El Sábado Santo está marcado por el silencio. No hay celebraciones.
Parece que todo ha terminado sin posibilidad de cambio. Cuando muere una persona, todo proyecto suyo o respecto de él termina. Y también Jesús ha muerto; sólo queda llevarlo al sepulcro.
Ahora su cuerpo está en manos de un hombre «bueno y justo», José de Arimatea, que «bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido puesto todavía». Sólo faltaba que los aromas embalsamaran y conservaran aquel cuerpo lo más intacto posible: una espera, por lo demás, precaria, pues a la consumación del tiempo y a la voracidad, al final, nada resiste; del embalsamamiento se encargarían las mujeres, que habían «visto el sepulcro y cómo había sido colocado el cuerpo de Jesús» (cf. Lc, 23, 50-55).
En cualquier caso, el sello es conclusivo y pesado: «una piedra grande a la entrada del sepulcro» (Mt 27, 60). Hasta este extremo el Hijo de Dios quiso compartir su semejanza con nosotros. Ahora de él sensiblemente sólo disponemos de su cuerpo inerte, que la piedad suele representar, antes del descendimiento a la tumba, en brazos de su madre, la Virgen de los Dolores, en la que la fe alcanzaba la cumbre de la prueba y de la verdad.
La intensa contemplación de Paul Claudel comenta: «Aquí la Pasión acaba y la Compasión continúa. Cristo ya no está en la cruz, está con María, que lo ha recibido. Del mismo modo que lo acogió prometido, ahora lo recibe ya consumado. Cristo, que sufrió a los ojos de todos, está de nuevo oculto en el seno de su Madre» (Le Chemin de la croix, Treizième station).
Inos Biffi
7 de abril de 2012