Lo que escribo a continuación quiero que se tome como un punto de partida para una reflexión, no como acusación.
Un joven de 16 años acaba de regresar de su primer viaje a África, ha participado en un programa con el que ha recorrido diversos proyectos de ayuda en varios países (hospitales, escuelas…). Me ha escrito un email en el que, entre otras muchas cosas, me dice que “aún no acabo de asimilarlo. Ha sido realmente intenso, rápido, bonito y bestial. África te atrapa y lo hace con su brazo más fuerte. De todos modos, sé que este viaje aún no ha acabado y que aún queda mucho por reflexionar desde aquí, desde España”.
Me emociona leer las primeras impresiones de este chaval y ver que ya está sufriendo de esa enfermedad que nos afecta a tantos, “el mal de África”, que una vez que la contraes hace que te sea imposible vivir sin la presencia de ese continente en tu vida. Es esa mezcla de aventura, desconcierto, de miseria, de afán de superación, de supervivencia, de la lujuria de sus paisajes… la que de verdad te atrapa en sus redes. Yo no sé muy bien cómo describirlo.
Quien lo hace muy bien es Javier Reverte en su libro El sueño de África: “Notaba mi piel impregnarse de sensaciones táctiles. El aire de África parece tener dedos, te toca, te sensualiza. Tal vez ésa es la primera forma de penetración de “el mal de África”, a través de la piel, como si el aire fuera una mano invisible capaz de acariciarte y apoderarse poco a poco de tu voluntad. A mí me sedujo de golpe, con una sensación parecida, de placer y de rechazo, a la que produce el primer pecado. Hay algo de pecaminoso en el amor a África, quizá porque no es racional al principio, sino tan sólo sensual”.
Muchas veces despojamos a África de todo lo demás y la reducimos a aventura y exotismo, a esa primera sensación tan sensual de que habla el escritor de viajes. Llegamos al continente en busca del África auténtica y nos podemos sentir traicionados o desilusionamos cuando nos chocamos con la realidad de que en las ciudades del continente la gente usa móviles y ordenadores, que se conectan a internet, que escuchan la misma música que nosotros o sigue las mismas modas que en Europa o Norteamérica. Por eso, aferrándonos a los tópicos de nuestro imaginario, insistimos en conocer “el África verdadera”, entendiendo por eso la de los nativos medio desnudos que bailan las noches de luna al son del tam-tam.
Las experiencias de cooperación (o vacaciones solidarias) que se organizan durante el verano contribuyen mucho a esta perspectiva. Están basadas en la idea de dar a conocer proyectos con los que se ayuda a la población local ofreciendo, a los voluntarios y veraneantes, la oportunidad de “ayudar” durante un par de semanas. Por tanto, se refuerza la mentalidad, tan vigente en Occidente, de que a África se va a “ayudar” (o a cazar elefantes), de que los africanos necesitan de nuestra asistencia para salir adelante y que sin nosotros estarían mucho peor de lo que están (aunque no sepamos muy bien en qué situación se encuentran y nos cueste comprender que las hambrunas no se extienden por todo el continente o que hay muchos países con un crecimiento económico muy superior al nuestro…). Así se vende la idea de que aunque parezca insignificante lo que podamos hacer en unas cuantas semanas, ese poco es mejor que nada y es, además, mucho para los africanos.
Nadie se plantea que el dinero invertido en los billetes y la estancia podrían pagar algunos salarios locales de personas capacitadas para hacer, a largo plazo, el trabajo que nosotros desarrollaremos solo durante un par de semanas. Sobre todo, porque las vacaciones solidarias, en bastantes ocasiones, son utilizadas por grupos y ONG para asegurarse donantes que sigan manteniendo un determinado proyecto. Los voluntarios, una vez sensibilizados con las necesidades de una determinada zona, se harán militantes y no escatimarán medios ni fuerzas para que el programa en el que han colaborado siga adelante.
Por otra parte, este tipo de experiencias tiene como fondo el ser eficientes: lo importante es hacer cosas. Además, tratándose de África cualquiera sirve y todo vale. Aquí enlazo con la entrada anterior en la que criticaba la falta de preparación de muchos voluntarios.
Personas que en su propio país no podrían ejercer o realizar ciertas actividades o servicios, al llegar a África las acometen sin ningún escrúpulo y sin una preparación específica.
Evidentemente, todo esto es una generalización y no cabe duda de que existen instituciones que prepararan y forman adecuadamente a sus voluntarios.
Este tipo de experiencias se podrían salvar si se abandonase la imperiosa necesidad de ayudar a los africanos y se partiera del compartir lo que cada uno es. Se podría presentar estas vacaciones como una oportunidad de encuentro con personas y realidades diferentes que nos ayudan a comprender otras culturas y formas de ver la vida.
Es en ese encuentro mutuo y de igual a igual, entre el turista o voluntario y el local, donde puede surgir la experiencia que realmente enriquezca a las dos partes. El hablar, el discutir, el comparar, el dejarse sorprender, el permitir que el lugareño sea el que nos ayude y no al revés…, puede traducirse en unas cuantas fotos de curiosidades exóticas menos y en un verdadero enriquecimiento personal.
Es así como se puede vislumbrar el África auténtica, que sí es verdad que de vez en cuando baila al son del tam-tam las noches de luna llena, pero que en su día a día muestra otras preocupaciones y aspiraciones. Un continente que está formado por personas y realidades muy diversas que tienen los mismos deseos y ambiciones que el resto de nosotros.
De esta forma, experiencias como la del chico de 16 años que ha caído rendido ante los encantos de África, pueden transformarse en verdadera pasión por el continente, que invite a dedicar tiempo y energías a conocerlo mejor y a trabajar por unas relaciones más justas, de igualdad, entre Norte y Sur que hagan posible que un día las experiencias de voluntariado “para ayudar” o las vacaciones solidarias no sean necesarias.