Silencio y palabra constituyen juntas, en una tensión sin resolver, el complejo proceso de la comunicación humana. Romano Guardini escribió: «La palabra es una de las formas fundamentales de la vida humana; la otra forma es el silencio, y es un misterio igualmente grande. (...) Las dos cosas hacen de ello una sola. Sólo puede hablar de forma significativa aquel que puede también callar, de lo contrario es un mudo. En estos dos misterios el hombre vive; su unidad expresa su esencia».
Y viceversa, en el tiempo en que vivimos, silencio y palabra parecen excluirse; ante un incesante multiplicarse de palabras y sonidos, de los que el hombre viene invadido a través de la difusión, con evidente responsabilidad de los medios de comunicación de masa, el silencio parece expresar en contraste una posición de cierrre y rechazo de la comunicación, resultado desesperado de una soledad, a veces buscada a veces impuesta, siempre triste. Por otra parte, para que la palabra adquiera su propia densidad, distinguiéndose del mero rumor, es necesario nutrir esta palabra del debido silencio.
El llamamiento a la verdad que exige la palabra, en esta sociedad de libre opinión, constituye uno de los compromisos más urgentes para los cristianos en su servicio al mundo, en el que la tentación de una “dictadura del relativismo”, lleva el diálogo a confundirse con un talk show de opiniones, sin obligación de verificación verdadera. También sobre este frente de la relación entre palabra y verdad debe medirse la responsabilidad de aquellos que son protagonistas de los medios de comunicación, reconociendo en ellos la posibilidad y buscándola y comunicándola con sinceridad.
Giuseppe Betori