Dos niños, dos destinos, dos existencias bajo el sol. Sobre uno ya la noche del más allá.
¿Este niño de abajo hubiera sido un nuevo Bach? ¿Incluso un músico que hubiera superado en mucho a Bach?
Quizá hubiera sido el Miguel Ángel del siglo XXI. El Vermeer que hubiera admirado a las generaciones futuras por su uso de la luz en los lienzos.
De lo que no cabe duda es de que hubiera tenido sus amores, sus proyectos, sus lágrimas de felicidad. Hubiera conocido el mundo y puede que hubiera mejorado el mundo. Ese cuerpo allí, es una vida que no fue.
Es un silencio terrible. El silencio de setenta años no vividos. Setenta años de alegrías y tristezas que ya no serán.
Las dos fotos son terribles puestas una al lado de la otra. El niño sano y rollizo no tiene ninguna culpa. El niño que muere tampoco. Es la variedad del ser, la variedad de un mundo que nos ofrece todas las formas posibles de la existencia. Cosas como éstas nos obligan a pensar que tiene que haber un Dios Infinito que compense, que consuele. O nada tiene sentido, o todo tiene sentido. O esto es la jungla, o hay un más allá. O Marx y Sartre y Nietzsche y Epicuro, o la Iglesia Católica. Del blog del P. Fortea.
