Alba Digital,09/06/10 - Es la voz que clama en el desierto de la literatura moderna, y resulta bastante más recomendable silbar alto, fingiendo que no le oímos, porque detenerse en Bloy es correr demasiados riesgos, poner en peligro nuestra paz cómoda y burguesita, donde la única preocupación del escritor es hallar el siguiente adjetivo.
A Bloy le importa un ardite la paleta de grises donde los literatos domesticados y sumisos mojan el pincel de su ignorancia y de su miedo. En este extravagante francés, con gotas de sangre española, todo es blanco o es negro, porque si Huysmans andaba a trompicones detrás de la Belleza hasta conseguir salvarse, Bloy se arrastraba detrás de la Verdad, y ése es un peregrinaje dolorosísimo para el alma de un artista. “Si el Arte está en mi equipaje, peor para mí”, escribe, y luego se da a sí mismo sobrenombres terroríficos, todos ellos acertados, que sólo en eso se quedó corto: “El mendigo ingrato”, porque más que pedir dinero lo exigía, como si todos tuviesen el deber de socorrerle; “El invendible”, porque se ganaba a pulso el despido de todos sus trabajos, criticando con ferocidad a los poderosos de la cultura, la religión y la política; “El Peregrino de lo Absoluto”, porque no se conformó nunca con las pequeñas certezas que a la mayoría nos bastan, porque no estaba dispuesto a transigir ni a tolerar: “Todo lo que no es estrictamente, exclusivamente, rematadamente católico, debe ser echado a la basura”.
No siempre pensó así. Hijo de un masón, anticlerical y volteriano, el catolicismo devoto de su madre no fue suficiente para dar continuidad a la fe infantil, y coqueteó con la Comuna y la revolución, obsesionado, según decía “por combatir a Cristo y a su Iglesia” Había ido a París a buscar verdades absolutas en las letras de Rimbaud, de Verlaine, de Barbey de D’Auverilly.
Prefirió a este último sobre todos los demás, y en 1867 se cruzó con él, iniciando lacónicamente su amistad: “¿Qué quiere, joven?”, “Contemplarlo, señor”. Y D´Auverilly -dandy, católico y monárquico-, consintió en ser contemplado, haciendo de ese extraño joven su secretario, y en poco tiempo Bloy se había convertido violentamente al catolicismo.
No siempre la religión trae sosiego y paz. Bloy aprendió latín, se echó al bolsillo la vulgata, y ya no descansó nunca, agitadísimo siempre entre la fe y la noche oscura, entre la vocación de artista y la de profeta. Apasionado, vehemente, quiso rescatar a una prostituta y convertirla a la vez que la hacía su amante, una relación mucho más que tormentosa, con delirios místicos que acabaron con Bloy en la Trapa y la chica en el manicomio. Ella moriría encerrada, pero el prior benedictino devolvió al escritor al mundo, y tardó poco en convertir a otra mujer -una protestante danesa-, esta vez para hacerla su esposa.