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Cincuenta años de ecumenismo

17 de enero de 2011
Ante la Semana de Oración por la unidad de los cristianos. Análisis del cardenal Kurt Koch

Alfa & Omega,14/01/11 - Para responder a estas preguntas, Alfa y Omega ha recurrido a la fuente más autorizada en estos momentos, el cardenal Kurt Koch, nacido en Emmenbrücke (Suiza) hace sesenta años y hasta hace poco obispo de Basilea, a quien Benedicto XVI ha nombrado Presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. Este semanario ha tenido acceso al informe que el cardenal Koch presentó hace unas semanas, en la última Asamblea plenaria del Consejo Pontificio que preside, y que entre otras cosas conmemoró medio siglo de su creación por parte de Juan XXIII, ya antes de la inauguración del Concilio Vaticano II (el 5 de junio de 1960). Desde entonces, este organismo trabaja con sus dos secciones, una para Oriente (sobre todo para las Iglesias ortodoxas) y otra para Occidente (en particular, para el diálogo con los hijos de la Reforma).

Logros

En su balance de estas cinco décadas de ecumenismo, prioridad de este pontificado, como anunció Benedicto XVI en su primer mensaje al ser elegido, el cardenal constata «numerosos aspectos alentadores». Con satisfacción, registra que, en la Iglesia católica, «el ecumenismo ya no es una realidad extraña, sino que es vivido cotidianamente en muchas Iglesias locales, parroquias, comunidades y movimientos espirituales». El gran éxito en estas décadas estriba precisamente en el hecho de que el compromiso por la unidad de los cristianos ya no es noticia. Y, como explicó el cardenal Koch, «este ecumenismo de vida tiene una importancia fundamental, dado que, sin él, todos los esfuerzos teológicos orientados a alcanzar un acuerdo duradero sobre las cuestiones de fe básicas entre las diferentes Iglesias y comunidades eclesiales serían vanos».

En el diálogo teológico también se han dado pasos impensables a inicios de los años sesenta. El Concilio publicó, en noviembre de 1964, el Decreto Unitatis redintegratio, que haría irreversible el camino ecuménico. Poco después, se abría el diálogo teológico institucional con las Iglesias ortodoxas, luteranos, reformados, anglicanos, metodistas... El 7 de diciembre de 1965, un día antes de finalizar el  Concilio, Pablo VI y el Patriarca Atenágoras I de Constantinopla emitieron una Declaración conjunta, por la que deploraban y levantaban los mutuos anatemas pronunciados por Roma y Constantinopla en 1054, que marcaron el momento culminante del Cisma.

En las relaciones con los hijos de la Reforma, el avance más importante de estos años fue la Declaración conjunta sobre la doctrina de la Justificación, en Augsburgo, el 31 de octubre de 1999, entre el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y la Federación Luterana Mundial, que logró un acuerdo de fondo sobre esta cuestión crucial en el cisma promovido por Martín Lutero en el siglo XVI.

Rpara todos los cristianos

Si en estas décadas se han logrado pasos tan importantes, ¿qué es lo que falta para lograr la unidad plena entre los cristianos? El cardenal Koch considera que el gran reto en estos momentos es lograr una visión compartida sobre lo que es la Iglesia y sobre lo que la une. «Dado que cada Iglesia y comunidad eclesial tiene su concepto confesional de lo que es la unidad de la propia Iglesia, lo aplica y se esfuerza comprensiblemente por aplicarlo al objetivo del movimiento ecuménico, existen hoy tantas ideas sobre el objetivo ecuménico cuantas son las Iglesias y las comunidades cristianas», afirma. Por este motivo, el purpurado suizo considera que  es necesario lograr una visión común de la Iglesia y que ésta «podría llevar al final a una Declaración común, análoga a la de la doctrina de la Justificación, de manera que se daría un paso decisivo hacia la visible comunión eclesial. De hecho, no puede haber unidad eclesial sin que antes se dé un claro concepto teológico de lo que es la Iglesia». Y dice con claridad: «Este complejo problema que pesa sobre el ecumenismo debe afrontarse seriamente una vez por todas».

Dado que en estos momentos católicos, ortodoxos y protestantes no comparten una misma visión eclesial, en estos años se ha extendido la idea de que el ecumenismo consiste simplemente en pegar los añicos de la vasija de la Iglesia rota a causa de las divisiones de los siglos pasados. Ahora bien, el cardenal Koch considera que, en la única Iglesia que fundó Jesús, no puede haber contradicciones surgidas con el pasar de los siglos, como las habría en ese puzzle recompuesto. «Este pluralismo está en oposición también con la convicción católica de que la verdadera Iglesia de Jesucristo subsiste en la Iglesia católica, es decir, que es ya una realidad existente, sin negar con ello a los demás su ser cristianos o negar el carácter eclesial de sus comunidades». De este modo, hoy se dan dos visiones contrapuestas de la unidad de los cristianos. «Por una parte, se da un ecumenismo que sigue buscando la unidad visible de la Iglesia y trabaja y reza por esta unidad; por otra, hay un ecumenismo que considera que es suficiente lo que ya se ha alcanzado», y que, por tanto, se puede «seguir viviendo en Iglesias separadas». Pero «se da el grave riesgo de que esta actitud no ofrezca más que un fácil consuelo ante el escándalo de la división de la Iglesia, que es fruto del pecado, y se presente como un calmante ecuménico en un momento en el que, en realidad, tendríamos necesidad de tonificantes para revigorizar y profundizar en la voluntad de la Iglesias de hacer visible la unidad del Cuerpo de Cristo, ya presente en la fe en Jesucristo, y de hacerla fructificar en la vida de todos los días».

Retos para protestantes y católicos

Tras haberse superado el motivo teológico central del cisma de Lutero, gracias a la Declaración conjunta sobre la Justificación, reformados y católicos ahora deben avanzar en la reflexión sobre otras cuestiones, expuestas en ese mismo documento: «La relación entre la Palabra de Dios y la doctrina de la Iglesia, eclesiología, autoridad en la Iglesia, ministerio, los sacramentos y la relación entre justificación y ética social».

La Declaración sobre la Justificación «representa un hito en el difícil camino de la recuperación de la plena unidad entre los cristianos. Pero un hito no es la meta», aclara el cardenal Koch. El hecho de que en las comunidades protestantes no reconozcan todos los sacramentos, o que algunas se hayan separado de las enseñanzas morales mantenidas por todas las Iglesias en los últimos dos mil años, las ha inevitablemente alejado

Para la Iglesia católica, la imposibilidad de celebrar juntos, protestantes y católicos, la Eucaristía se debe principalmente a la diferencia de visión que se da de los sacramentos: «Es decir, la convicción, ya presente en la Iglesia primitiva, de que la comunión en Cristo, la comunión eclesial y la comunión eucarística no pueden separarse». Si bien la Iglesia católica acoge el concepto protestante, según el cual, Cristo invita a la Cena del Señor, añade esta aclaración: «Dado que es Cristo quien invita, esta invitación, transmitida por un ministro cuya ordenación y misión se fundan en Cristo, es de por sí un sacramento». Aquí están los horizontes que afronta en estos momentos el diálogo entre católicos y reformados y que pasan, ante todo, por el reconocimiento común de los sacramentos.

Retos para ortodoxos y católicos

En el caso de las relaciones con las Iglesias ortodoxas, este problema nunca se ha dado. Los problemas son más en buena parte culturales y provocaron, a finales de los años noventa e inicios de este milenio, un estancamiento. El supuesto proselitismo católico en antiguas tierras soviéticas se adujo como argumento para detener el diálogo teológico. Otro motivo de congelamiento de las relaciones fue el rechazo ortodoxo de la existencia de católicos de rito oriental (uniatas, los llaman ellos), con las mismas tradiciones y liturgia de los ortodoxos, pero unidos a Roma. Para los ortodoxos, un ruso o un griego sólo puede ser ortodoxo.

Estos argumentos han ido perdiendo protagonismo con el pontificado de Benedicto XVI, y la Comisión teológica que reúne a las Iglesias ortodoxas y a la Santa Sede ha vuelto a reunirse como sucedió tras el Concilio Vaticano II, para afrontar la cuestión central que les separa en su visión de la Iglesia: el primado del obispo de Roma, que según la visión católica, como sucesor de Pedro, es el símbolo de la unidad en la Iglesia. Las Iglesias ortodoxas se suceden desde tiempos de los apóstoles y comparten con la Iglesia católica su fe en los sacramentos. Y dado que son auténticas Iglesias, consideran que la unidad con la Iglesia universal es un problema secundario. Cada comunidad se reúne en torno a la Eucaristía, con su obispo, sus sacerdotes, y esto es lo que edifica la Iglesia.

Ahora bien, como explica el cardenal Koch, «esta independencia de las diferentes comunidades eucarísticas tiene un coste»: la división o dispersión entre las Iglesias ortodoxas, separadas por el principio de la autonomía nacional. Hoy, por ejemplo, se dan divisiones entre el Patriarcado ortodoxo de Constantinopla y el de Moscú. Con razón, la Iglesia ortodoxa rusa recuerda que el principio de primus inter pares (primero entre iguales) del Patriarcado de Constantinopla no tiene fundamento en el Evangelio, a diferencia de lo que sucede con el sucesor de Pedro. De este modo, ante la falta de un portavoz común, las Iglesias ortodoxas están divididas en cuestiones importantes.

Éste es el reto que afronta en estos momentos el diálogo teológico entre católicos y ortodoxos y, para hacerlo, la Comisión teológica católico-ortodoxa está estudiando la manera en que se vivía el primado del obispo de Roma en el primer milenio del cristianismo, en el que las Iglesias vivían en  comunión, a pesar de sus enormes diferencias culturales.

Jesús Colina. Roma

 

El clamor de los cristianos de Jerusalén

En la Semana de Oración por la unidad de los cristianos de este año, del 18 al 25 de enero, resonará el clamor de los cristianos de diferentes confesiones de Jerusalén por la unidad plena, y la superación del grave escándalo de la historia del cristianismo, la división. En esta ocasión, cristianos de Tierra Santa han redactado la base de los textos para este octavario que distribuyen, entre los más de dos mil millones de cristianos, el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y la Comisión Fe y Constitución, del Consejo Mundial de Iglesias. El tema para este año es la frase bíblica tomada de los Hechos de los Apóstoles (2, 42) Unidos en la enseñanza de los apóstoles, la comunión fraterna, la fracción del pan y la oración. «Conscientes de sus propias divisiones y de la necesidad de hacer ellas mismas mucho más por la unidad del Cuerpo de Cristo, las Iglesias de Jerusalén piden a todos los cristianos redescubrir los valores que constituyen la unidad de la primera comunidad cristiana de Jerusalén, cuando era asidua a la enseñanza de los Apóstoles y a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones». Por último, «los cristianos de Jerusalén invitan a sus hermanas y hermanos en todo el mundo a unirse a su oración en su lucha por la justicia, la paz y la prosperidad de todos los pueblos de esta tierra».

La Semana de Oración por la unidad de los cristianos surgió en 1910, en la Conferencia Misionera Mundial en Edimburgo, y es considerada como el punto de partida oficial del movimiento ecuménico. Benedicto XVI rindió homenaje al centenario de esta iniciativa durante su histórico Viaje al Reino Unido en septiembre pasado.

 

El pulso del diálogo ecuménico

El pasado 5 de junio cumplía 50 años el Consejo Pontificio para la Unidad de los cristianos, creado primero por Juan XXIII como Secretariado. El Octavario de oración por la unidad propicia la reflexión y el examen del camino recorrido por el ecumenismo. ¿Se avanza en la reconstrucción de la unidad visible de la Iglesia? Benedicto XVI decía el 18 de noviembre de 2010, en la Plenaria del dicasterio, que su creación constituyó una piedra miliar, porque el compromiso ecuménico es central para la Iglesia, y contra todo pesimismo afirmaba que el camino recorrido es mucho.

Si pasamos brevemente revista al ecumenismo teológico, llaman la atención los logros del diálogo católico-ortodoxo, a pesar de las dificultades que surgieron con la reunificación de Europa, que devolvió a la libertad a los católicos orientales reprimidos por el totalitarismo político. Superada la crisis con la que acabó la primera etapa de diálogo, la Comisión internacional afrontaba, en 2006, la cuestión de las consecuencias eclesiológicas y canónicas de la naturaleza sacramental de la Iglesia. El documento de Rávena, aprobado en 2007, en la décima Plenaria de la Comisión, permitiría tratar en Pafos, en 2009, la cuestión del obispo de Roma en la comunión de la Iglesia en el primer milenio. La regularidad de las visitas recíprocas de las delegaciones de Constantinopla por la fiesta de San Pedro y San Pablo, y de Roma por la fiesta de San Andrés, testimonia el buen clima y los avances, lentos pero reales, en el diálogo.

Por lo que hace al diálogo anglicano-católico, la creación de un Ordinariato católico por Benedicto XVI, para acoger a los anglicanos que venían manifestando su voluntad de entrar en la plena comunión de la Iglesia católica, ha comenzado a dar los primeros pasos. El temor a que se convirtiera el Ordinariato en piedra de tropiezo para el diálogo se ha disipado, si bien no dejan de inquietar a la Comunión Anglicana los efectos que puedan resultar de la marcha de obispos, sacerdotes y fieles que la abandonan. Lo importante es que el diálogo sigue su programa tras cuarenta años de diálogo, que han protagonizado la Comisión Teológica Internacional en sus tres ediciones (ARCIC) y la Comisión para la Unidad y la Misión (IARCUM).

Con la firma de la Declaración conjunta sobre la doctrina de la Justificación (Augsburgo 1999), el diálogo católico-luterano echó los fundamentos para una aproximación conjunta al lugar de la Iglesia en la obra de la Redención. El logro más reciente de la Comisión católico-luterana ha sido el documento La apostolicidad de la Iglesia (2007), que examina el ministerio ordenado como garantía de la apostolicidad de la Iglesia.

La Iglesia se ha convertido también en el principal tema del diálogo católico con otras grandes Comuniones, porque la concepción teológica de la Iglesia constituyó el objeto del debate histórico de los reformadores con el catolicismo. La Iglesia ha sido objeto de amplia reflexión en las comisiones de diálogo de reformados y metodistas con la Iglesia católica.

Termino aludiendo al Grupo mixto de trabajo de la Iglesia católica y Consejo Ecuménico de las Iglesias, cuya Octava Relación (2005) acota seis años del diálogo y la colaboración, con atención a los medios de estudio conjunto y colaboración. Destacan los resultados de la reflexión sobre las implicaciones eclesiológicas y ecuménicas del bautismo común, la naturaleza del diálogo ecuménico, los Consejos nacionales y regionales de Iglesias, algunas cuestiones relativas a la antropología teológica y los matrimonios mixtos, el diálogo interreligioso y la diaconía de la Iglesia y su servicio de aportación al desarrollo.

+ Adolfo González Montes

obispo de Almería

Presidente de la Comisión episcopal de Relaciones InterconfesionalesRECOMENDACIONESALFA Y OMEGA

Imágen : Benedicto XVI y un obispo ortodoxo,

del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla,

ante la tumba de san Pedro (29-VI-2010)

fuente: Alfa & Omega
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