Si en el origen de la teología está el misterio cristiano, y ella se le puede definir como "intelecto de la fe", no es pensable que en una determinada época se le pueda rehacer completamente desde cero.
En los diferentes tiempos ella es alimentada por una tradición ininterrumpida de contenidos y también de lenguaje, que no admite discontinuidad drástica y revolucionaria, so pena de la pérdida de la identidad. Es lícito al menos que crezca en nosotros una cierta perplejidad ante un teólogo que está convencido de proponer doctrinas teológicas inusitadas y singulares, nunca enseñadas antes de él.
Sin embargo, no por esto la teología está destinada a una pura repetición. La historia misma de la teología muestra cuanto se ha renovado ésta de modo variado y también profundo sin romper la continuidad. Pero no para tener en cierto modo oculto o desatendido el misterio; al contrario, para dejarlo brotar con más fuerza y coherencia.
La teología no se deja impresionar y condicionar por el mito del devenir y del progreso, consciente como es de que ella ha nacido y sigue renaciendo de las fuentes inagotables e inmodificables de la revelación divina —que se ha cumplido y que no se agota—, de la comunión con la Palabra de Dios —antigua y siempre nueva—.
También es verdad que en la renovación de la teología puede aportar una nueva filosofía, pero con la condición de que ella ofrezca, por decir así, un espacio más abierto a la prevalencia y a la inteligencia del misterio y que sea ejercitada dentro del "intelecto de la fe".
Es significativo que el genial historiador de la teología medieval, Marie-Dominique Chenu, afirme que "no es el ingreso de Aristóteles lo que determina el pensamiento de santo Tomás, así como no es el renacimiento de la Antigüedad lo que constituye la teología del siglo XIII". Este renacimiento representa solamente un componente de renovación: su impulso y su incremento son atribuidos al "evangelismo", como él lo llama.
Sin decir que no podrá jamás ser la filosofía la que juzgue la validez de una teología —este juicio sólo le toca a la Palabra de Dios— la teología podrá juzgar la pertinencia o no de una filosofía para llegar a la inteligencia de la fe.
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Pero aquí no nos interesa ilustrar la relación entre la filosofía y la teología cristiana, sino indicar la opción gracias a la cual la teología podría o debería recibir una profunda renovación o un nuevo ordenamiento: una opción por lo demás imprescindible, porque está fundada en el acontecimiento del cual nace la fe y por lo tanto el "intelecto de la fe".
Esta vía es el cristocentrismo.
Verdaderamente, no se trata para nada de una novedad. La teología cristiana siempre ha tenido en su centro a Jesucristo; ha nacido y se ha desarrollado a partir de su acontecimiento.
Pero quizá esta originaria centralidad requiere de una traducción más rigurosa, más coherente y más completa. Ante todo a partir de la misma definición de cristocentrismo.
Ello no significa solamente la excelencia de Cristo respecto a todo el resto, sino su predestinación a ser la razón incondicionada de todo lo que Dios ha llamado y llama a la existencia.
Pero son necesarias otras imprescindibles y esenciales precisiones. Cuando se habla de cristocentrismo, no se pretende sólo afirmar el primado del Verbo, sino el primado o la "precedencia" en el designio de Dios del Verbo encarnado, muerto y resucitado, mediante el cual, en el cual y en vista del cual, "fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles" (Col 1,15-17). Obviamente no de manera alternativa sino como cumplimiento de la perspectiva joánica, según la cual no hay nada que no haya sido hecho por medio del Verbo (Jn 1,3)
El "Primogénito sobre todas las cosas" (Col 1,18) es, exactamente, el Crucificado glorificado, que antecede a todo, y del cual todo parte. Es como decir que Jesús redentor, con la gracia de su perdón, es el fundamento ontológico y el motor histórico de toda cosa (ver Col. 1, 17), el Objeto del eterno "propósito" de Dios.
La primera carta de Pedro habla de la "sangre preciosa de Cristo, cordero sin tacha y sin mancilla", "predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos" (1, 19-20). Y en cuanto a los profetas afirma que "procurando descubrir a qué tiempo y a qué circunstancias se refería el Espíritu de Cristo, que estaba en ellos, cuando les predecía los sufrimientos destinados a Cristo y las glorias que les seguirían." (1,11)
Pero si Jesús resucitado de la muerte es el Predestinado, quiere decir que la figura de humanidad originalmente ideada y "preferida" por Dios es la humanidad glorificada del Hijo, a cuyo éxito está orientada toda la historia.
En ella toda humanidad encuentra su razón y su modelo: todos los hombres están predestinados, creados "en gracia", o sea "predestinados a reproducir la imagen del Hijo, para que fuera Él el primogénito entre muchos hermanos" (Rom 8,29).
Nosotros podemos definir todo lo que hemos descrito con las palabras de Pablo: "Misterio de Dios que es Cristo" (Col 2,2), o más precisamente: "Sabio misterio de Dios" que es "Cristo crucificado" (cfr. 1Cor 1,21.23).
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Sin embargo, la tarea de la teología es la exploración de este misterio. Quien se dedica a ello tiene la misión de "sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos" (1Cor 2,7).
Es sobre este "realismo" que se edifica la teología cristiana, a la que no interesa diluirse en el mundo de los planos o de los diseños divinos hipotéticos. Lo que podría haber hecho Dios lo sabe sólo Él. Todo ha sido creado en la gracia de Jesucristo crucificado y resucitado.
En particular, ha sido motivada sobre dicha gracia la naturaleza del hombre. Una "naturaleza pura" para un "puro" fin "natural" no ha existido nunca y de ella nosotros no podemos saber nada.
De hecho, el "Original" que a la sagrada doctrina le importa conocer ante todo y —por lo tanto— el primer objeto del interés teológico, es el Crucificado glorioso predestinado desde siempre, y, por tanto, su vida con sus acontecimientos, en los cuales ocurre la manifestación detallada del eterno plan generado y motivado por la divina misericordia.
En este sentido la teología cristiana es originalmente crística: el Cristo resucitado de la muerte describe y ofrece exhaustivamente todo su objeto. Él es el Objeto que se trata de entender, en cuanto concreta e histórica "narración" del designio (cf. Jn 1,18). Es la dimensión que la cristología debe asumir.
Pero Cristo no se detiene en sí: Él es el Hijo y, por tanto, es quien remite al Padre, a quien ninguno ha visto y del cual es la epifanía, y es el testimonio del Espíritu. En Él se encuentra la Trinidad, que se revela como Trinidad creadora y misericordiosa, que está al principio de un orden querido como una iniciativa de misericordia.
Es el orden que el teólogo está llamado a estudiar, que interesa particularmente al hombre, que sin embargo aparece precedido, antes de su creación, por un mundo angélico ya marcado por Cristo y por las decisiones relativas a Él: de acogida o de rechazo, o sea de pecado.
En particular, Cristo se nos revela como un Dios que, en su amor misericordioso, dona al Hijo, predispuesto como perdón del pecado del hombre, el cual encuentra, así, su beneficio no en venir al mundo, sino en el ser redimido. Como escribe san Ambrosio: "Non prodesset nasci, nisi redimi profuisset" (Expositio evangelii secundum Lucam, II, 41-42).
La sagrada doctrina extraída entonces de la antropología, es decir del hombre existente únicamente como dispuesto en la gracia y en la gloria de la Cruz: una gracia y una gloria en acto en los sacramentos, que Tomás de Aquino vio en su integridad sostenida por la "energía de la pasión de Cristo" (Summa Theologiae, III, 62, 5, c).
Es fácil entonces advertir de qué cosa trata la eclesiología: exactamente de la humildad que sube desde la Pascua de Cristo y se encuentra configurada e íntimamente asociada al Señor resucitado de la muerte.
En cuanto a la eclesiología, ella es la exploración de la gloria y por tanto del triunfo del Crucificado: una gloria que trasciende y atrae la historia y es el fin por el cual el hombre y con él todas las cosas han sido creadas y queridas desde la eternidad.
Si es verdad que la teología cristiana siempre ha hecho esto, consideraría sin embargo que es posible, más aún, necesario, volver a centrarla en un modo más coherente y profundo aún, en el cristocentrismo. Sólo de aquí vendría un fuerte, admirable impulso de renovación, que vanamente se buscaría en otra parte.
Monseñor Inos Biffi
Artículo publicado en L'Osservatore Romano"el 27 de julio del 2010