San Hilario de Poitiers demostró que las Sagradas Escrituras dan testimonio de la divinidad del Hijo reafirmando el Concilio de Nicea frente a la herejía de Arrio. Santa Teresa de Jesús describió de forma impactante la teología más personal, su experiencia mística de unión con Cristo. San Gregorio Nacianceno acercó a los fieles el dogma de la Santísima Trinidad. Son los doctores de la Iglesia, más de una treintena de sabios, santos y teólogos cuya consulta hoy ofrece a los católicos una dimensión desconocida de su propia fe, un apasionante viaje a las profundidades de la teología cristiana, al corazón de la huella de Dios en la historia del hombre.
Gran influencia en la Iglesia Católica
Los hay sobradamente conocidos, como san Agustín o santo Tomás de Aquino, y otros cuya obra no ha alcanzado tanta popularidad, como san Hilario de Poitiers, san Efrén de Siria o san Lorenzo de Brindis. Todos ellos tuvieron gran relevancia teológica en su tiempo, y gran influencia en la Iglesia Católica, a veces en momentos muy convulsos, cuando se hacía especialmente importante amarrarse a los principios, enraizarse con la Tradición, interpretar correctamente las Escrituras y barnizar con poderío intelectual y claridad el Magisterio, para fortalecer la unidad, la fe o la fidelidad a Roma.
En tiempos de san Atanasio, nacido en Alejandría, en Egipto, en el año 297, se extendía como un peligroso cáncer el arrianismo, la herejía impulsada por Arrio, que negaba la divinidad de Jesús. La presencia de san Atanasio en el Concilio de Nicea fue clave para derrotar esta desviación y mantener intacta la doctrina católica. Fue necesaria su formación teológica, pero también su arrojo y su fama de santidad. Tras su intervención, el concilio excomulgó a Arrio y condenó su herejía.
Trampas y emboscadas. La tentación arriana le persiguió meses después del Concilio de Nicea. Tras la muerte de san Alejandro, san Atanasio fue nombrado patriarca de Alejandría y tuvo que soportar fuertes presiones para readmitir a Arrio en el seno de la Iglesia. El santo, aclamado doctor en 1568 por Pío V, se mantuvo firme en su negativa, sabedor de que Arrio seguía siendo un hereje. Esta lucha a punto estuvo de costarle la vida en varias ocasiones, ya que los enemigos de la Iglesia le tendieron en los años siguientes toda clase de trampas teológicas y emboscadas, esta vez no doctrinales sino reales, para acabar con su vida. Se refugió varias veces en el desierto y regresó en otras tantas ocasiones a su sede episcopal hasta que, vencida la batalla a los herejes, dedicó los últimos años de su vida a profundizar en su fe y a escribir numerosas obras que han iluminado a millones de almas a lo largo de la historia de la Iglesia. No por casualidad, san Atanasio hoy es conocido como el Padre de la Ortodoxia.
¿Qué destaca la Iglesia?
Lo que la Iglesia destaca en los santos, sobre todo, es su vida, su testimonio de fe, su entrega a Dios sin condiciones, llegando a veces al martirio. Lo que la Iglesia destaca de los doctores de la Iglesia, en cambio -o quizá mejor dicho: además-, es su obra, su testimonio, su pensamiento. Su biografía, obviamente, despierta el interés del testimonio de un santo, pero su obra y su legado teológico es lo que ha sido reconocido como luz doctrinal y asidero dogmático para los católicos de todas las generaciones posteriores. Por eso la Iglesia recomienda acudir a su intercesión, por supuesto, pero insiste también particularmente en la invitación a acercarse a su obra.
Puede parecer que la densidad de los escritos de algunos de estos grandes pensadores católicos vuelve su legado un objeto de interés exclusivo para teólogos, clérigos y especialistas. En realidad, un repaso a lo esencial de su literatura, enmarcada correctamente en su tiempo y en su biografía, supone una apasionante aventura para cualquier cristiano, además de un sólido sostén para sus creencias. No fueron pensadores aislados, sino teólogos firmes en la fe en tiempos agitados, en los que la fidelidad al credo se pagaba con sangre, y en los que la influencia y la elocuencia de un discurso eran el mejor aliciente para ser señalado como objetivo a abatir por herejes, autoridades civiles y diversos enemigos, en no pocas ocasiones camuflados dentro de la propia Iglesia.
Calumnias. Acabamos de verlo en san Atanasio, a quien se le atribuye parcialmente el credo atanasiano -en realidad, parece que fue escrito por san Ambrosio, otro de los grandes doctores de la Iglesia, que también luchó contra el arrianismo, y que fue mentor de san Agustín-, pero podemos palparlo también en otros doctores, como santa Teresa de Jesús.
A la santa le tocó enfrentarse a la relajación de las normas que regían la orden carmelita. Bajo inspiración divina, con enorme fuerza de voluntad, emprendió la fundación del convento de San José y la reforma de la orden para que las religiosas volvieran a la austeridad, a la pobreza y a respetar la clausura que caracterizaba en sus inicios el espíritu carmelitano. San Francisco de Borja, san Pedro de Alcántara y san Juan de la Cruz -tras la reforma teresiana, cofundador de la Orden de Carmelitas Descalzos- fueron sus apoyos, respaldando desde el comienzo su iniciativa y su doctrina, a pesar de la fuerte oposición a la que tuvo que hacer frente dentro de la propia orden, desde donde se vertieron innumerables calumnias sobre su vida, sus experiencias místicas y su reforma.
La reforma de santa Teresa de Jesús
Al fin, tras dos años de intensa batalla, Pío IV envió a la santa la bula para la erección del convento de San José, en Ávila, que marcaría el comienzo de la nueva Orden de las Carmelitas Descalzas. La reforma de santa Teresa de Jesús invitaba a las religiosas, entre otras cosas, a volver al espíritu de continua oración y contemplación, a inspirarse en el modo de vida de los ermitaños, a imitar a la Virgen María, a respetar la soledad y el silencio mediante la clausura total, a trabajar en presencia de Dios, y a llevar una vida austera y penitente en absoluta pobreza.
Su obra, luz para la Iglesia de todos los tiempos, la ha llevado también a ser patrona de los escritores. El 27 de septiembre de 1970 santa Teresa de Jesús se convirtió en la primera mujer en ser proclamada doctora de la Iglesia por Pablo VI. Tan solo una semana después, Pablo XI proclamaría a la segunda doctora de la Iglesia, santa Catalina de Siena.
Muchos doctores de la Iglesia llegaron a esta distinción después de haber dedicado su vida a la profundización en una aspecto concreto de la doctrina cristiana. Es el caso, por ejemplo, de san Gregorio Nacianceno, que acercó a los fieles la comprensión del dogma de la Santísima Trinidad. En palabras del predicador de la Casa Pontificia Raniero Cantalamessa, en presencia de Benedicto XVI, “su mérito es haber dado a la ortodoxia trinitaria una formulación perfecta, con frases destinadas a convertirse en patrimonio común de la teología. El símbolo pseudo-atanasio Quicumque, compuesto casi un siglo después, le debe no poco a Gregorio Nacianceno”.
Así, la suma de las aportaciones de todos los doctores de la Iglesia constituye una suerte de malla sobre la que se sostienen la fe y el Magisterio católico, aun en tiempos donde el relativismo trata de minar cualquier clase de dogma que no sea el propio dogma relativista.
Visiones místicas. Prueba de que los doctores no son algo del pasado y de que su testimonio sigue vive es el hecho de que su obra se reedita constantemente, y se amplía con nuevos volúmenes que la analizan, actualizan al lenguaje del momento o resumen para acercarla al gran público. Y prueba de la vigencia de esta colección de santos y sabios es que siguen incrementándose la lista. Si el papa Juan Pablo II añadió a 1997 a santa Teresa de Lisieux, Benedicto XVI ya ha anunciado la próxima proclamación de dos nuevos doctores de la Iglesia: san Juan de Ávila -cuya elevación a este título se hizo pública en Madrid- y santa Hildegarda de Bingen.
“Su profundo conocimiento de la Sagrada Escritura”, dijo recientemente sobre san Juan de Ávila el papa Benedicto XVI, “de los santos padres, de los concilios, de las fuentes litúrgicas y de la sana teología, junto con su amor fiel y filial a la Iglesia, hizo de él un auténtico renovador, en una época difícil de la historia de la Iglesia. En los últimos días el papa ha confirmado su propósito de proclamar muy pronto a san Juan de Ávila nuevo doctor de la Iglesia universal.
Santa Hildegarda de Bingen, por su parte, será elevada al título de doctora de la Iglesia a lo largo de 2012, tal y como confirmó el papa hace algunos meses. “Las visiones místicas de Hildegarda se parecen a las de los profetas del Antiguo Testamento”, afirmó Benedicto XVI en 2010, “al expresarse con las categorías culturales y religiosas de su tiempo, interpretaba a la luz de Dios las Sagradas Escrituras, aplicándolas a las circunstancias de la vida”. “Las visiones de Hildegarda”, añadía el papa, “están llenas de contenido teológico. Hacen referencia a los principales acontecimientos de la historia de la salvación, y usan un lenguaje principalmente poético y simbólico”.
El Papa firmó la pasada semana la “canonización oficial universal” de santa Hildegarda de Bingen, “inscribiéndola en el catálogo de los santos”; declaración formal que equivale a su próxima canonización, y que acerca su proclamación como doctora de la Iglesia, sumándose a Teresa de Jesús, Catalina de Siena y Teresa de Lisieux.