Ahora que en un mes espero que mi tesis esté ya acabada. Me gustaría dar algunos consejos a aquél que vaya a comenzar una tesis doctoral. Consejos que creo algo fundados por el hecho de, día tras día, convivir, comer y charlar continuamente con compañeros que como yo se hallan inmersos en la realización de una tesis doctoral en todas las universidades de esta santa ciudad de Roma, teológicamente vasta, un verdadero y extenso jardín de estudios en todas las lenguas y sobre todos los temas.
Si una tesis se va a realizar en dos años, habría que dedicar una cuarta parte sólo a leer. Dedicar cuatro meses a sumergirse en los mejores libros de teología, incluso aunque no tengan nada que ver con nuestra especialidad, será una magnífica inversión para el futuro de nuestra tesis. Lo importante en esos cuatro meses sería leer una bibliografía selectísima de lo mejor que se ha escrito en teología en todos los campos.
Por supuesto que durante los años anteriores de estudios hemos leído infinidad de libros. Pero lo hemos hecho pensando en nuestros exámenes, sin mucho tiempo, con una cierta tensión que imponía el calendario de las distintas asignaturas. Esta sería la primera vez en que disponemos de cuatro meses para la lectura reposada por el placer de aprender. Indudablemente, será una lectura completamente distinta. Aquí no leeremos para obtener una calificación, sino para fijarnos en cómo es un buen libro, en cómo se construye un buen artículo, en cuáles son las características de la mejor teología, en por qué este autor es un clásico y el otro no, en por qué con este autor avanza la teología y con el otro no. Leer sin otro fin que la teología misma, será un modo completamente distinto de leer.
Después de cuatro, o como máximo seis meses, habría hablar con el director de tesis que hayamos escogido y, entre los dos, decidirse por un tema para la tesis. En ese encuentro habría que tener claro que hay que escuchar al director de tesis, no defender a capa y espada nuestra idea inicial. Lo ideal es escoger un tema que naciera del diálogo entre el profesor cargado de experiencia y el doctorando, un diálogo en el que los dos se escuchen mutuamente.
Contrariamente a la opinión admitida por todos, considero que lo mejor es escoger un tema que sea suficientemente general para que la elaboración de la tesis constituya tan solo una bella excusa para leer y aprender. Soy consciente de que lo que hoy día se pretende con una tesis no es esto. Se busca un tema especializado de investigación que haga avanzar la teología. Pero no nos engañemos, un doctorando, y peor si tiene menos de treinta años, dificilmente va a realizar un trabajo que suponga un verdadero avance de la teología.
Dado que lo que va a hacer es leer y recopilar, mejor es que ese trabajo suponga el mayor desarrollo para él mismo y para las clases que pueda enseñar en el futuro.
Cuando se tiene toda la Teología por delante, todo el vasto océano de la teología, ¿para qué enfrascarse tres, cuatro años, en el estudio de un archivo del siglo XVII, en el estudio de una única palabra de Ireneo, de un solo libro de un moralista? Nunca se volverá a disponer de tanto tiempo para conocer la Teología entera, nunca más.
La tesis debería ser el fruto, la síntesis, la prueba de nuestro avance en los caminos de la teología. La tesis no debería convertirse en la obligación que nos aboca a un estrecho sendero. Los temas especializados les obligan a leer mucho sobre temas que nunca les serán de utilidad alguna, aunque les nombren profesores en un seminario o una facultad.
Por supuesto que esto que estoy defendiendo supone un cambio en el modo común de entender las tesis. Lo que digo supone una visión bastante pesimista acerca de la capacidad real de los doctorandos para hacer avanzar la teología. El doctorando debe escribir su tesis sobre un tema concreto, sí. Pero el centro del esfuerzo de esos años de doctorado ya no debería estar en el tema de la tesis, que sería una mera excusa, sino la verdadera maduración del doctorando.
Eso supondría que el director de tesis debería reunirse cada mes con su dirigido y preguntarle qué ha leído, qué ha aprendido, qué ha descubierto de nuevo. Bajo estas premisas, la tesis nunca podría ser muy larga. Deberían ser tesis más condensadas. La tesis debería ser el centro de todo un aprendizaje que está en la periferia de esas páginas que se presentan al director. Periferia que no se mostraría explícitamente en ella, pero cuyas lecturas personales y diálogos con el director indudablemente dejarían su rastro indudable en esas páginas.
La teoría del sistema actual es que así se aprende a investigar. En la práctica, tenemos doctorandos que, al final, han recopilado miles de páginas sobre una minúscula parcela, desconociendo cosas esenciales, más básicas, mucho más enriquecedoras, que estaban justo al lado del pequeño túnel de investigación en el que fueron introducidos porque se les dijo que las cosas son así, que ése es el sistema.
La tesis doctoral no debería ser un túnel, una habitación que se clausura en torno a ti. Un doctorando nunca más dispondrá de tanto tiempo para tener una visión global del mundo teológico recorrido con toda libertad, movido por sus propias curiosidades, por sus propios intereses, que son la fuerza más poderosa para aprender.
En el actual sistema académico, los directores de tesis no suelen disponer de mucho tiempo, ni de interés, para dialogar con sus alumnos. Se limitan a corregir errores, a decirles: te has equivocado en esto y en esto. El placer de un profesor lleno de experiencia que dirige a un alumno, que le hace entender sus propios prejuicios, que le enseña a dudar de sí mismo, no es lo que suele suceder en casi ninguna facultad.
Y así, el doctorando trabaja para probar sus decisiones iniciales, normalmente ya poseídas desde el principio. Un doctorando debería preguntarse: ¿qué proporción de mi trabajo es mera erudición, mero enciclopedismo? ¿Mi trabajo no se ha convertido en una mera recolección, previsible, cada vez más aburrida confore avanza mi tesis?
El trabajo de los doctorandos se convierte en algo cada vez más mecánico. Qué distinto sería el trabajo de un profesor que se propusiera, ante todo, entusiasmar a su dirigido en el placer de la teología misma
Del Blog del P. Fortea