Muchas personas me comentan lo rápido que se les ha pasado la vida. No es ésa mi experiencia. Por el contrario, el tiempo del comienzo de mi sacerdocio me parece tan lejano, tan distante. Ya no digamos nada de la juventud. En cierto modo me parecen otras vidas. Como si mi vida se compusiera de varias vidas.
Tengo la seguridad de que esos tiempos forman parte de mi vida porque yo he estado dentro de mí. Pero, francamente, me parecen otras vidas. Cada uno de esos tiempos me parece que fue extenso y pleno en sí mismo.
No tengo la menor duda de que en el más allá, cuando visionemos nuestra existencia terrena, nos parecerá como un sueño. Nuestro modo de pensar será tan diverso. Una y mil veces nos preguntaremos cómo fue posible que no viéramos el sentido de todo y repitiéramos una y otra vez los mismos errores.
Sí, nos dejamos llevar del tiempo, nos dejamos arrastrar sin nadar más allá. Es más fácil dejar pasar el tiempo, que llenarlo. Hay un tiempo vacío y otro lleno.
Muchos con una visión simplista imaginan grandes venganzas divinas. Realmente, el Tiempo es la gran venganza divina. Para poner a cada uno en su lugar, sólo tiene que dejar pasar el tiempo. Los imperios envejecen, los soberbios requieren ayuda para vestirse, los objetos pierden el brillo de la ilusión y nos parecen meros juguetes.
En estos momentos, un paseo por un campo primaveral me parece uno de los mejores galardones que me puede dar la existencia. Quizá el mejor.
Del blog del P. Fortea.