El relato paso a paso de la renuncia de Benedicto XVI, así como se vivió la mañana del 11 de febrero de 2013 en la sala de prensa del Vaticano.Quapropter bene conscius ponderis huius actus plena libertate declaro me ministerio Episcopi Romae, Successoris Sancti Petri, mihi per manus Cardinalium die 19 aprilis MMV commisso renuntiare…”. Con voz ronca y rostro casi inexpresivo Benedicto XVI renunció al pontificado. Así, sin anestesia, sin anuncios en gran estilo. Ni siquiera allí, en la Sala del Consistorio del Palacio Apostólico del Vaticano, todos los presentes comprendieron el sentido de sus palabras. No obstante su limpísimo latín.
Eran las 11:40 horas de una jornada cualquiera. El minuto estampado en la historia de la Iglesia. Nadie lo esperaba. En un lunes como tantos otros, feriado vaticano por los Tratados de Letrán, Joseph Ratzinger sembró una dimisión y cosechó el estupor mundial. Apenas un puñado de cardenales, obispos, clérigos y periodistas seguimos ese momento en tiempo real.
Aquel 11 de febrero la mañana era particularmente tranquila en el buró de prensa de la Santa Sede (la Sala Stampa, como se le conoce). Afuera, el cielo gris cubría la Basílica de San Pedro. Un simbólico presagio del estupor que se avecinaba. Roma, caótica como siempre, estaba lista para convertirse en el centro de la atención internacional. Sin saberlo.
En el ingreso de la oficina vaticana Francesco Antinori, un corpulento y simpático ujier, conversaba con Giuseppe Rusconi, periodista suizo en busca de consensos para la presentación de su libro sobre el aporte económico de la Iglesia católica a Italia. Adentro, en la sala común, los pocos presentes revisaban la prensa de la mañana. En su cubículo el gentil Hiroshi Miyahira, del grupo editorial “The Kosei Publish Company”, ojeaba un periódico. Giovanna Chirri, vaticanista de la agencia italiana Ansa realizaba búsquedas en su computadora y Charles de Peyperrault, de la francesa I.Media, comenzaba su turno. Nada que reportar. Todo tranquilo.
Poco después de las 11 apareció el primer detalle poco usual. El circuito cerrado del Centro Televisivo Vaticano comenzó a transmitir, en vivo, las imágenes del Consistorio Ordinario Público presidido por el Papa. Un signo realmente extraño, al cual no dimos mayor importancia. Las cámaras sólo ofrecían planos cerrados. Pocos paneos, una transmisión institucional. Al fin y al cabo se trataba de una reunión más, relativa al gobierno de la Iglesia. Una actividad de agenda. Según lo previsto, el encuentro había sido convocado para poner fecha de canonización a varios nuevos santos: el italiano Antonio Primaldo y sus 800 compañeros mártires, asesinados en 1480; la religiosa colombiana Laura Montoya y Upegui (1874-1949), fundadora de la Congregación de las hermanas misioneras de la Beata Virgen María Inmaculada y de Santa Catalina de Siena; y la mexicana María Guadalupe García Zavala (1878-1963), cofundadora de la Congregación de las Siervas de Santa Margarita María y de los Pobres.
Durante gran parte del Consistorio acaparó el micrófono el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. Desde el centro de la sala leyó en latín las biografías de los tres beatos. Presentó sus causas ante el pontífice y le solicitó el establecimiento de la fecha para la ceremonia de su canonización. Tras pronunciar varias fórmulas eclesiásticas, Benedicto XVI indicó el 12 de mayo. Mientras tanto, sentados en filas de sillas apoyadas contra los muros, los clérigos presentes seguían las acciones de una reunión de Curia más. No eran sólo cardenales. Al encuentro habían sido convocados otros personajes de la Curia Romana. Desconocían desde el principio el motivo de la invitación, a la cual respondieron de todas maneras. Algunos especulaban con el inminente anuncio de la declaración como santo del beato Juan Pablo II. La realidad era otra.
Terminado el rito del Consistorio, todos esperaban la bendición final del Papa. Pero Guido Marini, el maestro de las ceremonia pontificias, interrumpió el natural devenir del acto. Tomó una hoja blanca de papel y se la acercó a Joseph Ratzinger, quien comenzó a dar lectura al texto de su renuncia. Sentado en el trono, con su esclavina roja de borde blanco y su estola pontificia, de ribetes dorados. Sus anteojos sobre la nariz y su voz ronca.
En la sala de prensa las imágenes registraron ese extraño fuera de programa. Los presentes no llegábamos a comprender el exacto sentido de aquellas palabras. Benedicto XVI leyó de corrido, con una entonación escolástica. Una tras otras las frases resonaron en la sala. Primero “meas ingraviscente etatem” y “non iam aptas esse”. “Mi avanzada edad” y “no tengo la capacidad”. Luego “commissum renuntiare”. Mientras trataba de comprender Charles me tomó el brazo para decirme, con voz sorprendida: “il Papa si è dimesso?”. Una pregunta imposible: “¿Renunció el Papa?”. Me giré e instintivamente le respondí: “No, non credo..”. Transcurrieron escasos segundos y Giovanna Chirri gritó desde su cubículo, a menos de dos metros de distancia: “Ragazzi, il Papa si è dimesso”. Lo decía con un dejo de duda, de incredulidad, como quien busca una reafirmación: “Muchachos, el Papa dimitió”. Salté de la silla y sólo atiné a solicitarle: “Llama al padre Lombardi”. Pero el portavoz vaticano no estaba presente en la oficina. Ella me lo hizo notar, recordando el feriado. Tomó su celular, discó y se escuchó sólo: “Padre Lombardi, ¿es verdad? Desde el 28 de febrero”. La noticia estaba confirmada.