Leonardo Boff, el ex franciscano, el exponente más visible desde el punto de vista mediático de lo que queda de la Teología de la Liberación, fue el último, cronológicamente hablando, que pidió un nuevo Concilio, un Vaticano III. Lo hizo desde las páginas del “Jornal do Brasil”, partiendo de los cincuenta años de la muerte de Juan XXIII: «Las categorías del Vaticano segundo ya no son suficientes para dar cuenta de la nueva realidad». Según Boff, debería tratarse de un Concilio de todo el mundo cristiano, y debería «identificar el tipo de colaboración que podemos ofrecer en la línea de una nueva consciencia del respeto, de la veneración, del cuidado de todos los exosistemas».
Es curioso notar que sobre un Vaticano III se especula desde hace 36 años. La idea fue propuesta por primera vez en el verano de 1977, cuando los teólogos de la revista “Concilium” se reunieron en la Notre Dame University (en Indiana, Estados Unidos). Estaban, entre otros, el suizo Hans Küng y el holandés Edward Schillebeeckx, los italianos Giuseppe Alberigo y Rosino Gibellini. La reunión de los teólogos e historiadores progresistas fijó objetivos para el futuro concilio: la renuncia del Papa a los 75 años, un Sínodo de los obispos ya no consultivo sino deliberativo, la abolición del celibato para los sacerdotes, la equiparación de la mujer en la vida de la Iglesia, incluido el sacerdocio femenino.
Pero sería erróneo pensar que la propuesta ha aparecido de tanto en tanto solo en los ambientes progresistas, que pretenden “pisar el acelerador” de las reformas. A principios de la década de los noventa, sorpresivamente, algunos conservadores de comprobada fe wojtyliana se apropiaron de la propuesta. El que volvió a proponer la idea, desde la revista estadounidense «Catholic World Report», fue el historiador inglés Paul Johnson. Desde Italia también lo hizo el filósofo Rocco Buttiglione, amigo y colaborador de Juan Pablo II, que en una entrevista había aludido a la preparación de «materiales para un nuevo gran concilio». Entre los que apoyaban la idea también estaba el obispo austriaco ultraconservador Kurt Krenn. El Vaticano III que se planteaba entre los wojtylianos más ortodoxos, al contrario del que proponía Küng en 1977, era un concilio restaurador, que pusiera orden entre los progresistas y los indisciplinados y que frenara la intención de algunas conferencias episcopales de atribuirse competencias y poderes. Es decir, para estos autores del Vaticano III la Iglesia católica, a pesar de la sacudida de Juan Pablo II, vivía todavía un periodo de laicismo y confusión doctrinal. Pero las aspiraciones de los conservadores “conciliaristas” fueron recibidas con mucho resquemor en el Vaticano. El cardenal Joseph Ratzinger indicó que la idea era «completamente prematura».
El entonces prefecto del ex Santo Oficio y futuro Papa, en una entrevista de 1992 había alejado las expectativas de esta forma: «Yo no creo que haya llegado el momento. Sería completamente prematuro. Porque el concilio siempre es un gran empeño, que bloquea durante determinado periodo la vida normal de la Iglesia. Y no se puede hacer con demasiada frecuencia. San Basilio, ante la invitación para participar en otro concilio de Constantinopla, dijo: “No, ya no iré. Porque estos concilios solo crean confusión”».
En 1999, pero esta vez desde el frente reformador, volvió a plantearlo durante un Sínodo el cardenal Carlo Maria Martini. El arzobispo de Milán presentó su petición bajo forma de «sueño», esperando «una experiencia de confrontación universal entre los obispos que disuelva» algunos nudos doctrinales y disciplinarios en la Iglesia. Martini pedía «un instrumento colegial más universal y autorizado» que involucre a «todos los obispos» en un «diálogo colegial» que repita «esa experiencia de comunión y de colegialidad que sus predecesores llevaron a cabo en el Vaticano II». Una asamblea en la que se puedan afrontar «con libertad» algunos problemas como la falta de sacerdotes, la posición de la mujer en la Iglesia, los ministerios, la sexualidad, la disciplina del matrimonio, la práctica penitencial, las relaciones ecuménicas. La propuesta martiniana no llegó a buen puerto, sobre todo porque Juan Pablo II ya había dicho un año antes, en ocasión del consistorio de febrero de 1998, que el «Vaticano II todavía espera llegar» a su plena realización.
Cuando el cardenal Martini hizo su propuesta faltaban todavía seis años para la elección de Benedicto XVI y para su discurso a la Curia romana de diciembre de 2005, cuando el nuevo Papa propuso la que consideraba la correcta hermenéutica «de la reforma de la continuidad» para leer el Vaticano II, en contra de la hermenéutica de la «ruptura». Benedicto XVI criticaba sobre todo las lecturas progresistas que atribuían al Concilio lo que el Concilio nunca había afirmado. Pero también esperaba suavizar la lectura lefebvriana en vista de una reconciliación con la Fraternidad San Pío X. El debate que prosiguió terminó por acentuar la polarización. Es por ello que ahora que Boff pide un Vaticano III para ir más allá del segundo, hay algunos grupos que consideran que el último concilio no es conciliable con la tradición católica. Mientras tanto, más allá de los anuncios, de las polémicas, de las acusaciones recíprocas, hay algunos documentos del Vaticano II (concilio, vale la pena recordar, cuyos textos fueron aprobados prácticamente por unanimidad) están esperando una plena realización. Botón de muestra es el decreto “Apostolicam actuositatem”, sobre el papel de los laicos. Tema que quedó en penumbra en tiempos del renacimiento de clericalismo. Ese clericalismo que según Papa Francisco es uno de los mayores problemas de la Iglesia de nuestros días.
Por Andres Tornielli