En la Plaza de San Pedro, ante casi cien mil fieles de tantas partes del mundo, saludando a numerosos peregrinos de la isla italiana de Cerdeña, el Obispo de Roma anunció entre grandes aplausos su anhelo de visitar el Santuario de Nuestra Señora de Bonaria en Cerdeña, señalando que lo hará probablemente el próximo mes de septiembre.
El Papa Francisco explicó los antiguos lazos que unen España y Buenos Aires con esta antigua advocación mariana: "Santa María del Buen Ayre"
Al fundar la ciudad, Pedro de Mendoza llamó al sitio "Real de Nuestra Señora Santa María del Buen Ayre" para cumplir la promesa que hiciera a la Patrona de los Navegantes que se hallaba en la Cofradía de los Mareantes de Triana, en Andalucía, cofradía de la que él era miembro.
“Buen Ayre” era la castellanización del nombre de la Virgen de Bonaria, es decir, de la Virgen de la Candelaria a quien los padres mercedarios (orden fundada en 1218 en Barcelona por San Pedro Nolasco) habían levantado un santuario para los navegantes en Cagliari, Cerdeña, y que era venerada también por los navegantes de Cádiz, en España
Cuenta la historia que en 1370 arribó a las playas de esta ciudad de Cerdeña, una caja que contenía la imagen de una virgen que llevaba al niño Jesús en un brazo, y en el otro, un cirio. Desde entonces fue venerada como la virgen de los navegantes y se la llamó Bonaria, o del Buen Aire.
Llegó a España de la mano de los marineros y fue allí donde se popularizó su culto, especialmente en el puerto de Sevilla, desde donde partían las expediciones hacia las nuevas conquistas.
Así llegó al Río de la Plata traída por dos sacerdotes que formaron parte del grupo comandado por don Pedro de Mendoza quien llevado por su devoción a la virgen, decidió honrarla otorgándole su nombre a la ciudad fundada. Por eso Buenos Aires fue llamada “Puerto de Nuestra Señora Santa María del Buen Aire” (como detalla Griselda Mutual en RadioVaticano).
La Verdad no es una idea: ¡es Cristo!
Pero la catequesis de este miércoles previo a Pentecostés se ha centrado, una vez más, en el Espíritu Santo. En tiempos marcados por el relativismo “el Espíritu Santo guía a la Iglesia, y a cada uno de nosotros, a la Verdad plena.” Dijo que “la Verdad con mayúsculas no es una idea que nosotros nos hacemos o consensuamos, sino una persona con la que nos encontramos. Cristo es la Verdad, que se ha hecho carne. Y el Espíritu Santo hace posible que lo reconozcamos y lo confesemos como Señor”.
Para explicar cómo el Espíritu Santo nos hace reconocer y confesar a Jesús expresó: “El Espíritu Santo nos recuerda las palabras de Jesús y las imprime en nuestros corazones. Él es la ley inscrita en nuestro interior, donde tomamos las decisiones.”
Afirmó también que el Espíritu “es quien suscita el sentido de la fe en los creyentes creando una comunión, cada vez más profunda, con Cristo. Mediante el Espíritu Santo, el Padre y el Hijo hacen morada en nosotros”.
El Obispo de Roma invitó: “En este Año de la fe, invoquemos especialmente la asistencia del Espíritu Santo, para que nos guíe y nos sostenga en el camino del discipulado”. Y a pedir a la Virgen María “que nos haga dóciles a la acción del Espíritu Santo, para que como Ella, con disponibilidad total, digamos “sí” a los designios de Dios en nuestra vida”.