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Benedicto XVI: Duns Scoto y la Inmaculada Concepción

11 de julio de 2010
Catequesis del Papa Benedicto XVI, pronunciada hoy 07/07/10, durante la Audiencia General, celebrada en el Aula Pablo VI, y que ha dedicado al beato franciscano Duns Scoto.

Queridos hermanos y hermanas,

esta mañana – después de algunas catequesis sobre diversos grandes teólogos – quiero presentaros otra figura importante en la historia de la teología: se trata del beato Juan Duns Scoto, que vivió a finales del siglo XIII. Una antigua inscripción sobre su tumba resume las coordinadas geográficas de su biografía: “Inglaterra lo acogió; Francia lo instruyó; Colonia, en Alemania, conserva los restos; en Escocia nació". No podemos descuidar estas informaciones, también porque tenemos bien pocas noticias sobre la vida de Duns Scoto. Nació probablemente en 1266 en un pueblo, que se llamaba precisamente Duns, en las cercanías de Edimburgo. Atraído por el carisma de san Francisco de Asís, entró en la Familia de los Frailes menores y, en 1291, fue ordenado sacerdote. Dotado de una inteligencia brillante y llevada a la especulación – esa inteligencia por la que mereció de la tradición el título de Doctor subtilis, "Doctor sutil" – Duns Scoto fue dirigido a los estudios de filosofía y de teología en las célebres Universidades de Oxford y de París. Concluida con éxito su formación, emprendió la enseñanza de la teología en las Universidades de Oxford y de Cambridge, y después de París, empezando a comentar, como todos los Maestros de su tiempo, las Sentencias de Pedro Lombardo. Las obras principales de Duns Scoto representan precisamente el fruto maduro de estas lecciones, y toman su título de los lugares en los que enseñó: Opus Oxoniense (Oxford), Reportatio Cambrigensis (Cambridge), Reportata Parisiensia (París). De París se alejó cuando, tras estallar un grave conflicto entre el rey Felipe IV el Hermosa y el Papa Bonifacio VIII, Duns Scoto prefirió el exilio voluntario, más que firmar un documento hostil al Sumo Pontífice, como el rey había impuesto a todos los religiosos. Así – por amor a la Sede de Pedro –, junto a los Frailes franciscanos, abandonó el País.

Queridos hermanos y hermanas, este hecho nos invita a recordar cuantas veces, en la historia de la Iglesia, los creyentes encontraron hostilidad y sufrido incluso persecuciones a causa de su fidelidad y de su devoción a Cristo, a la Iglesia y al Papa. Nosotros todos miramos con admiración a estos cristianos, que nos enseñan a custodiar como un bien precioso la fe en Cristo y la comunión con el Sucesor de Pedro y, así, con la Iglesia universal.

Sin embargo, las relaciones entre el rey de Francia y el sucesor de Bonifacio VIII volvieron a ser bien pronto amistosas, y en 1305 Duns Scoto pudo volver a París para enseñar teología con el título de Magister regens, hoy se diría profesor ordinario. Sucesivamente, los Superiores le enviaron a Colonia como profesor del Studium teológico franciscano, pero él murió el 8 de noviembre de 1308, a tan solo 43 años de edad, dejando, con todo, un número relevante de obras.

Con motivo de la fama de santidad de que gozaba, su culto se difundió bien pronto en la Orden franciscana y el Venerable papa Juan Pablo II quiso confirmarlo solemnemente beato el 20 de marzo de 1993, definiéndolo "cantor del Verbo encarnado y defensor de la Inmaculada Concepción”. En esta expresión está sintetizada la gran contribución que Duns Scoto ofreció a la historia de la teología.

Ante todo, meditó sobre el Misterio de la Encarnación y, a diferencia de muchos pensadores de muchos pensadores cristianos del tiempo, sostuvo que el Hijo de Dios se habría hecho hombre aunque la humanidad no hubiese pecado. Él afirma en la "Reportata Parisiensa": "¡Pensar que Dios habría renunciado a esta obra si Adán no hubiese pecado sería del todo irracional! Digo por tanto que la caída no fue la causa de la predestinación de Cristo, y que – aunque nadie hubiese caído, ni el ángel ni el hombre – en esta hipótesis Cristo habría estado aún predestinado de la misma forma" (in III Sent., d. 7, 4). Este pensamiento, quizás un poco sorprendente, nace porque para Duns Scoto la Encarnación del Hijo de Dios, proyectada desde la eternidad desde la eternidad por parte de Dios Padre en su plan de amor, es cumplimiento de la creación, y hace posible a toda criatura, en Cristo y por medio de Él, de ser colmada de gracia, y dar alabanza y gloria a Dios en la eternidad. Duns Scoto, aun consciente de que, en realidad, a causa del pecado original, Cristo nos redimió con su Pasión, Muerte y Resurrección, reafirma que la Encarnación es la obra más grande y más bella de toda la historia de la salvación, y que esta no está condicionada por ningún hecho contingente, pero es la idea original de Dios de unir finalmente todo lo creado consigo mismo en la persona y en la carne del Hijo.

Fiel discípulo de san Francisco, Duns Scoto amaba contemplar y predicar el Misterio de la Pasión salvífica de Cristo, expresión del amor inmenso de Dios, el Cual comunica con grandísima generosidad fuera de sí los rayos de Su bondad y de Su amor (cfr Tractatus de primo principio, c. 4). Y este amor no se revela sólo en el Calvario, sino también en la Santísima Eucaristía, de la cual Duns Scoto era devotísimo y que veía como el Sacramento de la presencia real de Jesús y como el Sacramento de la unidad y de la comunión que nos induce a amarnos unos a otros y a amar a Dios como el Sumo Bien común (cfr Reportata Parisiensia, in IV Sent., d. 8, q. 1, n. 3).

Queridos hermanos y hermanas, esta visión teológica, fuertemente "cristocéntrica", nos abre a la contemplación, al estupor y a la gratitud: Cristo es el centro de la historia y del cosmos, es Aquel que da sentido, dignidad y valor a nuestra vida. Como en Manila el papa Pablo VI, también yo hoy quiero gritar al mundo: "[Cristo] es el revelador del Dios invisible, es el primogénito de toda criatura, es el fundamento de todo; es el Maestro de la humanidad, es el Redentor; nació, murió y resucitó por nosotros; Él es el centro de historia y del mundo; es Aquel que nos conoce y que nos ama; es el compañero y el amigo de nuestra vida... Yo nunca acabaría de hablar de Él" (Homilía, 29 de noviembre de 1970).

No sólo el papel de Cristo en la historia de la salvación, sino también el de María es objeto de la reflexión del Doctor subtilis. En los tiempos de Duns Scoto la mayor parte de los teólogos oponía una objeción, que parecía insuperable, a la doctrina según la cual María Santísima estuvo exenta del pecado original desde el primer instante de su concepción: de hecho, la universalidad de la Redención llevada a cabo por Cristo, a primera vista, podría parecer comprometida por una afirmación semejante, como si María no hubiese tenido necesidad de Cristo y de su redención. Por ello los teólogos se oponían a esta tesis. Duns Scoto, entonces, para hacer comprender esta preservación del pecado original, desarrolló un argumento que fue después adoptado también por el papa Pío IX en 1854, cuando definió solemnemente el dogma de la Inmaculada Concepción de María. Y este argumento es el de la “Redención preventiva”, según la cual la Inmaculada Concepción representa la obra de arte de la Redención realizada en Cristo, porque precisamente el poder de su amor y de su mediación obtuvo que la Madre fuese preservada del pecado original. Por tanto María está totalmente redimida por Cristo, pero ya antes de su concepción. Los franciscanos, sus hermanos, acogieron y difundieron con entusiasmo esta doctrina, y los demás teólogos – a menudo con solemne juramento – se comprometieron en defenderla y en perfeccionarla.

A este respecto, quisiera poner de evidencia un dato, que me parece importante. Teólogos de valor, como Duns Scoto sobre la doctrina de la Inmaculada Concepción, enriquecieron con su contribución específica de pensamiento lo que el Pueblo de Dios ya creía espontáneamente sobre la Beata Virgen, y manifestaba en los actos de piedad, en las expresiones del arte y, en general, en la vida cristiana. Así la fe tanto en la Inmaculada Concepción, como en la Asunción corporal de la Virgen estaba ya presente en el Pueblo de Dios, mientras que la teología no había encontrado aún la clave para interpretarla en la totalidad de la doctrina de la fe. Por tanto el Pueblo de Dios precede a los teólogos y todo esto gracias a ese sensus fidei sobrenatural, es decir, esa capacidad infundida por el Espíritu Santo, que capacita para abrazar la realidad de la fe, con la humildad del corazón y de la mente. En este sentido, el Pueblo de Dios es "magisterio que precede", y que debe ser después profundizado y acogido intelectualmente por la teología. ¡Que los teólogos puedan siempre ponerse a la escucha de esta fuente de la fe y conservar la humildad y la sencillez de los pequeños! Lo recordé hace unos meses diciendo: “Hay grandes doctos, grandes especialistas, grandes teólogos, maestros de fe, que nos han enseñado muchas cosas. Están versados en los detalles de la Sagrada Escritura... pero no han podido ver el propio misterio, el verdadero núcleo... ¡Lo esencial permanece escondido! En cambio, hay también en nuestro tiempo pequeños que han conocido este misterio. Pensemos en santa Bernardette Soubirous; en santa Teresa de Lisieux, con su nueva lectura 'no científica' de la Biblia, pero que entra en el corazón de la Sagrada Escritura" (Homilía. Misa con los Miembros de la Comisión Teológica Internacional, 1 de diciembre de 2009).

Finalmente, Duns Scoto desarrolló un punto en el que la modernidad es muy sensible. Se trata del tema de la libertad y de su relación con la voluntad y con el intelecto. Nuestro autor subraya la libertad como cualidad fundamental de la voluntad, iniciando una postura de tendencia voluntarista, que se desarrolló en contraposición con el llamado intelectualismo agustiniano y tomista. Para santo Tomás de Aquino, que sigue a san Agustín, la libertad no puede considerarse una cualidad innata de la voluntad, sino el fruto de la colaboración de la voluntad con el intelecto. Una idea de la libertad innata y absoluta colocada en la voluntad que precede al intelecto, tanto en Dios como en el hombre, corre el riesgo, de hecho, de llevar a la idea de un Dios que no estaría ligado tampoco a la verdad ni al bien. El deseo de salvar la absoluta trascendencia y diversidad de Dios con una afirmación tan radical e impenetrable de su voluntad no tiene en cuenta que el Dios que se ha revelado en Cristo es el Dios "logos", que actuó y actúa lleno de amor hacia nosotros. Ciertamente, como afirma Duns Scoto en la línea de la teología franciscana, el amor supera el conocimiento y es capaz de percibir cada vez más del pensamiento, pero es siempre el amor del Dios "logos" (cfr Benedicto XVI, Discurso en Regensburg, Enseñanzas de Benedicto XVI, II [2006], p. 261). También en el hombre la idea de libertad absoluta, colocada en la voluntad, olvidando el nexo con la verdad, ignora que la misma libertad debe ser liberada de los límites que le vienen del pecado.

Hablando a los seminaristas de Roma – el año pasado – recordaba que “la libertad en todos los tiempos ha sido el gran sueño de la humanidad, desde el inicio, pero particularmente en la época moderna" (Discurso al Pontificio Seminario Mayor Romano, 20 de febrero de 2009). Pero precisamente la historia moderna, además de nuestra experiencia cotidiana, nos enseña que la libertad es auténtica, y ayuda a la construcción de una civilización verdaderamente humana, sólo cuando está reconciliada con la verdad. Si se separa de la verdad, la libertad se convierte trágicamente en principio de destrucción de la armonía interior de la persona humana, fuente de prevaricación de los más fuertes y de los más violentos, y causa de sufrimientos y de lutos. La libertad, como todas las facultades de las que el hombre está dotado, crece y se perfecciona, afirma Duns Scoto, cuando el hombre se abre a Dios, valorando esa disposición a la escucha de su voz, que él llama potentia oboedientialis: cuando nos ponemos a la escucha de la Revelación divina, de la Palabra de Dios, para acogerla, entonces somos alcanzados por un mensaje que llena de luz y de esperanza nuestra vida y somos verdaderamente libres.

Queridos hermanos y hermanas, el beato Duns Scoto nos enseña que en nuestra vida lo esencial es creer que Dios está cercano a nosotros y nos ama en Jesucristo, y cultivar, por tanto, un profundo amor a Él y a su Iglesia. De este amor nosotros somos los testigos en esta tierra. Que María Santísima nos ayude a recibir este infinito amor de Dios del que gozaremos plenamente por la eternidad en el Cielo, cuando finalmente nuestra alma estará unida por siempre a Dios, en la comunión de los santos.

fuente: Zenit
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