«La madre Saint-Louis de Lamoignon fue elegida por Dios para restablecer lo que la revolución francesa había destruido con la supresión de las órdenes religiosas». Es el perfil de la nueva beata trazado por el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las causas de los santos, en la ceremonia presidida, en representación del Papa, en Vannes, Francia, el domingo 27 de mayo, solemnidad de Pentecostés. El testimonio de esta mujer capaz de poner sus riquezas y su nobleza al servicio de los pobres en el corazón mismo de la Iglesia —destacó el purpurado— es de gran actualidad para los cristianos de nuestro tiempo. «Hoy —dijo— la Iglesia y la sociedad necesitan santos. Los santos desintoxican a la humanidad, oprimida por el mal de la idolatría, la enemistad, la discordia y los celos. Los santos contrastan estas obras de la carne con las obras del Espíritu, cuyos frutos benéficos son amor, alegría, paz, magnanimidad, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí. Viviendo según el Espíritu, los consagrados se convierten en oasis de cielo sobre esta tierra, centinelas de la presencia providente de Dios en la historia».
Realmente, prosiguió, «la madre Saint-Louis de Lamoignon es una figura de mujer que da gloria a la Iglesia francesa y a toda la Iglesia católica, por la fortaleza y el valor mostrados en la defensa heroica de la propia identidad cristiana durante el período oscuro de la turbulencia revolucionaria de fines del siglo XVIII». Recorriendo su vida, el cardenal recordó su nacimiento «en París el 3 de octubre de 1763 en una familia católica noble, rica y ferviente. Su instrucción corrió a cargo de maestros célebres de esa época, en una escuela para las jóvenes nobles, gestionada por las hermanas bernardinas ». Jovencísima, según la costumbre de la época, sus padres la dieron como esposa al «primo de diecinueve años Edouard - François Molé, conde de Champlâtreux. Madre de cinco hijos, tres de los cuales murieron prematuramente, fue dirigida espiritualmente por el párroco François-Xavier de Pancemont, que recurría a menudo a la generosidad de la joven esposa para la asistencia de los veinticinco mil pobres de la parroquia de Saint-Sulpice». «En 1792 —prosiguió el cardenal Amato— hizo un pacto con la cruz de Cristo para permanecer vinculada a ella el resto de su vida y para morir consumida por los ardores de la caridad. El vía crucis no se hizo esperar. De hecho, durante la revolución francesa sufrió el exilio, tres detenciones de su esposo —ella misma compartió la segunda—, una parálisis y la Pascua de sangre del 20 de abril de 1794, cuando su marido fue injustamente guillotinado. Nuestra beata reaccionó con espíritu de fe, prometiendo que, una vez resuelta la situación de sus hijos, se consagraría para siempre a Dios en la vida contemplativa ».
De este modo «aceptó la invitación de su director espiritual, que mientras tanto se había convertido en obispo de Vannes, en Bretaña, a fundar una obra de caridad y de educación para las muchachas abandonadas de la diócesis. Preparó para esto un documento en que destacó la virtud básica de la vida religiosa, es decir, la caridad, acompañada por la humildad y la mortificación. La obra fue inaugurada el 25 de mayo de 1803, miércoles antes de Pentecostés, día en que la beata emitió los votos religiosos tomando el nombre de sor Saint-Louis. Monseñor de Pancemont nombró a la beata superiora general de la comunidad de por vida».
El cardenal Amato recordó cómo «la obra tuvo enseguida un gran desarrollo, acogiendo ya en 1804 a setenta niñas. Simultáneamente se abrió una escuela de caridad para noventa externos. Las consagradas se llamaron Hermanas de la Caridad, Hijas de San Luis. Se abrieron otros centros de caridad en varias partes de Francia. Debilitada por los achaques y las fatigas, murió serenamente en Vannes el 4 de marzo de 1825, a la edad de 62 años».
A pesar de haber sido llamada a la vida contemplativa, la nueva beata «supo responder a las necesidades de la Iglesia y de la sociedad fundando una congregación docente para la educación gratuita de las niñas pobres y abandonadas de Bretaña ». Y así «también la madre Saint- Louis vivió su personal Pentecostés. Llena de los dones del Espíritu Santo, hizo fructificar sus dotes de naturaleza y de gracia, hablando la lengua de la caridad evangélica, que invita a dar de comer a los hambrientos, de beber a los sedientos, a servir y ayudar a los pobres, a instruir a los ignorantes, a educar a los pequeños en el camino de la virtud».
«Su santidad personal —concluyó— tuvo de esta manera un reflejo social concreto, en la protección de los niños abandonados, en su educación, en su formación para el trabajo y para la convivencia social buena y honesta. Su caridad hacia Dios se volvió caridad heroica hacia el prójimo, sembrando en el alma de los jóvenes aquellas semillas de vida evangélica buena, que humaniza a la persona y a la sociedad».