Infocatólica,16/09/10 - Jesucristo, en el Evangelio del XXI domingo de tiempo ordinario, nos indica que en el Cielo los santos: “se sentarán a la mesa en el reino de Dios” (Lc. 13, 29). Ese banquete celestial fue tema de conversación a lo largo de una noche entre el joven S. Agustín (354-430) y su madre Sta. Mónica, poco antes de que ella fuera llamada a ese premio eterno. ¿De qué hablaron? Quizás de estas cosas que ese enamorado de Dios y Doctor de la Iglesia explica sobre el Cielo:
“En cuanto estemos íntimamente unidos a esta pura y perfectísima Bondad, ya no tendremos necesidad de atender a estas necesidades del cuerpo, seremos felices y no estaremos faltos de nada, poseyendo mucho y no teniendo que buscar nada.” (Sermón 255)
Por eso no hará falta comer en la felicidad eterna: “Lo mismo que la salud destierra muchos deseos que atormentan a los enfermos, así la inmortalidad los desecha todos porque ella misma es allí nuestra salud. […] Entonces seremos iguales a los ángeles. Pero los ángeles, ¿son infelices por no comer?” (Sermón 255)
Podría haber quienes piensan que sí, que: “el descanso de la patria, donde no tendremos otra ocupación que repetir incesantemente el Alleluia” no es nada deseable y pensar en el Cielo de esa forma no les entusiasma de ninguna forma.
S. Agustín comenta esa actividad celestial porque insiste en que “la alabanza desborda de un corazón demasiado lleno”, de la plenitud del gozo eterno. ¿Y en qué consiste este gozo de ángeles y de santos? Pues en Dios mismo: “Cuando se vuelva a nosotros, nos mostrará Su rostro; y seremos salvados y quedaremos saciados, y eso nos bastará” (Sermón 194). Exclama el mismo santo: “¡Ah!, si amáis tanto una gota de agua, ¿que será de la misma fuente?” (Sermón 255)
Pero, si no amamos esa “gota de agua”, que es lo que podemos conocer del Señor en esta vida, no desearemos buscar esa Fuente poniendo todo medio posible de nuestra parte, ni nos saciaremos. Poco disfrutaríamos de un encuentro con Él si nos pasamos la vida huyendo de Su Presencia o queriendo hacer nuestra voluntad y no la Suya, como nos explica el Cardenal John Henry Newman (que será beatificado pronto) en este fragmento de “Meditaciones sobre la doctrina cristiana” (enlace en inglés): [traducción mía]
III. Dios y el alma – (1) Dios y la bienaventuranza del alma
“1. ¡Poseeros a Vos, Oh Amante de almas, es la felicidad, y la única felicidad del alma inmortal! Disfrutar la vista de Vos es la única felicidad de la eternidad. En el presente podría divertirme y sustentarme con las vanidades del sentido y del tiempo, pero no durarán para siempre. Seremos vaciados de ellas cuando pasemos de este mundo. Todas las sombras desaparecerán un día. ¿Y qué haré entonces? No me quedará nada más que Dios Todopoderoso. Si no puedo encontrar placer pensando en Él, no habrá entonces nadie más para disfrutar; Dios y mi alma serán los únicos dos seres que queden en todo el mundo, por lo que a mí respecta. Será todo en todos, lo desee o no. ¡En qué apuro me encontraré entonces si no Le amo, y no hay nada más que amar, si siento rechazo hacia Él, y Él estará entonces siempre mirándome desde arriba!
“2. Ah, mi amado Señor, ¿cómo puedo decir que Vos seréis todo en todos, lo desee o no? ¿No debería desearlo con todo mi corazón? ¿Qué me puede dar felicidad excepto Vos? Si tuviera todos los recursos del tiempo y del sentido a mi alrededor, como los tengo ahora, no me cansaría de ellos en el transcurso de los siglos, no, mejor dicho, de los años? Si este mundo durara para siempre, ¿sería para siempre capaz de proveer comida para mi alma? ¿Hay alguna cosa del mundo de la cual no me canso al fin aun ahora? ¿Aman los ancianos lo que aman los jóvenes? ¿No hay cambio constante? Estoy seguro entonces, mi Dios, que el momento llegaría, aunque pudiera tardar en llegar, en el que agotaría todo el placer que el mundo podría ofrecer. Vos solo, mi amado Señor, sois la comida para la eternidad, y sólo Vos. Sólo Vos podéis satisfacer el alma del hombre. La eternidad sería una miseria sin Vos, aunque no infligierais castigo. Veros, miraros, contemplaros, ésto solo es inagotable. Vos sois en efecto arte inalterable, y a pesar de eso en Vos siempre hay más profundidades gloriosas y más atributos variados a sondar; siempre estaremos comenzando, como si nunca Os hubiéramos contemplado. En Vuestra presncia hay torrentes de delicia, el gusto de los cuales nunca nos dejará. ¡Ésta es mi verdadera porción, Oh mi Señor, aquí mismo y desde ahora en adelante!
“3. ¡Dios mío, cuán lejos estoy de actuar según lo que sé tan bien! Lo confieso, mi corazón persigue sombras. Amo cualquier cosa más que la comunión con Vos. Estoy siempre deseoso de alejarme de Vos. Con frecuencia encuntro difícil hasta rezar mis oraciones. No hay apenas diversión que no preferiría ponerme a hacer en vez de ponerme a pensar en Vos. ¡Dadme gracia, oh Padre mío, para avergonzarme por completo de mi propia desgana! Sacúdeme de mi pereza y frialdad, y hacedme desearos a Vos con todo mi corazón. Enseñadme a amar la meditación, la lectura sagrada, y la oración. Enseñadme a amar lo que debe captar la atención de mi mente por toda la eternidad.”
[Citas de S. Agustín de “Antología” por Francisco Fernández-Carvajal)
Tomado del blog de :María Lourdes Quinn