Por Lucetta Scaraffia

Es fea, es vieja y está cubierta de andrajos. Además, vuela en el cielo sobre una escoba, precisamente como las brujas, aunque se ha tratado de salvarla de esta sospecha girando la escoba en la dirección opuesta a la de las brujas. Pero debemos contentarnos: este inquietante personaje es la única presencia femenina en las fiestas invernales, las fiestas ligadas, para los cristianos, con la Navidad y con la distribución de regalos a los niños, que se celebran en el período del solsticio de invierno, es decir, de Todos los Santos, el 6 de enero, cuando las jornadas se hacen cada vez más cortas, la oscuridad parece envolver la vida diaria y llevar consigo las sombras de los muertos.
Befana, en efecto, que hoy se ha convertido en sinónimo de mujer fea y vieja, es una corrupción lexical de epifanía, que significa «aparición» y en sentido traslaticio «aparición sensible de una divinidad», o sea, la presentación de Jesús a los paganos, y por tanto nos remite a la llegada de los Magos de Oriente.
La fiesta de los Reyes Magos con la que inicia enero es una fiesta de la luz, de la estrella, de la «aparición», y está ligada con el tema del don: los tres sabios que llegan de Oriente llevan dones valiosos al Niño santo. Esta fiesta contiene dos elementos –luz y don– que aparecen en todas las fiestas que se celebran en la fase relacionada con el solsticio de invierno, elementos ya presentes en las fiestas paganas por el Sol invictus, vinculadas con el renacimiento de la luz. La Epifanía se festejaba la duodécima noche después del solsticio invernal, en un momento en que se celebraba la muerte y el renacimiento de la naturaleza. El aspecto de vieja, el vestido harapiento, serían por tanto símbolos del año viejo, de la naturaleza muerta que debe renacer. Existe también una leyenda –no tan antigua– que trata de encontrar un lugar en la tradición cristiana a esta figura: los Reyes Magos, yendo a Belén, se habrían dirigido a una vieja para obtener indicaciones sobre el camino, incluso tratando de convencerla a seguirlos para ir a adorar al pequeño rey. Pero la mujer se habría opuesto. Luego, habiéndose arrepentido, se habría puesto en camino con una cesta de dulces, pero no encontrando ni a los Magos ni al Niño, habría dado los dulces a cada niño que encontraba en el camino. Desde entonces, para hacerse perdonar, la vieja sigue haciendo regalos a los niños.
Pero la leyenda no logra convencer: la vieja Befana siempre tiene algo de inquietante, confirmado también por el hecho de que castiga a los niños malos llevándoles carbón, a diferencia del Niño Jesús o Santa Claus/Papá Noel, que son figuras totalmente positivas y no prevén regalos «negativos».
La noche de Epifanía –o sea la «duodécima noche»– era considerada en los campos una noche mágica, durante la cual los animales hablan, en los establos y en los bosques. En muchas fiestas populares, el 6 de enero, en cambio de los Reyes Magos aparece la Befana, representada como un fantoche que a veces también se quema, como sucede con los símbolos del año viejo. En algunos países católicos –como España y algunas regiones de Italia– son los Magos quienes llevan los regalos a los niños, y no la Befana. En otros, es el Niño Jesús quien en Navidad lleva los regalos más importantes, y la Befana pequeñas cosas el 6 de enero, o incluso el carbón.
Papá Noel, en efecto, en su forma actual es una creación moderna, así como la creencia de que vive en Groenlandia y viaje en un trineo arrastrado por renos. Está vestido de escarlata, como los reyes, sus botas y su abrigo de piel evocan el invierno y –el único aspecto por el que se asemeja a la Befana– es viejo.
Como explica Lévi-Strauss en su célebre ensayo Babbo Natale suppliziato, él no es un personaje mítico o legendario, del momento que falta material narrativo sobre sus gestas, sino que está «fijado una vez para siempre en su forma y definido según una función exclusiva y a un retorno periódico, más bien pertenece a la familia de las divinidades».
Lévi-Strauss no lo dice, pero las mismas cosas se podrían escribir sobre la Befana. Se trata de divinidades menores propias de una clase de edad, la infancia. Un momento de transición hacia la edad adulta en efecto es el de la revelación sobre la no existencia de Papá Noel y de la Befana. Pero –escribe el gran antropólogo– detrás de esta contraposición entre niños que creen y adultos que saben, se esconde una contraposición más fundamental, la contraposición entre vivos y muertos.
En efecto, vemos que los protagonistas religiosos de este período del año son todos jóvenes –desde San Nicolás, el joven obispo de Mira, de donde derivan calcetines y hogares, que en muchos países lleva los regalos el 6 de diciembre, pasando por el Niño Jesús hasta los Reyes Magos–, pero cuando se transforman en personajes míticos como Papá Noel y la Befana, se convierten en viejos. Viejos como los muertos.
En muchas tradiciones locales, comenzando por la fiesta de Todos los Santos, la ya famosísima Halloween, los niños se disfrazan de esqueletos o de fantasmas y caminan persiguiendo a los adultos, que solo se liberan de ellos dándoles dinero y dulces.
Porque en este período crítico del año, cuando la noche amenaza al día, se teme que puedan volver los muertos a atormentar a los vivos. Con el retorno de la luz, los muertos se irán, pero mientras tanto es necesario ser amables con ellos haciéndoles regalos y favores. Las fiestas de Navidad y Epifanía son fiestas que celebran el retorno de la luz, y por ende obligan a los muertos a despedirse. Por eso en esos días se puede festejar también a los muertos, pero ¿quién los puede representar en la sociedad de los vivos? Lévi-Strauss responde que son los niños quienes asumen el papel de los muertos, porque se los incorpora al grupo humano aún de modo incompleto, son «otros» de los vivos adultos. «La fiesta de los muertos es esencialmente la fiesta de los otros, puesto que el hecho de ser otro es la primera imagen cercana que podemos representar de la muerte».
Somos nosotros los adultos quienes llevamos los regalos a los niños, pero nos agrada que crean, al menos por algunos años, que los regalos llegan del más allá, no importa quién los haya traído, el Niño Jesús, Papá Noel o la Befana.
No sabemos si la Befana, y su compañero Papá Noel, imágenes de los muertos que vienen a molestar a los vivos durante el otoño, y que luego se van con el retorno de la luz, trayendo en cambio regalos a los niños, son verdaderamente –como escribe el antropólogo francés– «el bastión más sólido, y uno de los focos más activos del paganismo en el hombre moderno». Lévi-Strauss escribía en los albores del año cincuenta, cuando el consumismo era una realidad lejana: hoy, que conocemos la locura consumista que estalla entre la Navidad y la Epifanía, nos sentimos inclinados a pensar que es esta, y no las inocentes figuras míticas de Papá Noel y de la Befana, la que representa el umbral avanzado del paganismo.
Hoy es más fácil pensar que al menos a través de estos dos míticos viejos se vehicula el sentido de la muerte y de la vida, así como la existencia del más allá: para muchos niños, esta será la única experiencia del «más allá» durante su educación. Y su existencia al lado de episodios de la Sagrada Escritura o de la vida de los santos sigue señalando un vínculo con la tradición cristiana. La Navidad no es solo la ridícula Befana que lleva dulces y regalos: el desdoblamiento pagano de las fiestas cristianas contribuye a mantenerlas vivas, y podemos esperar que alguno de esos niños, creciendo, trate de comprender mejor su historia. Y ambos, en su nombre, denotan huellas de la tradición cristiana: Navidad, y por ende el nacimiento de Jesús, para Papá Noel, y Epifanía escondida en el nombre de la Befana, y por consiguiente los Magos y, de nuevo, el Niño.
En todo caso, una historia mejor que una glorificación de la compra como fin en sí misma, una historia misteriosa que hace pensar que existe una realidad «otra» más allá de la nuestra.