«Como religiosas de la Misericordia estamos llamadas a ser solidarias con nuestras hermanas y nuestros hermanos clandestinos». Sor Pat Murphy y sor JoAnn Persch han tomado en serio esta vocación y están haciendo de su parte para ayudar a los once millones de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos. Durante años han desempeñado su ministerio en las cárceles de Chicago, en Illinois, trabajando en particular en el Broadview Immigration Processing Center , lugar donde los inmigrantes ilegales permanecen detenidos hasta la instrucción de su proceso. Las dos religiosas se conocieron cuando eran jóvenes, y en poco tiempo descubrieron que su espiritualidad y su sentido de justicia eran muy compatibles. Su participación en programas sobre la doctrina social de la Iglesia, organizados por los jesuitas, las ayudó a escuchar su llamada: dedicarse a las cuestiones de justicia. Hoy actúan en todos los ámbitos para lograr que el Congreso estadounidense apruebe una ley que dé a algunos jóvenes indocumentados y a sus familias la posibilidad de obtener la ciudadanía. «Somos mujeres esperanzadas y, por tanto, no nos rendiremos».
¿Cómo habéis llegado a interesaros en la inmigración clandestina?
La justicia social ha sido siempre uno de nuestros intereses principales. Crecimos en ciudades diferentes, pero ambas formábamos parte de grupos de acción católica. La muerte de tres religiosas y de una misionera laica en El Salvador, la muerte de monseñor Romero, de los jesuitas y de su gobernanta nos impulsó a reaccionar. Esta fue, en parte, nuestra primera llamada a dedicarnos a los inmigrantes. Y, en nuestro caso específico, a los refugiados centroamericanos que huían de la violencia. En 1980 inauguramos y comenzamos a administrar Su Casa, una casa de la comunidad católica para los refugiados centroamericanos. Acogíamos a hombres, mujeres y niños provenientes de esas tierras, todos víctimas de torturas. Durante seis años vivimos y trabajamos en Su Casa, que aún sigue abierta y acoge a mujeres y niños hispanos que no tienen un hogar.
Después también entró en escena el «Broadview Immigration Processing Center»…
En 2006 nuestra comunidad nos pidió que fuéramos a conocer a los «verdaderos» inmigrantes. Así pues, buscamos un nuevo desafío. Habíamos oído hablar de un abogado, Royal Berg, que precisamente en ese año había decidido ir a rezar en el centro de inmigración de Broadview , donde la gente permanecía detenida en espera de ser controlada. Nos unimos a él en enero de 2007. Habíamos comprendido que nuestra vocación era estar allí todos los viernes. La primera semana solo estuvieron presentes tres religiosas de la Misericordia y el abogado. Ahora, en cambio, cada semana participan cerca de cuarenta personas. Cinco de nosotras entran antes de que permitan el ingreso de los familiares de los detenidos; dos se dedican a las familias, dándoles información sobre a dónde irán sus seres queridos y direcciones de casas seguras; las otras hablan con quienes son trasladados a otras estructuras en espera de juicio.
Habéis tenido que ganaros el permiso de subir a los autobuses de los clandestinos y entrar en el centro.
Es una larga historia. Hablando con los familiares que iban a saludar a los detenidos, comprendimos que debíamos estar presentes dentro de la estructura, para ofrecerles atención pastoral. Lo solicitamos, pero la respuesta fue negativa. Entonces nos pusimos de acuerdo con un grupo de presión para acostarnos delante de los autobuses que se dirigían al aeropuerto, a fin de denunciar la violación de los derechos humanos y religiosos. El hecho de que dos religiosas maduras participaran en la protesta suscitó gran interés en la opinión pública. Así, los servicios relacionados con la inmigración nos llamaron: querían negociar. El resultado fue que a partir de abril de 2009 fuimos autorizadas a subir a los autobuses que van al aeropuerto para rezar con los «pasajeros». Pero también se llevaron a cabo otras negociaciones con el fin de obtener la autorización para entrar y hablar con los inmigrantes clandestinos. Mientras tanto, un grupo de apoyo preparó un borrador de ley para permitir a los agentes pastorales entrar en las cárceles de Illinois y reunirse con los detenidos por inmigración clandestina. Éramos lo que se definía la «cara de la ley». Y así nos pusimos a presionar, y al final la ley se aprobó. Era el año 2008. Pero concretamente debimos esperar hasta 2010 para poder entrar efectivamente. Nuestro lema es: «Lo hacemos de modo pacífico y respetuoso, pero jamás aceptamos un “no” como respuesta».
¿Qué relación mantenéis con los detenidos y sus familias?
Algunas de esas personas permanecen detenidas durante meses e, incluso, durante años. Muchas de ellas se presentan regularmente, por tanto, logramos establecer un vínculo que, en parte, prosigue incluso después. Uno de los detenidos que fue a vernos tenía esposa y un hijo en Chicago. Comenzaron a acudir a Broadview , y así los conocimos también a ellos. Ahora el esposo está fuera mediante el pago de una fianza, y a veces participa en la vigilia de oración. Fuimos a su casa y la familia fue a la nuestra. Todos estamos rezando para que el hombre no sea trasladado cuando se instruya su proceso. Ahora tenemos un programa para después de la detención, y muchos de los hombres y las mujeres que acogemos y asistimos estrechan fuertes vínculos con nosotras y con nuestro personal. Queremos ayudarlos porque no tienen una familia en este país y tampoco tienen un permiso de trabajo; queremos hacerlo, además, para que los escuchen en un tribunal, porque a veces deben esperar años antes de que esto suceda.
Vais semanalmente también a la cárcel del condado de McHenry.
Todos los martes un equipo compuesto por unas quince personas, entre hombres y mujeres, va a la cárcel del condado de McHenry. Los detenidos se inscriben en una lista para vernos. Se trata de visitas de contacto personal directo, puesto que se encuentran con nosotros en un cuarto. Dialogamos, les damos informaciones sobre lo que sucede cuando uno es repatriado, les transmitimos mensajes cuando nos piden que hagamos llamadas telefónicas y, si lo desean, también les distribuimos libros de contenido religioso y biblias. Terminamos siempre con una oración. De igual modo, nos dicen por quiénes quieren que se rece, y nosotros escribimos sus nombres y los mandamos a las diversas comunidades confesionales. Cuando no tienen dinero para telefonear a su casa o comprar cosas necesarias, les depositamos diez dólares en su cuenta de gastos personales.
¿Por qué es importante para Estados Unidos trabajar en el campo de la inmigración? ¿Cuáles son los problemas fundamentales por resolver?
La inmigración es un tema central para nuestro país y para nuestra Iglesia. Cuando pronunciamos algún discurso público, a menudo usamos principios de las Escrituras para explicar nuestra necesidad de ser acogedores y salir al encuentro de los demás. La cuestión más importante es la unidad de la familia. Seguimos viendo a la familia desgarrada: niños sin padres y cónyuges dejados a su merced. Asistimos a la formación de una nueva categoría de pobres precisamente allí donde la familia era sólida y las personas eran miembros productivos de la sociedad.
El Papa Francisco condenó la globalización de la indiferencia, proponiendo una globalización de la fraternidad. ¿Cómo puede ayudar la globalización de la fraternidad a resolver las cuestiones relativas a la inmigración?
Nos gustó mucho la homilía pronunciada en Lampedusa. La citamos en nuestros discursos y distribuimos copias. La globalización de la indiferencia es letal para la cuestión de la inmigración y para el mundo en general. Es una homilía de gran fuerza: ¡qué don sería la globalización de la fraternidad! Significaría vivir el Evangelio. A menudo decimos: «Es difícil vivir el Evangelio». Es así porque vivimos en una cultura del aislamiento y del miedo. Si practicáramos la globalización de la fraternidad, no existiría el problema de la inmigración. En lugar de reconocer que somos hermanos y hermanas, vivimos en la cultura del «nosotros» y del «ellos»: estamos convencidos de que si los demás no son como nosotros, no pueden ser buenos.
El Papa invitó a ayudar a cuantos están en las periferias. ¿Qué papel tienen las religiosas en la ayuda a los inmigrantes, y cuáles dones específicos poseen las mujeres para prestar este tipo de ayuda?
Las religiosas están en primera línea en el trabajo con los inmigrantes. Nuestra comunidad está comprometida en el trabajo con los pobres y los oprimidos, pero esto vale para todas las religiosas. Vamos a donde hay necesidad y trabajamos con todos. Queremos que nuestras hermanas y nuestros hermanos sepan que no están solos. Tenemos la capacidad de tomar partido y hablar por quienes no pueden o no saben hacerlo. Las mujeres están dotadas de amabilidad y de sentido materno, pero son también muy fuertes; es propio del instinto materno proteger a los indefensos y tomar partido por ellos. No debemos tener miedo de arriesgar por amor al Evangelio.
En 1990 sor Pat Murphy y sor JoAnn Persch fundaron en Chicago Su Casa, comunidad católica para trabajadores destinada a acoger a refugiados centroamericanos que pedían asilo tras haber sobrevivido a la tortura. Algunos años más tarde fundaron Casa Notre Dame para la asistencia de mujeres toxicómanas y de sus hijos. Hoy trabajan como voluntarias de justicia para las Hermanas de la Misericordia de Chicago, en el área del West/Midwest . Crearon y coordinan el Comité interconfensional para inmigrantes detenidos.