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El Testigo Fiel
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Actualidad: Noticias:
Buscador simple (o avanzado)
El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
La búsqueda admite el uso de comillas normales para buscar palabras y expresiones literales.
La búsqueda no distingue mayúsculas y minúsculas, y no es sensible a los acentos (en el ejemplo: católica y Catolica dará los mismos resultados).

¿Qué es la oración?

1 de julio de 2012
Cuando dijiste: Buscad mi rostro, mi corazón te dijo: Yo busco, Señor, tu rostro. Sal 27, 8.

La oración, si es espiritual y sincera, es al mismo tiempo llamado y respuesta, llamado divino y respuesta humana.


Este aspecto de la oración se funda sobre una importante verdad: la oración no alcanza la propia fuerza en cuanto relación efectiva con Dios sino cuando el hombre llega a la más alta conciencia de sí. Él está entonces persuadido que su alma ha sido creada a imagen de Dios, que de Él le viene su existencia y que lo que más vale de su ser es precisamente esta conciencia que tiene de su propia realidad. Llega así a captar, percibir y sentir el ser mismo de Dios.


No es posible que el hombre se conozca a sí mismo de modo verdadero, auténtico y real sin terminar en el conocimiento de Dios. Porque Dios es el creador del alma y el alma es creada a su imagen. El hombre cuando llega a tomar conciencia de su propia alma es cuando se coloca, por este mismo hecho, en presencia de la imagen divina. Además, la conciencia de sí, que es una facultad concedida al alma, es a imagen de la conciencia que Dios tiene de sí mismo. Así el camino hacia una verdadera toma de conciencia de sí es lo único que sin esfuerzo conduce a la percepción de Dios. Esta realidad es posteriormente reavivada por el re-nacimiento del hombre en el bautismo por obra del Espíritu Santo, que restituye a la conciencia, desfigurada por el pecado, la propia imagen divina original.


Gracias a la oración, el alma, de pie ante su Creador, consciente de su propia renovación por medio del Espíritu Santo, recibe de Cristo la imagen de su primera filiación, que había perdido a causa del pecado. Se presenta a Dios Padre con confianza como estaba invitada desde siempre, siempre atraída hacia su Creador, a semejanza del Hijo que no encuentra paz sino en el seno del Padre que lo llama y al cual responde.


La oración es un misterio radicado en la profundidad de nuestra conciencia espiritual. Por cuanto concierne a su naturaleza profunda, esta es un llamado divino interior constantemente dirigido a los hombres para que estos puedan unirse a Dios, fin del proyecto divino para el cual habían sido creados. Pero, en cuanto concierne a su realización manifiesta, implica la respuesta libre de una voluntad recta que, de tanto en tanto, se despierta y responde a este llamado: ponerse en la presencia de Dios para entretenerse con Él. Bajo estos dos aspectos, el misterioso llamado constante y el de la respuesta discontinua, la oración se realiza como un acto divino-humano, un intercambio llamado-respuesta, un diálogo de amor, como la define Gregorio de Nisa, diálogo ardiente por parte de Dios, lento y vacilante  por parte nuestra. En realidad, el uno y el otro llaman, el uno y el otro responden, pero es siempre Dios quien llama primero: “Le tiendo la mano cada día” (Is 65,2).


El fin temporal de este diálogo es que el hombre pueda permanecer bajo la protección de la providencia divina para salvaguardar la propia vida sobre la tierra y asegurarse el crecimiento. El objetivo último es que el hombre recobre para siempre la unión de amor con Dios.


Esta gracia es la que se realiza por la intervención de Dios en cada oración. Es Él, Creador y Padre, quien nos llama. Por esto es oportuno comenzar la oración con una ardiente acción de gracias. ¡Cómo se muestra humilde Dios cuando, no obstante nuestros pecados, se digna pedirnos que nos entretengamos con Él!


Por esto, para darle a Dios el honor que Él espera, debemos absolutamente glorificarlo, reconocernos pecadores y volver a Él, porque es según la pureza de nuestros corazones que Dios encuentra en nosotros su reposo.


Dios acepta tomar parte por la condición temporal del hombre con todo lo que ésta comporta en términos de debilidad, asumiendo con esta el deficiente orden temporal y la esclavitud de la naturaleza: “que ha sido sometida a la caducidad” (Rm 8, 20).


La condescendencia de Dios es inaudita: nos invita a presentarnos a él, acepta dialogar con nosotros y compartir todas nuestras penas: “… en todas sus angustias… Él ha sido angustiado” (Is 63, 9). Cuando lo encontramos en la oración, cuando hacemos la experiencia en la vida de todos los días, se revela para nosotros el secreto de su grandeza y de su humildad. La percepción de su grandeza nos abre a la realidad de nuestras almas pecadoras hasta conducirnos al arrepentimiento. La percepción de su humildad consume en nosotros todos los pensamientos orgullosos. Probamos entonces la viva y urgente necesidad de estar en su presencia en humildad y de ofrecerle el humilde sacrificio de nuestro amor. Así se revela la naturaleza de la oración, comunicación eficaz con Dios de resultados indefectibles.


La oración  comienza como una invitación secreta de Dios a estar en su presencia, invitación a recibir de nuestra parte una respuesta libre, acompañada por un ardiente deseo de diálogo. Prosigue, según el proyecto de Dios, como una obra de conversión y de purificación. Hasta llegar a su desarrollo último: ofrecerse humildemente en sacrificio de amor en vista a la comunión con Dios.


Si bien la oración es una facultad espiritual radicada en el fondo de la conciencia que el alma tiene de sí misma, son muchos los que no hacen uso y la dejan en un estado latente por toda su vida. Mueren sin haber podido tomar conciencia de la verdadera naturaleza de su alma y de su realización con Dios. El apóstol Judas compara a estas almas a “estrellas errantes a las que está reservada para siempre la densidad de las tinieblas” (Judas 13).


Esto es grave porque la oración no es una facultad que se refiere únicamente a la vida en este mundo. Está radicada a nuestra naturaleza, a fin de que por su medio nos elevemos hacia Dios para unirnos a Él y pasar de esta vida temporal y efímera a la vida eterna.


Fuimos, por así decirlo, creados para la oración…


La oración es el único vínculo que nos une a Dios. Representa en nuestros corazones la vida eterna que esperamos.


La oración nos permite descubrir nuestra imagen divina en la cual está impresa la santa Trinidad.


Cuando la oración decae, decae también la dignidad de esta imagen y su semejanza con Dios.


Dios nos atrae a sí por medio de la oración, caminamos hacia Él en un profundo e inexpresable misterio.


O mejor, en realidad somos nosotros los que, por medio de la oración atraemos a Dios: Él viene a nosotros y hace de nosotros su morada (Cf. Juan 14, 23).


En Dios el amor no es un sentimiento, sino don de sí. En la oración Dios se da a nosotros.


Dios se ha ofrecido a nosotros al habernos creado a su imagen. Por medio de la oración nos ha posibilitado unirnos a Él, haciéndose enteramente para nosotros y haciéndonos enteramente para sí (cf. Ct 6,3).


A través de la oración nuestra vida se abre a Dios: “… en todas sus angustias Él ha sido angustiado y el ángel de su rostro les ha salvado” (Is 63, 9).


A través de la oración la vida de Dios se abre a nosotros: “El Espíritu mismo intercede con insistencia por nosotros (en la oración), con gemidos inexpresables” (Rom 8, 26).


 

fuente: Blog Theosis
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