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El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
La búsqueda admite el uso de comillas normales para buscar palabras y expresiones literales.
La búsqueda no distingue mayúsculas y minúsculas, y no es sensible a los acentos (en el ejemplo: católica y Catolica dará los mismos resultados).

Errores humanos frente al Señor

20 de mayo de 2012
Otros de los muchos errores que se cometen por desconocimiento de quien es Dios y cual es su esencia de amor, es el de pensar que si algo en la vida nos sale mal, es una consecuencia de que Dios por algo castiga...

Son muchos lo errores que cometemos en nuestras relaciones con el Señor.

La mayor parte de ellos no son intencionados sino que se comenten por ignorancia y ya sabemos lo que Él, dijo en la cruz: “… Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”. (Lc 23,34). Y en estas palabras del Señor, estamos todos incluidos, tal como así nos lo manifiesta Juan Pablo II en su libro “Vida de Cristo”, al decir que: “Todos los hombres, cada uno en la concreción de su propio yo, de su bien y mal, están, pues, comprendidos potencialmente e incluso se diría que intencionalmente en la oración de Jesús al Padre: “Perdónalos”.”.

Pero sean los errores intencionados o no intencionados, ellos existen y nosotros los cometemos. Por supuesto que los errores no intencionados, que son los que aquí nos ocupan, no constituyen ofensa alguna al Señor, pero si nos frenan en el avance espiritual de nuestra alma hacia Él.

 

            Dios como sabemos es única y exclusivamente Espíritu puro, un espíritu que es amor y se mueve por amor (1Jn 4,16) y por razón de amor creó el orden material, al que pertenecen nuestros cuerpos. Siendo el orden espiritual superior al orden material, es lo suyo que sea el espíritu el que domine la materia. Y así fue al principio en la persona humana en Adán y en Eva, cuando gozaban de la felicidad del Paraíso, pero el odio que atormente a todo condenado y el deseo de que a él se le acompañe en su destino, movió al demonio a tentar a Adán y a Eva. Ellos cayeron en la tentación y subvirtieron su propio orden personal quedando sus almas sometidas a la concupiscencia de sus cuerpos. Y como nadie puede dar lo que no tiene, esta situación, es lo que nos dieron a todos sus descendientes, que somos nosotros.

 

            Vine a cuento lo anterior, para que comprendamos lo sometida que tenemos nuestra alma a las veleidades de nuestro cuerpo y que esencialmente nuestra lucha ascética, tiene por finalidad dar armas a nuestra alma para que ella, venza a nuestro cuerpo y así amando al Señor nuestro Dios y Creador, se abstenga del vicio y del pecado y se purifique debidamente, para poder hacer efectiva en nosotros nuestra salvación eterna, por razón de los méritos del Nuestro Señor, que por amo  y con su Pasión y muerte  en la cruz, nos redimió de la esclavitud del demonio y nos abrió las puertas del cielo, para que entremos en él con la categoría de hijos del Dios.

 

            Pues bien, la mayoría de errores que nosotros tenemos en nuestro trato con el Señor, derivan de considerarle mentalmente como uno de nosotros, con nuestras mismas reacciones y deseos. Nos hemos tomado muy en serio ese versículo del Génesis que dice: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó”. (Gn 2,27). Si, es cierto, nos creó a imagen y semejanza suya, pero solo el alma no el cuerpo; por la sencilla razón de que Dios no tiene cuerpo. Es nuestra alma es la que se salva y la que es eterna, no nuestro cuerpo. Y el primer error básico que tenemos  es que pensamos en Dios, como lo vemos en las iconografías, un anciano venerable de luengas barbas blancas.

 

            El segundo error consiste en olvidarnos, de que Dios que es amor y solo amor, nos ama de una forma inimaginable para nosotros y está más interesado que nosotros mismos, en nuestra eterna salvación. Esto tiene mucha importancia en la llamada oración de petición, que es la que habitualmente más practicamos, pues en los Evangelios, más de una vez se nos dice: “Pedid, y se os dará; buscad y hallareis; llamad y se os abrirá. Porque quien pide recibe, quien busca halla, y a quien llama se le abre” (Mt 7, 7-8). O bien en otro versículo se nos dice: “Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. En verdad os digo que si alguna cosa pedís a mi Padre en mi nombre se os dará”. (Mt 18, 19-20). O bien este otro que nos dice: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”. (Mt 6,33). Y sin embargo, muchas son las personas que se sienten defraudadas, con estas promesas del Señor. ¿Qué es lo que ocurre?

 

Lo que ocurre es que, tal como antes he dicho Dios nos ama, mucho mas que lo que nosotros creemos amarnos, y sus deseos no coinciden con los nuestros. Su deseo principal, es nuestra eterna salvación, que es un deseo de orden espiritual, y en general nuestros deseos son  siempre de orden material, referidos a la obtención de bienes materiales, para asegurarnos un porvenir en esta vida, para nosotros y nuestros seres queridos, o la obtención de una buena salud y remedio de nuestros males corporales. A este respecto para que comprendamos más a Dios, voy a relatar un sucedido. Leí hace unos días que una madre de cuatro niños pequeños, con un cáncer en estado terminal, se fue a Lourdes, no para pedir por su curación, sino solo para pedirle a la Virgen que cuidase, como madre que es de ellos, de los hijos que quedarían huérfanos. Salió de Lourdes curada de su cáncer, es muy posible que si hubiese pedido directamente por su curación, esta no le habría llegado.

 

Dios sabe mucho mejor que nosotros lo que necesitamos y si nos deniega algo es porque entiende que no nos conviene. aunque nosotros nos emperremos en lo contrario. Nos dice San Pablo: "Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; más el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables”. (Rm 8,26). En relación a este versículo, comenta Jean Lafrance:

“¿Qué sucede cuando una persona dice lentamente las palabras del Padrenuestro? A fuerza de golpear su corazón con las palabras mismas de Cristo, lo atraviesa y hace brotar el Espíritu oculto en el fondo de su corazón, del que ni el mismo tiene conciencia. Es poco más o menos lo que dice San Pablo en Romanos (8,26): Pues nosotros no sabemos como pedir para orar como conviene, más el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables”.

 

Pero cuando la petición es del orden espiritual, todo cambia radicalmente, a nadie le deniega el Señor una petición de orden espiritual, por difícil que parezca y hablo por ajena y propia experiencia. Solo es necesario ser perseverante.

 

Otro error muy común, es olvidar que Dios no mira gestos, ni escucha palabras, solo mira el corazón del que ora, porque Dios lee en el corazón del hombre. La intencionalidad es básica para el Señor. El que ama las riquezas, incluso sin tenerlas, más que a Dios mismo, ya pecó en su corazón. "Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adultero con ella en su corazón". (Mt 5,28).

Mas de una mañana entra en la sacristía, en la que habitualmente me encuentro ayudando al sacerdote que dice la misa, una señora, con aire más o menos agresivo, que se encara con el sacerdote que acaba de decir la misa, y le reprocha que ella había encargado una misa por un difunto, cuyo nombre no ha pronunciado el sacerdote oficiante o bien lo ha pronunciado incorrectamente. Realmente puede ser que la señora tenga razón y al sacerdote se le olvidó el nombre o lo confundió con otro. Pues bien, uno se pregunta: ¿Acaso cree esta clase de señoras, que Dios tiene un  superordenador que contabiliza los números de misas de difuntos? ¿Acaso cree, que si no se dice correctamente el nombre del difunto, con su DNI si es necesario, Dios no le contabiliza la misa? Ridículo.

Otros de los muchos errores que se cometen  por desconocimiento de quien es Dios y cual es su esencia de amor, es el de pensar que si algo en la vida nos sale mal, es una consecuencia de que Dios por algo castiga por algo que tenemos remordiéndonos nuestra conciencia. Craso error, ni en esta vida ni en la otra, Dios castiga a nadie. El que se va al infierno se va él solo como elección que hace al no querer aceptar el amor que Dios le ofrece. Dios nos ama demasiado como para tratar de procurarnos sufrimientos castigándonos, Dios sufre cuando nosotros sufrimos.

También es frecuente, tomar a Dios por un cambista o mercader. Si me concedes esto, te prometo que haré tal sacrificio. Absurdo, el sacrificio que tiene autentico valor ante el Señor, es el que libremente y como fruto de un gran amor a Él, uno puede realizar gozosamente, pero sin pedir nada a cambio excepto que nos dé más fuerzas para amarle más intensamente.

 

Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

Del Blor de Juan del Carmelo

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