El padre Reinaldo Do es un misionero que llegó al Congo en 1991, cuando se empezaba a hablar sobre democracia en una región muy rica por sus minerales. En 2003, oficialmente, llegó la paz, pero la mayor parte de la población vive con grandes dificultades sociales y económicas. Para invertir esta dirección, la iglesia congoleña invitó a «cambiar la escala de valores y a poner en marcha decisiones valientes para construir un Congo nuevo», cuyos valores fundamentales sean «el bien común, el respeto absoluto de la ley fundamental y un desarrollo solidario».
Miles de congoleños viven en situaciones de miseria absoluta debido a los conflictos armados que siguen provocando víctimas en el país. Bandas y grupos que reciben armas de los vecinos de Rwanda, Burundi y Uganda, bandas de delincuentes o de soldados rebeldes en las zonas fronterizas e incluso los militares del Ejército de Liberación del Señor. Estos grupos continúan operando, saqueando, secuestrando y matando gente en la provincia oriental. «Lo saben todos, pero a menudo las potencias de este mundo –se desahoga el padre Do– se quedan viendo: hay un plan para depredar los recursos. Ante todo esto, nosotros los misioneros nos sentimos pequeños, sin medios para cambiar esta realidad. Aunque seamos como una gota en el océano, seguiremos viviendo con nuestra gente: se trabaja, se reza, se anima, se sueña con un Congo nuevo. Confiamos en el Señor que nos apoya en las dificultades cotidianas; tratamos de educar y animar a la paz, a la honestidad, a la reconciliación, a la consciencia profesional, frutos que, en parte, ya recogemos. Después de tantos años de guerras –subraya el padre Rinaldo–, el camino para volver a poner en pie el país será muy difícil y largo».
De 2006 a 2008 el padre Do había vuelto a Italia para acercar a grupos, escuelas y parroquias a la dimensión misionera de la fe, pero después sintió una urgente necesidad de volver a África. Su actividad se desempeña en la misión “Mater-Dei”, que se encuentra en una barrio de 28 mil habitantes en la capital, Kinshasa, de la República Democrática del Congo. Vive en compañía de otros cuatro misioneros: el padre Antonello (italiano), el padre Jacques (congoleño) y los seminaristas Manuel (brasileño) y Kioko (keniano).
La Misión es un punto de referencia y debe afrontar una serie constante de peticiones de asistencia, además de sostener el desarrollo. «Además de la organización normal religiosa, tratamos de formar y educar a los niños, a los chicos y a los jóvenes. Con los adultos intensificamos el trabajo en las Comunidades eclesiales de base, con una atención particular hacia las mamás y las jóvenes».
El elevado nivel de pobreza lleva a las familias a seleccionar a los hijos que podrán asistir a la escuela, por lo que el analfabetismo sigue aumentando y desemboca en la delincuencia infantil y juvenil. Los misioneros, por este motivo, «favorecen el desarrollo humano-cristiano (adopciones a distancia, escuelas, centros de salud, pozos, capillas, ayuda a discapacitados y a niños desnutridos y enfermos...)». En la misión, además, están construyendo una panadería. «El proyecto podrá ofrecer trabajo a los jóvenes y a las madres que revenderán el pan en los diferentes barrios de la ciudad, además de ofrecer pequeñas utilidades a la comunidad de base que, mediante los encargados de la Cáritas, podrán contar con otro medio para responder a las necesidades de los pobres».
por Luciano Zanardini