Entre las características distintivas del cristianismo occidental está la voluntad de construir grandes iglesias: todavía hoy, en una Europa que no quiere reconocer oficialmente sus raíces cristianas, los edificios históricos más imponentes de las ciudades son catedrales, iglesias monásticas o santuarios. ¿Cómo nace esta tradición?
La idea cristiana del lugar de culto sufre una primera fundamental transformación en Italia y específicamente en Roma a partir de la época constantiniana.
Anteriormente, como sabemos por las cartas de san Pablo, en Roma como en otras ciudades evangelizadas, la Iglesia estaba estructurada en pequeñas comunidades identificables en base a las casas privadas en las que los miembros se reunían. En su carta a los Romanos, por ejemplo, saludando a sus amigos Aquiles y Priscila, Paolo saluda también a "la comunidad que se reúne en su casa" (Rom 16, 3-5).
Pero entre las casas utilizadas en Roma en el siglo I, estaban también las "domus" patricias y quizá incluso el "palatium" imperial: escribiendo desde Roma a los creyentes de Filipos entre el 61 y el 63, san Pablo dirá: "Os saludan todos los santos, sobre todos los de la casa del César" (Fil 4, 22).
Con la conversión de los sectores sociales más altos a la nueva fe entre el final del III y el inicio del IV siglo, algunas "casas" que fueron destinadas permanentemente al servicio de la "ecclesia" eran grandes y lujosas: entre estas había una aula de representación de la residencia de la emperatriz madre Elena, el Palacio Sesoriano, que luego se convirtió en la basílica de la Santa Cruz en Jerusalén.
Será sobre todo el hijo de Elena, el emperador Constantino, quien le dará dignidad oficial a esta tendencia, exaltando la nueva fe mediante la construcción de una verdadera y auténtica red de grandes iglesias según el modelo arquitectónico de las aulas públicas o regias del imperio: las basílicas.
Como por trescientos años las comunidades cristianas habían celebrado los ritos en salas ordinarias, en casas privadas y en las "insule" de las ciudades greco-romanas, sin advertir una particular necesidad de distinguir sus lugares de culto del mundo que los circundaba, así, también después de la subida social de la Iglesia, las grandiosas estructuras mandadas a construir por el gobierno imperial se insertaban en el existente tejido arquitectónico de la ciudad en la que se encontraban.
Las fundaciones constantinianas y las del siglo V eran muchas y muy grandes: San Juan de Letrán, quizá ya iniciada en el año 312-13, tenía dimensiones titánicas: 98 por 56 metros; la basílica del cementerio de San Sebastián, en la vía Appia, tenía 75 metros de largo; la original basílica de San Lorenzo en la vía Tiburtina tenía 98 metros de largo.
Había una basílica en la vía Labicana, junto al "martirion" de los santos Marcelino y Pedro que contenía el mausoleo de la emperatriz Elena, y había otra en la vía Nomentana, cerca de la memoria de santa Inés, donde la hija de Constantino, Constanza, había mandado construir un mausoleo, la actual iglesia de Santa Constanza.
Sobre todo la antigua basílica de San Pedro era colosal, con una fachada de cerca de 64 metros de largo y un pórtico con 12 metros de profundidad. Las naves, sin contar el área presbiteral, tenían 90 metros y la central tenía 23,5 metros de ancho, con una altura de 32,5 metros, mientras que las pequeñas naves laterales tenían alturas respectivamente de 18 y 14,8 metros.
En el ámbito de la corte imperial fue realizado un paso lleno de significado para la historia de la arquitectura cristiana: la adaptación con fines litúrgicos del edificio circular o cilíndrico típico en el mundo tardo-antiguo de los mausoleos de personajes ilustres.
De hecho para la sensibilidad greco romana, la forma cilíndrica-cerrada sugería el misterio de la muerte; precisamente esta configuración había sido usada en el IV siglo en Jerusalén para la estructura constantiniana de la "Anastasis", que contenía la tumba vacía de Cristo. La misma forma fue después utilizada por la hija de Constantino para su propio mausoleo en la vía Nomentana, junto a la antigua basílica del cementerio de Santa Inés.
Estructuras circulares similares tienen un simbolismo particular. Mientras las más comunes basílicas longitudinales implican un camino —del ingreso al altar— la forma circular, sin inicio y sin fin, tiene infinito: llegar a su centro significa el fin de la búsqueda, la llegada al puerto anhelado.
En el Santo Sepulcro de Jerusalén, donde antes se pasaba por una basílica longitudinal para luego —atravesando un patio— penetrar en la estructura circular, la experiencia sapiencial de conjunto era casi una metáfora de búsqueda y encuentro: del camino de fe y de la certeza con la que Dios pone fin a la búsqueda del hombre, admitiéndolo en la luz infinita.
En el siglo V la más grande iglesia romana de planta central, San Esteban Rotondo, propondrá una experiencia nueva. La basílica longitudinal se convierte en un inmenso patio rectangular en torno el elemento circular, que a su vez se vuelve un laberinto concéntrico con más ingresos. De las capillas se pasa sucesivamente en el penúltimo anillo, más alto que los anillos externos y más luminoso, que finalmente da acceso al altísimo espacio cilíndrico central, un pozo de luz en el corazón del edificio.
En San Esteban Rotondo el sentido del camino cristiano venía articulado en términos mistagógicos, de iniciación en el misterio: no más como movimiento lineal ni tampoco como simple llegada, sino como la experiencia de una penetración por grados: del exterior hacia el centro, de las tinieblas hacia la luz, metáfora quizá para la vida de una Iglesia que ya encontraba la razón de su comunión no sólo en la raíz histórica de una "romanitas" compartida sino en la convergencia hacia Aquél que es la luz de los hombres.
Es sugerente comparar la planta circular de esta iglesia con una contemporánea imagen de Cristo que asciende en el circular "clipeus" que simboliza la luz, en uno de los panelitos de leño de las puertas de la basílica de Santa Sabina, en el Aventino.
Es el Cristo de la Apocalipsis, el Alfa y la Omega de la historia humana, presentado entre los símbolos de los cuatro evangelistas, teniendo bajo Él a los santos Pedro y Pablo que levantan una corona de flores sobre la cabeza de una mujer. Esta, que con los brazos alzados en oración, simboliza la misma Iglesia que anhela a su Esposo.
En Roma por primera vez la Iglesia se identificó plásticamente con Aquél que, inmolado, es ahora "digno de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría y la fuerza, honor, gloria y majestad" (Ap 5, 12). Ocupó espontáneamente, trasformándolos, los espacios arquitectónicos y conceptuales del antiguo imperio, persuadida de que Dios, aparte de manifestarse en la grandeza moral de Israel, se había manifestado también en el esplendor material de Roma. La marmórea magnificencia de la ciudad que una vez fue pagana fue leída como indicio de la ciudad del Apocalipsis, la Jerusalén celeste cuyos muros serían revestidos de piedras raras y preciosas.
De hecho Roma es la ciudad del Apocalipsis —del desvelamiento del sentido escondido de la historia— y del V siglo en adelante los mensajes comunicados en los programas iconográficos de las más importantes iglesias romanas son "apocalípticos".
Cristo revestido de la túnica dorada como "Dominus dominantium", Señor de los señores, sentado en el trono o de pie con el documento de su poder divino en mano y, frente a Él, los veinticuatro ancianos que día y noche lo adoran, con inciensos que simbolizan las oraciones de los santos: son estas imágenes realizadas en los presbiterios de las grandes nuevas basílicas.
En varias de estas iglesias, luego, las escenas reveladoras de la eternidad contemplaban grandes ciclos históricos sobre las paredes laterales, con episodios del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento, insistiendo así en la gloria celeste como resolución del recorrido terrestre.
En San Pedro en el Vaticano este mensaje es anticipado ya en el exterior, con un monumental mosaico que recubría la parte superior de la fachada de la basílica (dibujada en un códice del siglo XI proveniente de Farfa y actualmente conservado en el Eton College de Windsor), poniendo frente a los ojos de los fieles y peregrinos el Cordero, los ancianos y las multitudes incontables de aquellos que están "de pie frente al trono y frente al Cordero, envueltos en vestidos blancos" (Ap 7,9).
También esta característica de la vida de al antigua capital, la multitud, asumirá connotaciones apocalípticas en la Roma cristiana. La ciudad cuyos teatros y anfiteatros habían acogido muchedumbres inmensas se convertirá en la Roma papal que regularmente acoge hombres y mujeres "de toda nación, raza, pueblo y lengua" (Ap 7,9). Fenómeno este que explica la creación —primero en Letrán y luego en el Vaticano— de espacios adecuados para acoger las muchedumbres de peregrinos provenientes de todo el mundo, espacios que expresan continuidad con el antiguo imperio: la basílica de San Pedro y la plaza que le está delante recubren un circo construido en el siglo I por los emperadores Calígula y Nerón.
Los gigantescos teatros y anfiteatros de la Urbe, que todavía hoy testimonian la capacidad del imperio de movilizar muchedumbres oceánicas hacia un punto, hacen parte de la experiencia primitiva de la Iglesia de Roma. Aunque los convertidos a la nueva fe no debían ser asiduos frecuentadores del teatro y del circo, no podían ciertamente ignorar la fascinación que semejantes lugares ejercían sobre sus contemporáneos.
Ello significa que no sólo la idea de magníficos espacios de vida colectiva, sino también la del espectáculo — de reuniones para ver juntos eventos que unan mediante la emoción compartida de cientos de miles de personas— hacía parte del bagaje cultural y humano de la primitiva Iglesia romana.
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El artículo de Timothy Verdon reproducido arriba salió "L'Osservatore Romano" del 10 de febrero del 2011 con el título: "La tradición europea de las grandes iglesias. De los ángulos de la vida al círculo de la eternidad".
Imágen : otra el interior de la iglesia de San Esteban Rotondo en Roma, del siglo V