
“Vale mucho la oración del justo hecha con insistencia.” Sant 5, 16
“Mi oración llega hasta tu rostro.” Sal 88, 3
“Que mi oración suba como el incienso hasta tu rostro”. Sal 141, 2
“Santo, Santo, Santo, Dios del universo,
el cielo y la tierra están llenos de tu gloria.” (Is 6, 3)
Estas palabras que los serafines proclaman en la visión de Isaías son la quintaesencia de la oración.
En su esencia la oración es comunión con los poderes celestiales en la glorificación del Creador. En esto se resumirá y desembocará necesariamente cada oración, cuando todo sea sometido a Dios Padre.
La oración no es únicamente algo proprium del hombre, no existe solamente para consolar o satisfacer sus necesidades. La oración es grande porque es algo proprium de los seres espirituales. No es de este mundo, ni por este mundo. Si nosotros, por lo tanto, la relegamos al ámbito restringido de nuestras peticiones o de las satisfacciones de las necesidades del hombre en este mundo, pierde su propia grandeza, lo que tiene de esencial.
Santificar el nombre de Dios estando a Él sometidos y darle gracias con una alabanza pura, lleva al hombre a volverse espiritual y a asociarse a las potencias celestiales en este culto inefable.
Sin embargo, si pedimos a Dios también las cosas de este mundo (si bien esto no forma parte de la naturaleza primaria de la oración), es por la caída del hombre, por la cual ha perdido su propia condición espiritual primaria, con la cual no existía la necesidad. Pero Dios, en su bondad, escucha también nuestros pedidos y nuestros lamentos que por cierto, conoce ya anticipadamente. Y esto con el fin de poner en nuestro corazón la paz, la certeza que Él no nos abandona por motivo de nuestros pecados y se interesa por nuestras necesidades.
El texto completo del P. Matta en el blog Theosis