el horror está la necesidad de justicia, de una justicia infinita. Ahora bien, una justicia así no debería reducirse al linchamiento de los culpables y a la compasión con las víctimas. Debería abrirse a un futuro de comunión y de felicidad y no cerrarse en una negativa actitud de venganza o remordimiento. Una pseudo-justicia rápida y estéril, en lugar de conseguir que la vida vuelva a surgir, nos haría cómplices de la destrucción. Se puede castigar a los culpables, pero ¿con qué fin, si la vida no tiene ningún sentido? La verdadera justicia no puede sino ordenarse a la esperanza. Hay que condenar los abusos sexuales perpetrados contra niños. Pero si se rechaza al mismo tiempo a los que son testigos entre ellos de esperanza y reconciliación, se comete con estos mismos niños un abuso espiritual. Se les deja en manos de un mundo consumista, sin redención ni futuro. Por este abuso, por esta masacre de almas, un día seremos juzgados.
El papado no es una institución humana. Es artículo de fe, puesto que es la consecuencia última de la encarnación. El Verbo se hizo carne. Por eso es oportuno que los creyentes no se reúnan solo alrededor de una serie de dogmas, sino alrededor de alguien con cara, alrededor de una persona anclada en su historia, imagen de Cristo en medio de sus apóstoles. Sin este misterio “vicario”, el cristianismo tiende a desencarnarse y a diluirse en el espiritualismo. Pero hay más: al hacerse carne, el Verbo se ha hecho capaz de tomar sobre sí los sufrimientos de los hombres. Lo mismo ocurre con el papado: no es posible herir ni matar los artículos de fe; pero se les puede herir y matar en el Papa. Esta vulnerabilidad es necesaria para mostrar que el cristianismo no se reduce a la inteligencia anónima de un sistema moral, sino que nace de un encuentro libre y dramático con una Persona. Así pues, los ataques que Benedicto XVI está sufriendo no hacen sino conformarlo mejor a Cristo y permiten al creyente admirarlo todavía más como su inesperado Vicario".
L'Osservatore Romano 24 abril 2010