La fiesta de la Transfiguración es una de las doce grandes fiestas del calendario bizantino, con una pre-fiesta el 5 de agosto y una octava que se concluye el día 13. Ya a partir del bellísimo mosaico del siglo vi en el monasterio de Santa Catalina del Sinaí, la iconografía retoma la narración evangélica con el Señor en el centro, envuelto en luz, Moisés y Elías a los lados, y debajo los tres discípulos Pedro, Santiago y Juan, que casi no se atreven a mirar la luz deslumbrante.
En un tropario el oficio hace casi una paráfrasis del icono, como si el himnógrafo la leyera: «El misterio oculto desde la eternidad, en los últimos tiempos ha sido manifestado a Pedro, Juan y Santiado por tu admirable transfiguración. Ellos, no soportando el fulgor de tu rostro y el esplendor de tus vestiduras, oprimidos estaban inclinados con el rostro en tierra; en su éxtasis se asombraban viendo a Moisés y Elías que hablaban contigo de lo que debía suceder. Una voz del Padre daba testimonio, diciendo: Este es mi Hijo amado, en el que tengo mi complacencia: escuchadlo, él dará al mundo la gran misericordia».
La liturgia vincula estrechamente el misterio de la transfiguración de Cristo con su pasión: la subida al Tabor y la subida al Calvario, donde los discípulos, maravillados en el momento de la transfiguración, se extravían en el momento de la pasión: «Antes de que tú, Señor, subieras a la cruz, un monte representó al cielo, y una nube lo cubría como una tienda. Mientras tú te transfigurabas y recibías el testimonio del Padre, estaban contigo Pedro, Santiago y Juan, para que, debiendo estar contigo también en la hora de la traición, gracias a la contemplación de tus maravillas no tuvieran miedo ante tus sufrimientos. Antes de tu cruz, oh Señor, llevando contigo a los discípulos a un alto monte, te transfiguraste ante ellos, iluminándolos con resplandores de poder, pues querías mostrarles el esplendor de la resurrección».
Uno de los troparios de las vísperas junta la pasión y la resurrección, poniendo en paralelo la presencia de la luz deslumbrante, los ángeles, el temblor de la tierra ante el Señor transfigurado y resucitado: «Prefigurando tu resurrección, oh Cristo Dios, tomaste contigo a tus tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, para subir al Tabor. Y mientras tú te transfigurabas, oh Salvador, el monte Tabor se llenaba de luz. Tus discípulos, oh Verbo, se echaron a tierra, no soportando la vista de la forma que no es dado contemplar. Los ángeles prestaban su servicio con temor y temblor; se estremecieron los cielos y tembló la tierra, porque en la tierra veían al Señor de la gloria».
La presencia de Moisés y Elías expresa la relación con la teofanía del Sinaí: «Aquel que un tiempo, mediante símbolos, había hablado con Moisés en el monte Sinaí, diciendo: Yo soy el que es, transfigurándose hoy en el monte Tabor en presencia de los discípulos, ha mostrado cómo en él la naturaleza humana ha recobrado la belleza arquetípica de la imagen. Tomando como testigos de esa gracia a Moisés y Elías, los hacía partícipes de su alegría, mientras que ellos anunciaban su muerte en la cruz y su resurrección salvífica ».
Tres textos del Antiguo Testamento están presentes como hilo conductor. El primero está relacionado con Moisés: «Aquel que un tiempo había hablado con Moisés en el monte Sinaí, hoy se ha transfigurado en el monte Tabor». El segundo (2 R, 2) con Elías: «Moisés es el vidente y Elías el auriga de fuego, que sin quemar ha recorrido los cielos, viéndote en la nube en el momento de tu transfiguración, han atestiguado que tú, oh Cristo, eres el autor de la Ley y de los Profetas, y aquel que los lleva a cumplimiento». El tercero (Sal 88, 12-13) con David: «Previendo en Espíritu tu venida entre los hombres, en la carne, oh Hijo Unigénito, ya desde antiguo David convocaba a la creación a la fiesta, exclamando proféticamente: El Tabor y el Hermón aclaman tu nombre».
La belleza y la gloria de Cristo transfigurado manifiestan también la belleza y la gloria de la naturaleza humana renovada: «Hoy el Señor en el monte Tabor, en presencia de los discípulos, ha mostrado cómo en él la naturaleza humana ha recuperado la belleza arquetípica de la imagen. En efecto, al subir a este monte, oh Salvador, junto con tus discípulos, transfigurándote hiciste de nuevo radiante la naturaleza que antiguamente se oscureció en Adán, haciéndola pasar a la gloria y al esplendor de tu divinidad». Por último, el canon de la oración de la mañana, obra de san Juan Damasceno, relaciona la teofanía del Sinaí con la del Tabor: «La gloria que un tiempo cubría la tienda y hablaba con Moisés, tu siervo, era figura de tu transfiguración. Tú que eres el Dios Verbo, te hiciste plenamente hombre, uniendo en tu persona la humanidad con la plenitud de la divinidad».
5 de agosto de 2012