La humanidad le debe mucho, y la Iglesia no menos», escribió el padre Bernard Lambert en «L’Osservatore Romano» del 23 de junio de 1981, recordando la muerte de una mujer de cualidades excepcionales, Barbara Ward.
Su formación no fue usual: nacida en 1914 en una ciudad del Yorkshire, hija de un abogado cuáquero y de una señora profundamente católica, Barbara Ward frecuentó primero, en Inglaterra, una escuela de religiosas, y después, en París, el Lycée Molière, la Sorbona y, por último, otro instituto universitario en Alemania, en Jugenheim, y se graduó en Oxford en 1935 con matrícula de honor en Master Greats, es decir, en filosofía, economía y política. Sin duda, tuvo oportunidades no comunes, secundadas por una mente particularmente brillante y una oratoria vivaz, unida a una memoria prodigiosa, que hizo de ella una admirada conferenciante. Era muy dotada para las lenguas, pero también para la música, tanto que en un momento determinado de su juventud acarició incluso la idea de llegar a ser cantante de ópera. Dotes que iban acompañadas –escribe también Lambert– por «una humanidad infinita, modestia y una sonrisa maravillosa».
Tenemos una primera demostración de ello cuando, después de haber conocido el antisemitismo en la Alemania nazi, donde vivía como joven alumna universitaria, se comprometió en el movimiento católico de oposición al nacionalsocialismo, Sword of the Spirit, del que fue secretaria.
Profundamente religiosa, dio la prueba más elevada de espiritualidad durante los últimos años de su vida, cuando –separada de su esposo y enferma de un tumor contra el que luchó durante quince años y le dificultaba alimentarse– decía que era su modo secreto de ofrecer su sufrimiento para aliviar la miseria de los niños que padecían hambre y sed en el mundo.
Tenía tan solo veinticuatro años cuando publicó su primer libro, The International Share-Out («La repartición internacional»), representativo de su visión de las relaciones políticas internacionales y del desarrollo, una visión que influyó mucho en el pensamiento de algunas generaciones.
Fue precisamente ese libro el que atrajo hacia ella la atención del director del «Economist», Crowther, quien, en 1938, le ofreció trabajar en el prestigioso semanario, donde permaneció hasta 1950, año de su matrimonio. Tenía poco más de treinta años cuando, en 1947, Crowther le encomendó una encuesta de carácter socio-económico en Estados Unidos para comprender what was on the US mind. Barbara Ward llevó brillantemente a término el trabajo, como era de esperar, mereciendo el comentario positivo del semanario «Time», que escribió: «El director del “Economist”, confiado, ha mandado a una muchacha a hacer el trabajo de un hombre». Su formación de economista la llevó, además, a emprender una brillante carrera de profesora de economía política en las universidades americanas de Harvard y Columbia de Nueva York.
Barbara Ward estaba atenta al futuro, y de ahí deriva su participación en los problemas ambientales desde la década del setenta, que hizo de ella, presidenta del International Institute for Environment and Development, la primera defensora del desarrollo sostenible. Particularmente significativo fue el hecho de que, cuando la nombraron presidenta de dicho instituto, cambió la denominación de International Institute for Environment Affairs por la de International Institute for Environment and Development, para demostrar que el estudio del ambiente no puede separarse de una reflexión sobre la prosperidad y la justicia internacional.
No solo; su clarividencia llegó a prever, por aquel entonces, la importancia –que ha ido aumentando con los años– de la participación de la sociedad, especialmente respecto a las cuestiones ambientales. En uno de sus libros más célebres, encargado por el secretario de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el ambiente, escrito con el científico René Dubos, se lee: «Puesto que una política del ambiente humano requiere sea un juicio de carácter social, sea un conocimiento científico especializado, los profanos inteligentes e informados a menudo pueden contribuir a su formación tanto como los expertos. Más aún, en ciertos casos pueden ser jueces más sagaces, porque su visión general de la complejidad de los problemas humanos no está deformada por esa especie de provincialismo que acompaña con frecuencia a las especializaciones técnicas».
Los derechos de autor de ese libro, Una sola tierra. Cuidado y mantenimiento de un pequeño planeta –un best seller para su época– se asignaron a un fondo fiduciario para la educación ambiental, que tenía que usarse según las finalidades de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el ambiente humano. Barbara Ward participó, con una posición de relieve, en las más importantes conferencias de la ONU de su tiempo: Estocolmo sobre el ambiente (1972), Bucarest sobre la población (1974), Roma sobre la alimentación, Ciudad de México sobre la mujer (1975), y Vancouver sobre el hábitat (1976).
Considerada una de las expertas internacionales más importantes del siglo XX, el semanario «Time» la definió no hace mucho «una de las mayores y más influyentes visionary del siglo XX». Hace más de cincuenta años, Barbara Ward sostenía que un sistema económico mundial en el que participen todas las naciones necesita instituciones globales, para moderar las dimensiones internacionales de la desigualdad y la explotación, y hacía notar que, habiendo creado las grandes potencias en competición entre ellas un solo sistema económico mundial, no podían negarse las interdependencias.
Muchos elementos de esta visión del desarrollo y de la organización internacional se encuentran en un precioso libro de pequeñas dimensiones, titulado The Angry Seventies, escrito y publicado en 1971 a petición de la Comisión pontificia Iustitia et Pax, organismo del que fue miembro durante casi un decenio.
Barbara Ward fue una de las primeras mujeres en desempeñar un papel de primer plano en la Iglesia, en particular en la creación y el inicio de lo que es hoy el Consejo pontificio Justicia y paz, el dicasterio de la Curia romana querido por los padres conciliares. Durante el concilio Vaticano II Barbara Ward formaba parte de un pequeño grupo de expertos en problemas del mundo («los conspiradores»), provenientes de una formación común de experiencias eclesiales y de compromiso en la lucha contra la pobreza, quienes se esforzaron por incluir, con éxito, el tema del desarrollo humano también en el documento sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo.
James Norris, amigo personal de Pablo VI y de la madre Teresa, que formaba parte de ese grupo, intervino en el aula con un célebre memorándum redactado por Barbara Ward en 1963 y hecho circular después en la tercera sesión, titulado World Poverty and the Christian Conscience, que ponía de relieve la enorme brecha existente entre los países ricos y los países pobres. Para afrontar este problema, según Barbara Ward, era indispensable la colaboración ecuménica, propuesta que Pablo VI acogió cuando dio a la Comisión pontificia Iustitia et Pax su estatuto definitivo. Al día siguiente de la institución de la Comisión, Barbara Ward fue nombrada miembro de la misma por Pablo VI, y lo fue hasta el final de su vida, en 1981. Durante ese período, a petición de la Comisión, escribió un breve volumen titulado Towards a New Creation?, en preparación a la Conferencia de la ONU sobre el ambiente.
El Papa Montini la nombró también consultora laica adjunta del secretario especial del Sínodo de los obispos de 1971, dedicado al tema de la justicia. Su intervención en el aula vieja del Sínodo impresionó mucho a cardenales y obispos, quienes, en semejante ambiente, escuchaban por primera vez a una mujer que, además de hablar de argumentos técnicos, también daba sugerencias pastorales.
Por tanto, se comprende bien por qué Barbara Ward fue distinguida por su compromiso con las mayores condecoraciones inglesas y también nombrada, en 1976, par del Reino. En efecto, cuando murió, «The Times» de Londres la definió «una de las mujeres más notables y admiradas de su generación».
La historia de Barbara Ward la cuenta la primera mujer laica que entró a formar parte de la cúpula de la Curia, nombrada por Benedicto XVI subsecretaria del Consejo pontificio Justicia y paz. Experta en economía y políticas sociales, crecida en Bruselas y licenciada en ciencias políticas, Flaminia Giovanelli –que habla con fluidez cuatro lenguas– comenzó a trabajar en el Vaticano en 1974, haciéndose apreciar enseguida por su habilidad en la gestión y resolución de las cuestiones más espinosas.
Flaminia Giovanelli
1 de junio de 2013