El 22 de mayo es la fiesta de santa Rita: una santa muy popular, sobre todo por su conocido poder milagroso. Pocos saben que a ella estaba especialmente vinculado uno de los más importantes artistas contemporáneos: Yves Klein.
El pintor francés le ofreció un maravilloso ex-voto —una caja de plexiglás con pigmentos de color oro, rosa y azul, que contiene también un papel enrollado en el que Klein declara dedicar toda su actividad artística a la santa— porque se sentía particularmente vinculado a ella. No sólo, probablemente, porque en una iglesita de Niza cerca de la casa de su familia de origen estaba expuesta una estatua de la célebre santa para la devoción, sino porque había quedado fascinado por el poder milagroso unido a un vuelo nocturno.
Para el pintor, atraído por el azul y por la idea de volar —como demuestra el hecho de que él mismo se hizo fotografiar mientras prueba a volar desde una ventana, en un suburbio de París— la santa constituía en realidad una referencia sagrada particularmente oportuna.
Y la santa debe de haber agradecido seguramente el homenaje del artista porque, algunos decenios después de su desaparición prematura, la casa de la que Klein había emprendido el vuelo fue vendida, y en su lugar fue construida una iglesia dedicada precisamente a santa Rita, aparentemente sin ninguna relación con la vicisitud del pintor. Pero que detrás de la búsqueda artística de Klein había una tensión espiritual fuerte se deduce de su recorrido original, una evolución hacia lo inmaterial, la arquitectura del aire, percibida a través de una sensibilidad intangible. A este conocimiento de lo inmaterial Klein llega a través del color, sobre todo el azul: «Me he quedado impresionado en Asís —escribe— en la basílica de San Francisco, de los frescos escrupulosamente monocromos, uniformes y azules que creo poder atribuir a Giotto».
Se trata de un recorrido que el mismo Klein explica en sus escritos recogidos en el volumen Verso l’immateriale dell’arte (Milán, O barra O, 2009) en donde revela el sentido profundo de sus elecciones, desde su fase monocroma a la búsqueda de aquel azul particular que tomará su nombre, hasta la cesión de zonas pictóricas inmateriales: «Ahora quiero superar el arte, superar la sensibilidad, superar la vida, quiero llegar al vacío». Un vacío que buscará alcanzar con su intento de vuelo: «Soy el pintor del espacio. No soy un pintor abstracto, sino, por el contrario, figurativo, y realista. Seamos honestos, para pintar un espacio, tengo el deber de ir al lugar, en este mismo espacio».
Por tanto Klein nos hace leer la profundidad que se esconde detrás de las vestiduras aparentemente prosaicas de una santa muy popular, nos hace entender algo del misterio que se oculta detrás de la vicisitud de todo santo.