
El Cristo Redentor vela por Río de Janeiro desde hace 83 años, desafiando huracanes tropicales y, por qué no, las hordas de turistas que cada año (alrededor de 700 mil) suben a la cima del Corcovado para tomarse la foto de rigor al pie de la célebre estatua.
El Cristo de piedra ha recibido innumerables rayos, así como reconocimientos que llegaron a situarlo entre las siete maravillas del mundo en 2007. Pero los últimos relámpagos fueron muy diferentes. Primero llegó el rayo del nombramiento cardenalicio de (Orani João) Tempesta – arzobispo de Río, que sorprendió con su fulgor al futuro purpurado mientras visitaba justamente la cumbre del Corcovado; después se abatió la verdadera tempesta con sus relámpagos sobre el Cristo Redentor.

Algunos brasileños bienintencionados asociaron estos acontecimientos. Pero muy pronto las interpretaciones sobre el significado del rayo se dividieron: ¿un fenómeno que expresa la aprobación divina ante la decisión de Papa Francisco? ¿Una ensordecedora manifestación de disgusto? El Cristo que, precipitante, vela por la hermosa ciudad del Atlántico, no dio ninguna otra indicación después del rayo.
Mientras tanto, un equipo de obreros-alpinistas se balancea entre los miembros de cemento para llevar a cabo la restauración. Dentro de un mes, el dedo besado por el relámpago volverá a ser el de siempre.