«Mi recuerdo de Juan Pablo II está lleno de gratitud. No podía y no debía intentar imitarlo, pero traté de sacar adelante su herencia y su tarea lo mejor que pude». Son palabras del Papa emérito Benedicto XVI, en una entrevista de Wlodzimierz Redzioch publicada en el volumen “Al lado de Juan Pablo II. Los amigos & colaboradores narran”, que contiene textos y anécdotas de los colaboradores y amigos más cercanos de Juan Pablo II. «Estoy seguro de que todavía hoy su bondad me acompaña y su bendición me protege», afirma Benedicto XVI, que también admite haber considerado que «Juan Pablo II era un santo», desde «los años de la colaboración con él». Una convicción que, revela, «se me ha vuelto cada vez más clara».
Según el Papa emérito, para comprender la santidad de Wojtyla, «sobre todo hay que tener en cuenta, naturalmente, su intensa relación con Dios, su estar sumergido en la comunión con el Señor «De aquí –asegura– surgía su alegría, en medio de las enormes fatigas que debía afrontar, y la valentía con la que asumió su tarea en un tiempo verdaderamente difícil».
«Juan Pablo II –recuerda– no pedía aplausos, ni miraba a su alrededor preocupado sobre cómo habrían sido recibidas sus decisiones. Él actuó a partir de su fe y de sus convicciones, y estaba listo incluso para soportar golpes». «La valentía de la verdad –explica Ratzinger en la entrevista–, según mi opinión, es un criterio de primer orden de la santidad». Y, en el caso específico de Wojtyla, «solo a partir de su relación con Dios es posible entender también su compromiso pastoral». De hecho, el Papa polaco «se entregó con una radicalidad que no puede ser explicada de otra manera. Su compromiso fue infatigable, y no solo en los grandes viajes, cuyos programas estaban llenos de encuentros, desde el principio hasta el fin, sino también día tras día, a partir de la misa matutina y hasta ya entrada la noche».
«Durante su primera visita a Alemania, en 1980, por primera vez –reconstruye el entonces arzobispo de la diócesis de Baviera– tuve una experiencia muy concreta de este enorme compromiso. Para su estancia en Mónaco decidí que tenía que hacer una pausa más larga a medio día. Durante ese intervalo me llamó a su habitación. Lo encontré recitando el Breviario y le dije: “Santo Padre, debería descansar”. Y él dijo: “Puedo hacerlo en el Cielo”».
«Solamente quien está tan profundamente lleno de la urgencia de su misión puede actuar así», comenta hoy el Papa emérito al ofrecer un homenaje «a su extraordinaria bondad y comprensión». Papa Wojtyla, revela Ratzinger, «a menudo habría tenido motivos suficientes para culparme o para poner fin a mi encargo como Prefecto. Sin embargo me sostuvo con una fidelidad y una bondad absolutamente incomprensibles».