Chiesa News,30/04/10 - En Turín, donde desde hace siglos se conserva y se venera la gran tela conocida como la Sábana Santa, es natural reflexionar sobre el cuerpo y el rostro de Jesús. La Sábana Santa subraya la convicción que Jesús realmente vivió y murió, pero invita a creer que también haya resucitado. Sería en efecto el signo de su pasaje a la vida nueva, la sábana abandonada al momento de resucitar.
La posibilidad de la existencia de una reliquia así es especialmente significativa para el arte, porque confirma la visibilidad y por lo tanto la representabilidad del hombre que se decía Hijo del invisible Dios de Israel.
Escribía en el siglo VIII san Juan Damasceno, evocando la prohibición bíblica de cualquier representación gráfica de la divinidad: "En un tiempo no se podía hacer imagen alguna de un Dios incorpóreo y sin contorno físico. Pero ahora Dios ha sido visto en carne y se ha mezclado con la vida de los hombres, así que es lícito hacer una imagen de cuanto ha sido visto de Dios", es decir del hombre Jesús. Escribiendo en el contexto de la prohibición de las imágenes por parte del emperador de de Bizancio, el iconoclasta León III, este autor – nacido cristiano en una Damasco que entonces estaba bajo control musulmán – veía un nexo entre el dogma teológico de la encarnación y el uso eclesiástico de imágenes, sobre todo las que representaban a Jesús mismo.
La muestra de arte pone en evidencia la continuidad de estas ideas en la época medieval y moderna. Dirige la atención al hombre Jesús, cuyo cuerpo y el rostro estarían trazados en la venerable tela, sugiriendo cómo la visualizaron pintores y escultores de varios periodos
El cristianismo siempre ha representado el cuerpo a la luz de la propia idea del ser humano. A diferencia de los mitos paganos, que representaban los dioses con todos los defectos de los hombres, la cultura bíblica judeo-cristiana considera que el hombre debe aspirar a la perfección de Dios, y sobre todo a su misericordia. "Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso", dijo Jesús (Lc 6, 36), y esta misericordia característica del ser humano tenía un componente corporal singular. Ya en el Antiguo Testamento muchas palabras del Dios incorpóreo lo mostraban sensible al tremor de la piel del pobre. En el mismo espíritu Jesús describe cómo, en el juicio final, el Hijo del hombre premiará a los que hayan tenido cuidado del cuerpo del prójimo: "Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, era forastero y me habéis hospedado, desnudo y me habéis vestido" (Mt 25, 35-36).
Para los creyentes en Él, Jesús, Hijo de Dios, se ha vuelto ese pobre a quien es necesario dar el manto antes de la madrugada: el hambriento, el sediento, el excluido, el sin techo, el desnudo que cubrir. Dice un teólogo griego del siglo IV, el obispo san Macario: "El campesino, cuando se apresta a trabajar la tierra, escoge los instrumentos más adecuados y también el vestido más conveniente al tipo de trabajo. Así Cristo, rey de los cielos y verdadero agricultor, tomo un cuerpo humano, y, llevando la cruz como instrumento de trabajo, preparó el alma árida e inculta, le arrancó las espinas y la maleza de los espíritus malvados, separó la cizaña del mal y tiró al fuego toda la plaga de los pecados. La trabajó así con el madero de la cruz y plantó en ella el jardín tremendamente ameno del Espíritu. Este produce todo tipo de frutos suaves y exquisitos para Dios, que es su dueño".
La imagen de Dios contemplada en el cuerpo sufriente de Jesús implica esta dinámica de purificación y crecimiento. Implica también un proceso en el cual el sujeto humano se descubre y comprende a sí mismo, como sugiere un padre de la Iglesia, Pedro Crisólogo, cuando imagina a Jesús crucificado que invita a los creyentes a reconocer en su cuerpo sacrificado el sentido moral de su vida. "Ved en mi vuestro cuerpo, vuestros miembros, vuestro corazón, vuestra sangre, nos dice Jesús. ¡Oh inmensa dignidad del sacerdocio cristiano! El hombre se ha convertido en víctima y sacerdote por sí mismo. No busca fuera de sí lo que debe inmolar a Dios sino que lleva consigo y en sí lo que sacrifica. Sé, oh hombre, sacrificio y sacerdote, has de tu corazón un altar, y así presenta con firme confianza tu cuerpo como víctima a Dios. Dios busca la fe, no la muerte. Tiene sed de tu plegaria, no de tu sangre. Viene aplacado por la voluntad, no por la muerte"
Son citas útiles para entender la concepción de cuerpo y de personalidad elaborada en los siglos a través de imágenes de Jesús: la idea del cuerpo como lugar de una dignidad innata en el ser humano – de una capacidad "sacerdotal" de ofrecerse – y del rostro como espejo de libertad consciente. Las obras en muestra ponen al espectador en las condiciones de aquellas mujeres y de aquellos hombres descritos en el Nuevo Testamento, para quienes el cuerpo y el rostro de Jesús eran lugares de sorprendente, e inclusive escandaloso, descubrimiento.
Cuando por ejemplo Jesús regresó del desierto a su pueblo, Nazaret, y en la sinagoga leyó en voz alta los versículos mesiánicos de Isaías, el evangelista Lucas narra que "los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él (Lc 4, 16-24). En efecto, a las palabras de Isaías Jesús agregó otras palabras, inesperadas y para los presentes ciertamente incomprensibles: "Hoy – dijo – se ha cumplido esta Escritura que habéis escuchado con vuestros oídos". Los ojos de los presentes estaban sobre él, fijos en su cuerpo y en su rostro, porque su afirmación "hoy se ha cumplido esta Escritura" los obligaba a asociar las antiguas promesas de una bendita época futura con este hombre joven sentado en medio de ellos: con él como presencia física, con su cuerpo, con la expresión de su rostro. "¿No es este el hijo de José?", preguntan inmediatamente, incapaces de ver en Jesús más de cuanto creían conocer, por lo que él comenta: "Ningún profeta es bien acogido en su patria".
Una ocasión análoga, mucho más dramática, es narrada en el sexto capítulo del Evangelio de Juan. Dos días después de su milagrosa multiplicación de los panes y peces para dar de comer la inmensa multitud, Jesús explica que el verdadero pan ofrecido por el Padre a la humanidad – el pan bajado del cielo – era él mismo. De nuevo entonces sus oyentes se preguntan: "¿Este no es Jesús, el hijo de José? ¿no conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo puede decir: 'he bajado del cielo'?" Pero él insiste: "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Quien come de este pan, vivirá para siempre y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo" Y también: "Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros, porque mi carne es verdadero alimento y mi sangre verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él". El evangelista Juan describe la reacción negativa a estas palabras por parte de sus oyentes, y cómo "desde aquel momento unos discípulos se retiraron y ya no lo seguían", y no es difícil entenderlos, porque Jesús pretendía que vieran su cuerpo como alimento, y también su rostro: "Esta en verdad es la voluntad del Padre: que quien vea al Hijo y crea en él tenga la vida eterna; y yo lo resucitaré en el último día". Muchas obras en exposición toman luz de estas afirmaciones, también porque siendo originalmente hechas para altares, donde el cuerpo y el rostro de Jesús representados por el artista eran vistos cerca al pan y el vino de la eucaristía, cuerpo y sangre del Señor.
Entonces, la nuestra invita a redescubrir la particular intensidad con la que los creyentes de otros tiempos, los que materialmente las encargaron y los que se beneficiaron originalmente de las obras expuestas – miraban un cuerpo y un rostro considerado 'verdadera comida' y 'verdadera bebida'; un cuerpo y un rostro que, interiorizados, los habría trasformado con el don de la "vida eterna". Esta experiencia, quizá plenamente accesible sólo a la fe, puede ser imaginada también por quien no cree; más aún, debe ser imaginada, porque constituye el contexto normal de comprensión de obras de arte similares, un componente imprescindible de su mensaje.
Imprescindible es también la tensión moral que debería condicionar la lectura originaria de muchas de las obras expuestas en la muestra. En imágenes ligadas a la eucaristía, como en la misma celebración de la misa, el creyente busca algo más aparte de lo que ve, y cada imagen asociada al rito se pone como "epifanía" y "apocalipsis", como manifestación y revelación de una futura transformación. El arte en el lugar de culto ilumina la espera de los cristianos, y en los personajes y eventos que ella ilustra las imágenes sagradas se ofrecen como espejos de la Imagen en la que los fieles esperan ser transformados, Jesucristo.
La muestra cubre el periodo correspondiente a finales del Medioevo, al Renacimiento y al Barroco, en los que el cuerpo y el rostro de la persona humana vuelven a ser en el arte occidental los primeros portadores de significado. Estos elementos figurativos, perfeccionados por los griegos cinco siglos antes de Cristo, en un primer periodo habían sido rechazados por la naciente cultura cristiana, que en vez del naturalismo pagano prefería un lenguaje menos ambiguo, con el cuerpo presentado como signo y con el rostro trasfigurado por la fe. Ese rechazo de lo físico de la personalidad, que reflejaba también el severo juicio cristiano sobre la amoralidad y sobre el individualismo del mundo pagano, estuvo entre las causas de la pérdida de interés por el cuerpo y el rostro como sujetos de arte entre el V y XI siglo.
Fue la nueva espiritualidad centrada en el hombre – la espiritualidad de impronta franciscana del siglo XIII y XIV – la que hizo redescubrir el arte greco-romana tan adecuada para describir el cuerpo y las emociones. Gracias a este nuevo diálogo con la antigua civilización pagana, la cristiandad europea elaboró también una relación diferente con la historia, en la que los valores considerados propedéuticos para la fe en Jesús vinieron a ser considerados componentes de una única revelación confiada al ser humano sin importar su origen cultural o religioso. Contenido central de esta única revelación es la humanidad misma, reconocible en la elocuente belleza y en al vulnerabilidad del cuerpo, en el dolor y en la alegría escritos en el rostro; lo que demuestra su legitimidad es la convicción que el mismo Hijo de Dios se hizo hombre.
Las siete áreas del recorrido expositivo sugieren estas ideas: el cuerpo y la persona; Dios toma un cuerpo; el hombre Jesús; un cuerpo dado por amor; el cuerpo resucitado; el cuerpo místico; el cuerpo sacramental. El arreglo apunta a sugerir el contexto de un uso inicial de esta casi totalidad de las obras, el lugar litúrgico católico, reubicando las pinturas, las esculturas, la joyería y los paramentos sagrados en espacios que recuerdan iglesias. La forma de las salas, la iluminación y el trasfondo musical que acompaña la visita han sido pensados en función de este objetivo, pero con una finalidad más científica que religiosa: la de rehabilitar como dato histórico el mensaje teológico y emotivo intenso de los artistas y de quienes encargaron las obras. Algunas pinturas están dispuestas sobre altares para evocar la relación visiva entre imagen y rito: diferente es el impacto de una Deposición o Piedad vista en un museo que el impacto que genera la misma obra puesta sobre una mesa eucarística; en el segundo caso la percepción del cuerpo de Cristo representado está condicionada por la fe en que el mismo cuerpo esté realmente presente, aunque invisible, en el pan y el vino consagrados.
Las muchas obras en muestra sugieren además algo de la densidad iconográfica típica de las iglesias católicas del pasado. Tal aglomeración de imágenes confería un carácter visionario a estos lugares, donde representaciones de Cristo, de María y de los santos daban color e interés humano a los personajes y a los hechos de los que hablan las Escrituras y las tradiciones, ofreciendo una inmersión tan completa que el fiel se percibía circundado por los personajes y partícipe de los hechos, miembro de la única comunión de los santos y parte de la única historia de la salvación.
Sin embargo el sujeto de la experiencia estética, como de la experiencia cultural, siempre es el hombre. Es a él y a su cuerpo que hablan los colores y las formas. El arte que hace ver a Cristo – junto a verdaderos "espejos de su Evangelio" como la Sábana Santa – invita a contemplar a Cristo que toma forma en nosotros, esperanza de gloria, belleza de vida eterna. Y en él visto y conocido y amado, comprenderemos finalmente que el sentido de nuestra vida también corporal, de nuestra carne, de los afectos, de los recuerdos y e la sangre, suya y nuestra, de cada persona humana traicionada, sacrificada, asesinada. El poco de sangre de la Sábana Santa se revelará entonces un Mar Rojo a través del cual Cristo nos conduce a la tierra prometida.
por Timothy Verdon