«Dios quiere la misericordia más que los sacrificos». Lo dijo Papa Francisco durante el Ángelus que recitó en Castel Gandolfo, la residencia veraniega de los papas en donde pasó este domingo. La parábola del Evangelio fue la del Buen Samaritano, que se detiene para socorrer a un hombre herido, después de que un sacerdote y un levita hubieran pasado sin ofrecer ayuda. «En cambio, el samaritano, cuando vio aquel hombre, “tuvo compasión” (Lc 10,33). Se acercó, le vendó las heridas, cubriéndolas con aceite y vino; luego lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y pagó por él. Es definitiva, se hizo cargo de él: es el ejemplo del amor por el prójimo». «Dios siempre quiere esto -añadió- la misericordia y no ir condenando a todo el mundo. Dios es misericordioso, sabe entender todas nuestras miserias y también nuestros pecados. El Samaritano imita justamente la misericordia de Dios».
Pero, ¿por qué Jesús eligió a un Samaritano como protagonista de la parábola? «Porque los samaritanos eran despreciados por los judíos, a causa de diversas tradiciones religiosas -explicó Bergoglio-; y sin embargo Jesús hace ver que el corazón de aquel samaritano es bueno y generoso y que – a diferencia del sacerdote y del levita- él pone en práctica la voluntad de Dios, que quiere misericordia y no sacrificios». Francisco después citó al santo del día, Camilo de Lellis, fundador de los Ministros de los Enfermos, patrón de los enfermos y de los agentes sanitarios, de quien se recuerda el cuarto centenario de su muerte. El Papa invitó a los hijos y a las hijas espirituales de san Camilo a ser «como él, buenos samaritanos». «Y también a los médicos, a los enfermeros y a aquellos que trabajan en los hospitales y en las casas de cura, les deseo de estar movidos por el mismo espíritu», añadió.
El Papa después encomendó a la Virgen su próximo viaje a Río de Janeiro, para la Jornada Mundial de la Juventud. Estas palabras fueron recibidas con un fragoroso aplauso y Francisco comentó: «Se ve que hay muchos jóvenes de edad, pero ¡todos ustedes son jóvenes de corazón!».
Al final de la oración mariana, Francisco también recordó el 70 aniversario de las masacres de Volinia, provocadas «por la ideología nacionalista, en el trágico contexto de la II Guerra Mundial, han causado decenas de miles de víctimas y han herido la hermandad de dos pueblos, el polaco y ucraniano».
El Papa había llegado después de las nueve de la mañana al Palacio de Castel Gandolfo, para reunirse con los empleados de las Villas Pontificias. Les dijo que había ido «para transcurrir un día de encuentro con los ciudadanos, con los peregrinos y con todos los visitantes, que, con razón, aman este lugar: están encantados con su belleza y aquí encuentran un momento de distensión», pero también de agradecimiento para todos los que trabajan en las Villas.
En el breve discurso, el Papa saludó a la alcaldesa Milvia Monachesi, animando a toda la población a «ser signo de esperanza y de paz, atenta siempre por las personas y por las familias con más dificultades. ¡Esto es importante! Nosotros siempre debemos ser signo de esperanza y de paz en este momento».
Francisco también recordó al beato Juan Pablo II y a su predecesor emérito Benedicto XVI, «que amaban transcurrir parte del periodo de verano en esta residencia pontificia». Su testimonio, añadió, «sea siempre de aliento» para una coherente interpretación que siga «las exigencias del Evangelio y las enseñanzas de la Iglesia». Antes de regresar al Vaticano, Bergoglio almorzará con una comunidad de jesuitas del observatorio de la Specola Vaticana.