Un viaje larguísimo, un peregrinaje moderno en el corazón de Sudamérica, comenzó el viernes pasado en la Catedral de Buenos Aires llena de fieles. Quinientos jóvenes de una docena de parroquias, en compañía de sus familiares, sacerdotes y amigos, con la bendición del arzobispo Mario Aurelio Poli, sucesor de Jorge Mario Bergoglio. “Sean solidarios en su viaje, compartan la comida con los que no tienen, preocúpense de los compañeros que se quedan atrás y vuelvan con el corazón lleno de alegría para compartirla con los que se quedaron en casa”. Palabras proféticas: la larguísima travesía no estuvo exenta de inconvenientes, aunque fueron superados con un notable espíritu de abnegación. Tuvimos la fortuna de viajar en el primero de siete autobuses de la caravana, el que lleva una imagen de la Virgen de Luján, patrona de los argentinos.
“Este viaje -explicó el organizador Mario Miceli- tiene un sabor particular, porque muchos de estos chicos conocieron en persona a Jorge Bergoglio”. Jorge y Francisco, para ellos, sigue siendo la misma persona, porque, como recuerdan muchos, los gestos y las acciones del nuevo Pontífice no son más que la continuación de lo que había hecho y predicado en Buenos Aires. El padre Mario guía a 37 chicos de su parroquia, la de Santa Lucía de Barracas, pero quiso que en el primero de los buses viajaran los chicos del barrio Bajo Flores, una de las “villas miseria” más peligrosas de la ciudad y una de las muchas que siempre visitaba Bergoglio. Con ellos viaja el padre Hernán, que trabaja allí desde hace años, sucesor de los “curas villeros”, los sacerdotes que lucharon en contra de la dictadura para seguir ayudando en los barrios más marginados. Sacerdotes mártires, como el padre Carlos Múgica, desaparecido durante el régimen.
Hace 30 años, la consigna era alfabetizar integrando a los migrantes que llegan de los países vecinos; hoy, en el Bajo Flores se lucha también en contra del “paco”, la droga barata que destruye la vida de miles de chicos. “El sentido del peregrinaje -explica- es el que se cuenta en la Biblia, un viaje en la vida de cada uno de nosotros, la posicilidad de cargar la Cruz de Cristo para testimoniar su enseñanza”.
La primera noche se desliza con velocidad, en medio de un paisaje húmedo permeado con la magia de la selva de Misiones y las fantásticas cascadas de Iguazú. Y luego, el primer retraso, en la frontera con Brasil. Revisión de documentos, incluidos los permisos para menores. La burocracia raramente ayuda. El útlimo de los buses queda detenido porque uno de los limpiaparabrisas está roto. La “refacción” de este imprescindible objeto tarda dos horas en llegar. Entonces toda la caravana se detiene por orden de monseñor Poli. Este fue uno de los tantos inconvenientes del viaje, mismo que habría debido durar 2 días y no las 55 horas finales. Pero no hubo una sola queja.
“Esta Jornada tendrá un sabor completamente particular -explicó Andrés Chahín, estudiante de psicología-, porque nosotros los jóvenes latinoamericanos sabemos expresar las emociones con más fuerza con respecto a los de otros países. Será una enorme fiesta porque todos nos identificamos con Papa Francisco”.
Este “feeling” entre el Papa y los jóvenes tiene una larga historia. Y, sobre todo, se nota con esa invitación a no conformarse y a luchar por una sociedad más justa. Una misión profética, en el sentido teológico del término, ráfaga de viento nuevo y de cambios más que necesarios.
Es un viaje geográfico y político. De Europa, que orilla cada vez más a los jóvenes hacia el limbo del desempleo a Sudamérica, que los ve como protagonistas de las reivindicaciones populares, como en las últimas manifestaciones de Brasil, pero también en primera fila en el frente del trabajo social, en iniciativas de solidaridad, religiosas...