Nati, una lectora de este blog, me pedía que dijera alguna cosa sobre la inauguración de los Juegos Olímpicos. Querida Nati, a menuda fuente te arrimas. Ni siquiera he visto la inauguración. Sólo vi a la Defensora de la Fe saltando del helicóptero.
No tengo ningún interés por ver a mis congéneres corriendo como conejos, nadando como salmones o saltando como canguros. Y menos ahora que Guillermo de Baskerville está tan cerca de encontrar el libro que se le escabulle de las manos. (Segunda lectura de El nombre de la Rosa.)
Me gustan los Juegos, pero falta un Nerón en el palco que llegue entre aclamaciones sujetando a un leopardo con una cadena de oro. Ya llegaremos, estamos en el camino y hemos hecho progresos.
La idea de los Juegos me parece magnífica. Pero la idea de someter a seres humanos a una profesionalización inhumana como la que llevan ahora, resulta antinatural. La idea de los Juegos Olímpicos me parece magnífica. Pero las marcas no merecen la inmolación de media vida de tantos miles de personas.
Al final, me gustaría decirles a todos: escuchad, sólo es un juego.
Es lo mismo con el ajedrez. Me gusta el ajedrez. Pero la idea de que alguien tenga que dedicar todo el tiempo al ajedrez, resulta antinatural.
Los Juegos Olímpicos merecerían una reforma. Algo que les devolviera su carácter humano. Algo que recordara que lo importante es el ser humano, no la marca.
¿Os parece que estoy exagerando? Informaos de cómo China consigue forjar sus atletas. Al final uno se pregunta, ¿vale la pena una vida entera, tantas vidas, sólo para una medalla?
Todo esto me llevó a que cuando me pidieron que este año fuera yo el abanderado de España (el que lleva la bandera delante de los participantes de un país), les contesté: no sin mi sotana