Obsculta, o fili, praecepta magistri, et inclina aurem cordis tui... «Escucha, hijo» se lee en el prólogo de la Regla de san Benito, que ha cambiado la vida de millones de personas desde el siglo VI de la era cristiana hasta hoy. Lo más sencillo —que no es lo más fácil, pues sencillez y facilidad no son sinónimos— es escuchar, dejar espacio dentro de la propia mente y de la propia vida a una voz que proviene del exterior; un mensaje que en un primer momento puede sonar extraño, extravagante e inactual, pero que al mismo tiempo se muestra capaz de revelar al hombre a sí mismo.
La organización sin fines de lucro Faith Comes by Hearing de Albuquerque en Nuevo México, que este año festeja sus primeros cuarenta años, nació para dar a conocer el Evangelio a quienes no pueden o no quieren leerlo, a quienes no están culturalmente preparados para acercarse a un texto —más de la mitad de la población mundial— pero también para los más familiarizados con el ámbito digital, que de buen grado sustituyen un libro con un archivo de audio que se puede descargar en un iPod.
La Faith Comes by Hearing se dedica a producir versiones audio del Nuevo Testamento y de las Sagradas Escrituras en los distintos idiomas del mundo: en treinta años las versiones audio se han realizado ya en seiscientos idiomas. El último ha sido el “esperanto católico”: una versión audio de la Neo Vulgata en latín ya disponible desde el pasado mes de diciembre; una copia del cd se presentó a Benedicto XVI durante la audiencia del miércoles 11 de enero.
Además del Digital Bible Project, pensado para llegar a dos millardos de navegadores on line y seis millardos de smart phone y teléfonos móviles (con aplicaciones que se pueden descargar gratuitamente de http://Biblium.is), está también Proclaimer, una especie de “Pentecostés portátil”, si la comparación no fuera un poco irreverente, o mejor, un “megáfono de campo” de la Palabra de Dios con alimentación de paneles solares o de manivela, para recurrir a la energía cinética en caso de mal tiempo, «capaz de funcionar —se lee en el folleto que lo acompaña— en ambientes con temperaturas de menos 13 a más 140 grados Farenheit, incluso al aire libre, bajo un árbol, en poblaciones completamente privadas de corriente eléctrica».