De Margarita, apodada Porete, ignoramos cuándo nació y dónde; sabemos solamente que era del norte de Francia, tal vez de Valenciennes; ignoramos todo de su familia y de su formación; algunos suponen que quizá se formó en un beguinage de esa región. Las crónicas hablan de ella como de una beguina, una de las innumerables beguinas de aquellos tiempos, mujeres ni religiosas ni casadas que, a menudo en comunidad, llevaban una vida que algunos juzgaban santa, pero que otros demasiado autónoma, dedicadas a la oración, al trabajo y al cuidado de los enfermos. Sin embargo, hay motivos para pensar que Margarita no era una beguina típica.
En suma, de ella conocemos poco. Pero este poco es mucho: son las circunstancias de su trágica muerte, más el libro que escribió, una obra maestra de la literatura mística en lengua vulgar y uno de los primeros grandes textos en prosa de la lengua francesa (extrañamente poco considerado en la cultura francesa).
La figura de Margarita sale a la luz de la historia documentada con ocasión de su proceso llevado a cabo por el inquisidor de París y terminado con su muerte en la hoguera, el 1 de junio de 1310. Fue un hecho clamoroso, superado solamente en la emoción pública por el proceso contemporáneo de los templarios. En Francia reinaba entonces Felipe el Hermoso y el inquisidor, fray Guillermo de París, era su confesor.
Margarita fue condenada por haber seguido difundiendo su libro, ya juzgado herético años antes; lo juzgaron como tal en 1310 también veintiún teólogos convocados por el inquisidor parisiense. A esto es necesario añadir el agravante de que ella no prestó el juramento debido y, por tanto, no pudo ser interrogada. Por eso se produjo un silencio que es difícil de interpretar; algunos lo han motivado con la indignidad de fray Guillermo, hombre corrupto por el poder.
Ni en las actas del proceso ni en las crónicas que hablan de su muerte se menciona el título del libro. Esta circunstancia favoreció, de hecho, su difusión, porque el libro no fue asociado a una condena por herejía. Sólo en tiempos recientes, gracias a una estudiosa no académica, Romana Guarnieri, hemos reconocido en la beguina quemada en París en 1310 a la autora de ese libro que, jamás impreso, pero copiado y traducido, siguió circulando por Europa, fascinando almas en busca de Dios.
Se titula El espejo de las almas sencillas y es, al mismo tiempo, guía y relato de una búsqueda mística personal, pero compartida y orientada por una misteriosa sociedad espiritual, la de las Dames nient connues: las señoras que nadie conoce. Se piensa, con buenos argumentos, que lo haya leído el Maestro Eckhart, dejando un signo en sus célebres Sermones en lengua alemana. En efecto, las correspondencias son muchas e impresionantes.
Hoy la obra maestra de Margarita conoce un verdadero éxito editorial en Europa y en Estados Unidos, con un vasto contorno de traducciones, comentarios y estudios. La primera edición apareció en 1965, cuidada por Romana Guarnieri para las Ediciones de historia y literatura. Lo encontramos también en la «Continuatio medievalis» del Corpus Christianorum, en una edición cuidada por el jesuita Paul Verdeyen.
El espejo sigue siendo aún hoy un texto que puede fascinar, pero difícil de comprender. Así lo juzgaron, desde el primer momento, algunos hombres de Iglesia contemporáneos de Margarita, entre los cuales un magister de la Sorbona (y por eso compañero de Eckhart): está inspirado por Dios –lo reconocieron– y llega a donde nadie había llegado hasta entonces, pero es para pocos, los demás se desviarían. Estos juicios alarmantes pero favorables, ella, o alguien por ella, los recogió en un apéndice del Espejo esperando tal vez que lo defendieran. Es bastante claro, en este punto, que El espejo de las almas sencillas es una obra que procede como el filo de una cuchilla; es un blade runner, dicho en lenguaje de hoy.
Queriendo establecer en qué es afilado o arriesgado, como percibieron sus contemporáneos, es necesario tener presentes algunas indicaciones. En efecto, es necesario saber que el texto original se ha perdido y que leemos El espejo en una copia de hace dos siglos. Hay motivos para considerar esta versión tardía como domesticada. En pocas palabras: el libro no es, como se ha dicho en buena fe, una exaltación del deseo y de la voluntad del amor sino que, al contrario, enseña a superarlos para alcanzar una relación con Dios en la que la práctica de las virtudes, los sacramentos y los preceptos ya no tienen significado. Las «almas sencillas» del título son almas deseosas y por tanto impedidas de entrar en el país de la libertad. En este entran las almas aniquiladas, que nadie conoce, así como nadie puede conocer a Dios. Qué significa esto no se puede resumir y no es fácil de comprender, pero no cabe duda de que tiene que ver, en la intención de la autora, con toda la vida de la Iglesia.
El lenguaje de Margarita no conoce el término «mística» que nosotros aplicamos a su obra, con el riesgo de desconocerla. Nuestra cultura disocia la mística de cualquier prueba de la realidad y de cualquier empeño aquí y ahora. Que en cambio están bien presentes en la obra de los místicos, como sabe quien tiene conocimiento directo de ellas, y están bien presentes también en Margarita. Esto no quiere decir solamente que su enseñanza, formulada además en la lengua común, podía incidir fuertemente en la sociedad de su tiempo. Quiere decir también que la búsqueda espiritual podía hacer descubrimientos que nosotros llamaríamos científicos, es decir, experimentales y verificables, concernientes a la realidad humana (no separable, entonces, de las verdades reveladas). Me acerco así al filo cortante del libro de Margarita. Su itinerario no mira a ser una con Dios, como enseñaban la mística antigua y la cristiana. Ella, o mejor las misteriosas damas que nadie conoce, descubrieron que esta meta está obstruida, pero precisamente en este punto se abrió ante ellas otro camino, cuya figura central es la caída. Para comprender mejor, pensemos en el Paraíso de Dante, que fue contemporáneo de Margarita. El movimiento del alma aniquilada no es un subir sino un precipitar hacia abajo, hacia la nada, y es en este precipicio donde la alcanza la fuerza divina.
Dicho con palabras nuestras, no distantes de las suyas, Margarita descubrió que el ser humano no es precisamente limitado, el ser humano es propia y esencialmente carente. Tal vez hoy nosotros, a pesar de nuestra burda civilización espiritual, estemos en condiciones de comenzar a comprender este punto. Quizá nos pueda ayudar que lo que relata Margarita es una experiencia femenina.
Luisa Muraro
30 de noviembre de 2012