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Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

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Marco Roncalli: la santidad de mi tío Juan XXIII

24 de abril de 2014
Marco Roncalli, sobrino del Papa Juan XXIII, cuenta a Aleteia cuáles son las palabras y las imágenes que según él describen la extraordinaria santidad de Juan XXIIII


«Santo porque quiso serlo, trabajó por serlo, consciente de que era necesario dejarse plasmar por Dios». Lo que significaba de verdad para Roncalli ser santo, lo explicó él mismo a los 26 años en una conferencia por el III centenario de la muerte del cardenal Baronio: «Saberse anular constantemente [...], mantener viva en el pecho la llama de un amor purísimo hacia Dios [...]; dar todo, sacrificarse por el bien de los hermanos [...]: toda la santidad esta aquí».

A estas reglas se -digamos- adecuó durante toda la vida:

«Cuando era sacerdote, en su diario espiritual anotaba propósitos como este: Debo procurar alcanzar ese punto al que llegaron los santos».

Los años en los que fue visitador y después delegado apostólico en Bulgaria, Turquía y Grecia, y el periodo del compromiso ecuménico ante litteram y de la ayuda a los judíos que huían del nazismo, son acompañados por notas como «He sentido una vez más [...], el deber que tengo de ser de verdad santo».

En el periodo en el que fue nuncio en la Francia de la posguerra impulsándose a mirar «al futuro» que quería «santificado y santificador» y cuando, como patriarca de Venecia, confiaba más en la «bondad vigilante, paciente y longánime» que «en el rigor y en los azotes».

En el periodo del pontificado con su «robusto programa que desarrollar ante el mundo», comenzando por el Concilio Ecuménico Vaticano II.

Santo porque nos enseñó lo que de verdad vale en la vida, que no es la afirmación personal, sino el vuelo sobre las alas de la verdad y de la caridad, la ayuda al otro fuera quien fuera, cosa que él practicó. Recordemos lo que dijo en su última homilía de Pentecostés cuando era delegado apostólico en Turquía y Grecia. Afirmó con claridad: «Nos gusta distinguirnos de quienes no profesan nuestra fe: hermanos ortodoxos, protestantes, israelíes, musulmanes, creyentes o no creyentes de otras religiones: iglesias nuestras, formas de culto tradicionales y litúrgicas nuestras. Comprendo bien que diversidad de raza, de lengua, de educación, contrastes dolorosos de un pasado lleno de tristezas, nos mantienen aún en una distancia que es mutua, no es simpática, a menudo es desconcertante. Parece lógico que cada uno se ocupe de si mismo, de su tradición familiar o nacional, manteniéndose encerrado en el círculo limitado de su propia parentela, como hacían los habitantes de muchas ciudades de la época de hierro, donde cada casa era una fortaleza impenetrable, y se vivía en bastiones y baluartes. Queridos hermanos e hijos: debo deciros que a la luz del Evangelio y del principio católico, esta es una lógica falsa. Jesús vino para abatir estas barreras; murió para proclamar la fraternidad universal; el punto central de su enseñanza es la caridad, es decir, el amor que une a todos los hombres a él como el hermano mayor, y nos liga mediante él al Padre». Quizás con esto ya está todo.

Santo porque nos enseñó a actualizar el Evangelio en la historia, nos señaló la vocación a la santidad como objetivo posible y no necesariamente como algo sobrehumano: la santidad para Roncalli estaba también en las pequeñas cosas, en hacer bien el bien, en vivir inmerso en las cosas de Dios y no dejarse absorber por los mitos del éxito, de la riqueza, del poder usado para aplastar a los demás.

Santo porque vivió cualquier servicio suyo inmerso sólo en las «cosas de Dios», en la obediencia a Dios y en la Iglesia, a la que quería jardín y no museo, en una especie de paternidad y de hermandad, atendiendo solo a los verdaderos intereses de las almas. Y esto en plena adhesión a los valores del Evangelio: valores que te piden mirar al otro como a un hermano, sea quien sea, con respeto, con misericordia -palabra que vuelve a estar de actualidad- y no con anatemas o cruzadas, distinguiendo siempre el error de la persona que yerra.

Santo porque con su valor y su humildad nos dejó una brújula preciosa para seguir rutas seguras en las relaciones con las demás confesiones cristianas, en la búsqueda de la unidad, y con las demás religiones, a través del respeto y del diálogo: la brújula del Concilio. Esto junto a dones como la Pacem in Terris, que exige nuestro compromiso permanente por la paz.

Santo porque lo fue no para sí. No en nombre de una santidad bella pero solitaria, es decir, cultivada en su relación con Dios, aunque ciertamente él la cultivaba en la oración de quien posee una fe sólida como la roca. Más bien, la suya era una santidad «pública», que quería dar a entender a los hombres lo que es necesario para la salvación. Y este dato muestra también por qué el reconocimiento que el Papa Francisco le ha tributado no le sirve a él, sino a nosotros, al invitarnos a seguir su «faro luminoso para el camino que nos espera», a vivir con la meta de una santidad que se puede alcanzar, conscientes también de que si las virtudes son ejercicios humanos, la santidad -incluida la de Roncalli- se debe dejar plasmar por Dios.

fuente: Alfa & Omega
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