Dice JMVidal que los curas están quemados o estresados por tres motivos: el exceso de trabajo, la pérdida de relevancia social y la mala imagen provocada por la crisis de la pederastia.
Creo que habría que precisar más.
No es el exceso de trabajo lo que quema, sino el exceso de trabajo inútil y la montaña de chorradas con que la gente puede llegar a martirizarte. Una vez me llamaron a las tres de la noche para ir a solucionar una emergencia en una casa en que el padre, alcohólico, estaba dando problemas. Me costó mucho menos saltar de la cama y hacerme una carrera con el coche hasta el otro lado de la ciudad que aquella vez que una señora me llamó a las siete de la mañana para preguntarme si la niña podía llevar puesta una medallita el día de la primera Comunión.
No se quema uno de estar tres horas en un confesionario y asomar la vista afuera y seguir viendo una fila de penitentes que parece que no se acaba nunca. Se quema uno de estar media hora en el confesionario antes de las misas y que no acuda nadie a confesarse, y que sea así mes tras mes, a pesar de que se recuerda continuamente la necesidad de confesarse habitualmente mientras se constata que la gente acude a comulgar como si nada.
No se quema uno de celebrar varias misas consecutivamente, bodas y entierros aparte, sino de preparar con todo el cariño una celebración, homilía incluida, y que, al salir, se acerque el beato de toda la vida y te reprenda porque la misa en lugar de durar cuarenta minutos ha durado cuarenta y cinco.
No se quema uno de hacer setenta kilómetros para atender tres templos, sino de que, cuando llegas al tercero con tres minutos de retraso encuentres que hay gente que se ha marchado enfadada.
No se quema uno de ensayar varios turnos de primera Comunión, sino de que, después de explicarle a la gente lo importante que es acudir a la catequesis de padres, una señora te pregunte si ya se saben las fechas de la comunión para poder pedir la sala del banquete.
No se quema uno de pasar a veces las tardes del domingo solo en casa sin que a nadie le preocupe, sino de que, después de estar currando diez horas en los locales parroquiales uno se siente a tomar con normalidad una cerveza con los amigos y un cualquiera te diga: "no sabía que los curas podían entrar en los bares, y qué bien viven algunos, sin hacer nada en todo el día".
No se quema uno de exponerse a la tensión de pedirle a una persona que deje un sacramento para más adelante porque no esta preparada, sino de saber que ha ido a la parroquia de al lado y le han dado ese sacramento sin hacer preguntas.
No se quema uno de que una familia pobre le dé cuatro euros como ofrenda por la celebración de un bautismo, sino de que te diga que "sesenta euros por una boda es demasiado" una familia que se gasta ciento cincuenta euros por cubierto y dos mil euros en el reportaje.
No se quema uno de que le llame pederasta el primer desconocido que pasa, sino de que el catequista de toda le vida le llame "integrista" cuando se avisa de que las relaciones prematrimoniales son pecado.
No se quema uno de convivir con sacerdotes mayores que están medio sordos, sino de que un sesentayochista que lleva cuarenta años sin evolucionar te llame "carca" porque llevas clergyman o porque usas incienso el día de navidad.
Podría poner más ejemplos, pero ahí dejo la cosa.
Se me podrá decir que un cura que se agarra a Cristo no se quema nunca. Es verdad. Pero la existencia de la Resurrección no suaviza el dolor de la Flagelación.
Que los motivos arriba expuestos contribuyen a quemar a los curas es algo de lo que estoy casi seguro, al menos en los entornos en que me muevo.
De lo que estoy seguro es de que el antídoto es, ciertamente, la unión con Cristo y la experiencia cercana de una comunidad REAL de fe, misionera, donde la pertenencia a la Iglesia se tome en serio y donde se comprenda la realidad del sacerdocio