Bakhita me estaba buscando desde hacía tiempo por los caminos que recorríamos juntas. Los de la esclavitud, que todavía existe, de un África con muchas heridas abiertas y olvidadas, pero también de un continente que está cambiando velozmente y que nos puede dar mucho. Finalmente nos encontramos. El pedido de hablar de ella, fallecida el 7 de febrero de 1947 en Schio, favoreció un encuentro cercano que me hizo descubrir cuán presente estaba, sin que yo lo supiera, en mi vida. Cuán profética y actual era su historia. Es la de millares de esclavas de su tiempo, pero también la de las víctimas de la trata de seres humanos, practicada hoy por la criminalidad organizada para el comercio de la prostitución. De esos millones de mujeres, solo en Europa quinientas mil cada año –conducidas con engaño y falsas ilusiones– son reducidas a la esclavitud.
Bakhita, además de ser «afortunada» (esto significa su nombre), también estaba predestinada. Lo testimonian las páginas del pequeño pero intenso Diario que dictó en 1910 a una hermana «por voluntad de la reverenda madre superiora» de la congregación de las Hijas de la Caridad de Magdalena de Canosa, en la que entró a formar parte el 7 de diciembre de 1873.
Nacida en 1869 en la aldea de Olgossa, en Dafur (Sudán), tenía ocho años cuando fue raptada. Vendida muchas veces en los mercados de El Obeid y Jartum, la compró primero un árabe rico y luego un general turco. Latigazos diarios redujeron a menudo su tierno cuerpo a una única llaga, y dolorosísimos tatuajes casi acabaron con su vida; sufrió tortura en los pechos, con cruel violencia gratuita. Sin embargo, en el relato, dictado por la «monja negrita», jamás hay una alusión a la venganza o al odio por el martirio que padeció. Al contrario, aflora continuamente una fuerza que tiene algo sobrenatural. Que le da la valentía de no rendirse tampoco ante las situaciones más extremas.
Bakhita, en la primera parte de su existencia, no sabe quién es Dios, pero él la salva milagrosamente muchas veces. Le permite encontrar al cónsul italiano residente en Jartum, Callisto Legnani, a quien se la venden; este la lleva a Italia y la cede a la familia de un rico comerciante que vive en Mirano, en la provincia de Venecia. Desde aquel momento, comienza a recorrer el camino luminoso que le permitirá encontrar a Cristo, «el verdadero Paron», como lo llamaba en el dialecto véneto, la única lengua que hablaba.
Illuminato Cecchini, hombre de gran fe y tenaz defensor de los pobres, le regala un día un pequeño crucifijo de plata y le explica que ese es Jesús, el Hijo de Dios, que murió también por ella. Fulgurada, Bakhita escribe en su Diario: «Recordaba que, viendo el sol, las estrellas, las bellezas de la naturaleza, me preguntaba: “¿Quién será el patrón de estas bellas cosas?”. Y experimentaba un gran deseo de verlo, de conocerlo, de rendirle homenaje. Y ahora lo conozco. Gracias, gracias Dios mío».
Un «Paron» muy diferente de los que había tenido. No solo la ama, sino que también dio su vida para salvarla. Es una revelación que acepta incondicionalmente, sin duda alguna. Que colma totalmente su existencia y la transforma en una criatura de luz y de amor, siempre disponible con gentileza y discreción, con participación afectuosa, a ayudar a quien se dirigía a ella. Su vida se convierte en un coloquio permanente con ese «Paron» y, cuando la última patrona quiso llevarla consigo a Jartum, con un gesto valiente y sufrido, rechaza seguirla. Ella, que siempre obedeció sin levantar jamás la cabeza, sin quejarse nunca, ni siquiera cuando la flagelaban, lleva a cabo el único, grande y decisivo acto de rebelión de su vida. Combate y logra permanecer en la congregación de las canosianas, en Venecia, porque quiere consagrarse a ese Dios que conocía desde hacía poco, pero que siempre había estado a su lado. «Bakhita es la demostración de que el cristianismo puede transformar a los esclavos, es decir, a hombres que han perdido el sentido de la propia persona, en personas capaces de una fuerza inesperada.
Es la certeza de que a través de Cristo el hombre puede pasar de un estado de marginación a otro de eterna dignidad, grandeza y libertad. Y esto no solo vale para África, sino también para todo el mundo. La acción de promoción humana del cristianismo a través de personajes como Bakhita es enorme, aunque a menudo ni siquiera se note. Un papel fundamental, sobre todo para la promoción y la dignidad de la mujer. Nadie ha hecho por la mujer lo que ha hecho el cristianismo, y Bakhita lo testimonia», escribió don Divo Barsotti.
El camino hacia la santidad de Bakhita es un itinerario al alcance de todos. Se entrelaza con la cotidianidad más escondida, discreta, despojada de privilegios y de cualquier poder y posesión, rica de pequeños gestos concretos, de dedicación gratuita al otro. Este camino está sembrado de milagros, que hizo en vida y desde el cielo. Pero el milagro más grande es la silenciosa y escondida fidelidad, el abandono total, la grandeza humana y espiritual alcanzada por esta desconocida «teóloga de la humildad» que, con las manos vacías, supo transformar el sufrimiento en un canto de amor y de alegría. De esperanza.
Mariapia Bonanate es codirectora de «Il nostro tempo», colabora con semanarios, entre los cuales «Familia Cristiana», donde tiene una sección dedicada a las «buenas noticias». Ha viajado para encontrar en los diversos continentes testimonios de un Evangelio radicado en la vida diaria. Entre sus libros, Invito alla lettura di Mario Pomilio (1977), Suore (1990), reeditado y ampliado como Suore vent’anni dopo (2000), en el que Dino Risi se inspiró para su filme Missione d’amore, Il Vangelo secondo una donna (1996), Preti (1999), Donne che cambiano il mondo (2004), e Io sono qui (2012).
2 de febrero de 2013