Me gustaría decir algo sobre los templos y su estética a lo largo de la Historia. No va a ser una explicación de los estilos. Doy por supuesto que ya todo eso se conoce. Se trata de una serie de consideraciones personalísimas, para que el que ya sabe.
Las catedrales son magníficas, ¿pero quién no hubiera deseado estar en una domus ecclesiae con alguno de los Apóstoles? O incluso con alguno de los presbíteros de las primeras generaciones de cristianos. Los templos que vendrían después serían impresionantes, pero nada es comparable a aquel momento en que se podía escuchar la Buena Nueva directamente de los labios de los primeros. Todo era familiar.
Por eso el templo era una casa. ¿Cómo serían las eucaristías del siglo II? Sólo nos queda tener envidia de aquellos privilegiados.
Después vendría el templo como basílica romana, majestuosa en su luminosidad. Sencilla pero llena de nobleza y equilibrio. Un espacio perfecto, sencillamente perfecto, para llevar a cabo los ritos sagrados del cristianismo.En oriente, le sucedería el estilo bizantino con sus reflejos de oro y sus mosaicos, creando un pedazo de Cielo sobre la tierra. El templo bizantino crea un microcosmos de una atmósfera densa.
En Occidente amanecería (¿o es un ocaso?) el grandioso prerománico y el románico. El templo se volvió un lugar mucho más misterioso, un lugar oscuro. Un espacio donde encontrarse con el Misterio. Me resulta difícil desligar esos espacios sacros de los pueblos celtas con sus tradiciones y su mentalidad. Me resulta difícil no imaginar esos lugares de culto, sin rodearlos de verdes prados, bosques y pueblos germánicos con su propia historia de sagas y vida en la naturaleza.
P. Fortea