
La República Centroafricana corre el riesgo de convertirse en santuario de terroristas islámicos en África. La estructura del país ha desparecido y extremistas de todo tipo se están refugiando aquí; se habla de infiltrados de Boko Haram de Nigeria, de fundamentalistas libios que tras la caída de Gadafi combatieron con los yijadistas en Malí, de los Hermanos Musulmanes destronados en Egipto y los janjaweed de Darfur… Los sanguinarios rebeldes del LRA (Ejército de Resistencia del Señor) de Joseph Kony han pedido una zona del este del país para adoptar una tregua; hasta los interahamwe de Ruanda parece que podrían acceder a una parcela de territorio entre las fronteras de Chad y la República Centroafricana para asentarse.
En una situación así ¿cómo crear lazos con los musulmanes?, ¿cómo trabajar por la paz? La desconfianza es mutua pero, a pesar de los riesgos, nos hemos propuesto dialogar.
Así pues, me estoy empapando con literatura sobre la cultura de la paz. La paz es como una diminuta semilla que hay que plantar en tierra, cavar, regar, limpiar… y esperar, antes de recoger el fruto. El trabajo por la paz se nos presenta como una dimensión preciosa de nuestra vocación misionera: “Bienaventurados los constructores de paz”.
En este sentido, en el consejo parroquial hemos señalado algunas pistas de actuación para prevenir la confrontación con nuestros hermanos musulmanes: evitar un lenguaje hiriente, huir de los rumores que nos paralizan, salir de nuestros propios miedos yendo al encuentro del otro, respetar la diferencia, apostar por el bien común… y pedir insistentemente la paz en una oración sin interrupción.
El diálogo con las demás confesiones es uno de los trabajos que ayudan a sembrar la semilla de la paz en la República Centroafricana
De dieciocho capillas de la parroquia, cinco están completamente paralizadas. Los líderes han huido y nadie convoca ni dirige la comunidad. Hemos decidido enviar algunos catequistas misioneros para echar una mano a esas comunidades. En las otras hemos intentado generar signos de esperanza y, sobre todo, hacer ver a la gente que algo funciona: la catequesis, la oración dominical, la reunión de la comunidad, y una sensibilidad por construir juntos la paz. A primeras horas de la tarde tuvimos un encuentro amistoso con nuestros hermanos musulmanes. Estaban muy contentos de que decidiéramos acercarnos a ellos. En total éramos dieciocho: el imán Zacharie y un buen grupo de jóvenes musulmanes y comerciantes junto con Hilaire, Augustin, Béatrice, Jean-Marie, Levy, Maurice, Teresa y yo, por nuestro lado; todos sentados en una mesa común, comenzamos con una oración católica y concluimos con la del imán. Todo han sido buenas palabras y buenos deseos para caminar unidos en estos momentos… Nos hemos dado la consigna de orar por la paz y reunirnos cada semana para buscar acciones comunes de apoyo o denuncia ante cualquier atropello a una u otra comunidad. Todos somos hermanos, hijos de un mismo Dios y, como tales queremos caminar de la mano en estos momentos de crisis y sufrimiento.
Al caer la tarde, hemos orado por la paz con la adoración al Santísimo y el rezo del Rosario misionero. Una jornada bien repleta, llena de esperanza. Acabamos el día en casa de Fidel y Martina celebrando con gozo sus bodas de oro, a la luz de la luna, junto con los matrimonios cristianos. Los ancianos Fidel y Martina nos hablaron de esa otra fidelidad de Dios con su pueblo. Él no puede abandonarnos, es siempre fiel.
Es en este contexto de precariedad y sufrimiento en el que el comboniano Adelino nos ha invitado a meditar sobre la misión desde la fragilidad. Partiendo de la experiencia de la Iglesia de Argel, probada hace unos veinte años con no pocos mártires como su obispo Pierre Claverie, los siete monjes de Thibirine o los cuatro padres blancos y tantos otros misioneros y cristianos… hemos reflexionado qué quiere decir vivir la misión en nuestra situación concreta de dolor y sufrimiento; una misión desde la fragilidad.
Nos sentimos llamados a una misión de manos desnudas. No hemos sido nosotros quienes hemos elegido este momento de prueba, ha sido nuestro Señor, el Siervo Sufriente, que nos ha conducido hasta aquí.
P. Jesús Ruiz, misionero comboniano