Después de el primer encuentro del miércoles pasado, hoy puedo volver a dar de nuevo mi saludo a todos. Y estoy feliz de hacerlo en domingo, en el día del Señor. Esto es bello e importante para nosotros los cristianos: encontrarnos en domingo, saludarnos, hablar como ahora aquí, en la plaza. Una plaza que, gracias a los medios, tiene las dimensiones del mundo.
En este quinto domingo de Cuaresma, el evangelio nos presenta el episodio d ela mujer adúltera (cfr. Juan 8,1-11), que Jesús salva de la condena a muerte. Mira la actitud de Jesús: no sentimos palabras de desprecio, no sentimos palabras de condena, sino sólo palabras de amor, de misericordia, que invitan a la conversión. «Tampoco yo te condeno, ve y en adelante no peques más» (v. 11) ¡Eh! hermanos y hermanas, el rostro de Dios es el de un padre misericordioso, que siempre tiene paciencia. ¿Habéis pensado en la paciencia de Dios, la paciencia que él tiene con cada uno de nosotros? Esa es su misericordia. Siempre tiene paciencia, paciencia con nosotros, nos comprende, nos atiende, no se cansa de perdonarnos si sabemos volver a él con el corazón contrito. «Grande es la misericordia del Señor», dice el salmo.
En estos días, he podido leer un libro de un cardenal -el Cardenal Kasper, un teólogo muy competente, un buen teólogo- sobre la misericordia. Y me ha hecho mucho bien, ese libro, pero no penséis que hago publicidad a los libros de mis cardenales. No es así, pero me ha hecho tanto bien, tanto bien... El cardenal Kasper decía que sentir misericordia... esta palabra cambia todo. Es lo mejor que podemos oír: cambia el mundo. Un poco de misericordia hace el mundo menos frío y más justo. Necesitamos comprender bien esta misericordia de Dios, este Padre misericordioso, que tiene tanta paciencia... Recordemos el profeta Isaías, que afirma que aunque nuestros pecados fuesen color rojo escarlata, el amor de Dios los convertirá en blancos como la nieve.
¡Es hermoso, esto de la misericordia! Recuerdo, cuando era obispo reciente, en 1992, llegó a Buenos Aires la Virgen de Fátima y se hizo una gran misa para los enfermos. Fui a confesar a aquella misa. Y casi al final de la misa me levanté porque tenía que ir a administrar una confirmación. Vino hacia mí una mujer anciana, humilde, muy humilde, de más de ochenta años. La miré y le dije: "Abuela -porque allí llamamos así a los ancianos- abuela, ¿se quiere confesar?" "Sí", me dijo. "Pero si usted no ha pecado..." Y ella me dijo: "Todos tenemos pecados"... "Pero el Señor ¿no la perdona?" "El Señor perdona todo" me dijo, segura. "Pero, ¿cómo lo sabe usted, señora?". "Si el Señor no perdonase todo, el mundo no existiría". Me entraron ganas de preguntarle: "¿Dígame, señora, usted ha estudiado en la Universidad Gregoriana?", porque esa es la sabiduría que da el Espíritu Santo: sabiduría interior de la misericordia de Dios. No olvidemos esta palabra: ¡Dios nunca se cansa de perdonarnos, nunca!.
«Entonces, padre, ¿cuál es el problema?» Bueno, el problema es que nosotros nos cansamos de pedir perdón. Pero Él nunca se cansa de perdonar; somos nosotros los que, a veces, nos cansamos de pedir perdón. Y no tenemos que cansarnos nunca, nunca. Él es el Padre amoroso que perdona siempre y cuyo corazón está lleno de misericordia para todos nosotros. Tenemos que aprender a ser más misericordiosos con todos. Invoquemos la intercesión de la Virgen María, que ha tenido en sus brazos a la Misericordia de Dios hecho hombre.
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[Luego del Angelus]
Envío un cordial saludo a todos los peregrinos. Gracias por vuestra acogida y vuestra oración. Rezad por mí, os pido. Renuevo mi abrazo a los fieles de Roma y lo extiendo a todos vosotros, que habéis venido de varias partes de Italia y del mundo, así como a aquellos que se unen a nosotros a través de los medios de comunicación. He elegido el nombre del santo patrono de Italia, San Francisco de Asís y esto refuerza mis lazos espirituales con esta tierra, de la que -como sabéis- es originaria mi familia. Pero Jesús nos ha llamado a ser parte de una nueva familia: su iglesia; en esta familia de Dios, para caminar juntos por los caminos del Evangelio. ¡Que el Señor os bendiga y la Virgen os proteja! Y no os olvidéis de ésto: El Señor nunca se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón.
¡Buen domingo, y buena comida!
Traducido en ETF, cotejado con los fragmentos en español reproducidos por V.I.S.