La ostensión del ícono auténtico de la "Salus Populi Romani" como conclusión del ayuno convocado por Papa Francisco para obtener del Señor, mediante la intercesión de la Virgen María Madre de Dios, la paz en Siria, en Oriente Medio y en toda la faz de la tierra, ha interrogado a muchísimo fieles.
¿Qué sentido podía tener la ostensión de este ícono, situado junto al altar y al Santísimo Sacramento, con un Papa Francisco casi constantemente arrodillado?
Sólo se puede responder recordando que nunca se puede reducir un icono a un cuadro pictórico, sea el que fuere el genio artístico que lo haya realizado, porque a diferencia de un simple cuadro que atrae la mirada del espectador para verificar la armonía y la belleza, el ícono hace presente, a su manera, a la persona misma que es representada.
No solo. Al estar el ícono lleno de la energía de la fe que le ha sido entregada por todos aquellos que frente a él, y gracias a él, han dirigido su corazón al Señor, el ícono distribuye, a todos aquellos que se acercan con fe, lo que él ha recibido.
En especial el ícono, este ícono – reconocido por la Iglesia como origen de particulares "mirabilia Dei", que nosotros habitualmente llamamos "milagros" – refleja, reproduce y vierte en el corazón de quien se dirige a él, con sencillez y con total disponibilidad a la voluntad de Dios, esas mismas gracias de las cuales fue plenamente gratificada la Virgen Madre de Dios, según la medida de la fe de cada uno.
El auténtico ícono de la "Salus Populi Romani" – y, por tanto, no una reproducción cualquiera, como las que a menudo llevamos en nuestras carteras – está repleto de todo esto. Efectivamente, lleva con él la herencia de fe de las generaciones cristianas que, animadas por el arquetipo al que este ícono hace referencia, es decir, a la Virgen Madre de Dios, han pedido y obtenido por la fe: paz, seguridad y salud, como garantía de la salvación prometida a todos por Jesús Su Hijo, el Salvador.
Por esto, la particular importancia que ha tenido la presencia y la ostensión, el sábado 7 de septiembre, del ícono de la "Salus Populi", que de este modo se ha convertido en garantía de salvación no sólo para los romanos, sino para el mundo entero, como conclusión del ayuno pedido y obtenido por Papa Francisco y al que han participado millones de católicos, de cristianos, de creyentes y de hombres de buena voluntad, amantes de la armonía del mundo y de la paz.
Solamente la basílica de Monreale, con sus maravillosos mosaicos, habría podido soportar la comparación con la visión paradisiaca de plaza San Pedro, en esta vigilia vivida por los pueblos del mundo entero alrededor del altar y la Palabra de Dios, con el Santísimo Sacramento, en compañía del ícono y en presencia del Papa.
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La referencia a Monreale hecha por el padre Innocenzo Gargano en sus últimas líneas hablan de una absoluta obra maestra del arte cristiano: la basílica erigida en el siglo XII por el rey de los normandos en Monreale, en los montes sobre Palermo, totalmente cubierta en su interior por mosaicos que ilustran el cumplido diseño de Dios sobre el mundo y la historia.
Los mosaicos que en Monreale ilustran la creación son la cumbre artística y teológica de todo el ciclo. En la primera de estas representaciones, el Espíritu de Dios rasga el abismo con una energía impresionante, creando "armonía" donde antes había caos.
Y es precisamente la armonía originaria impresa por la sabiduría de Dios a la creación y entre los seres humanos – a los que hace de contraste la irrupción del pecado y el asesinato de Abel, del que las guerras son una trágica herencia – el primer tema de la meditación desarrollada por el Papa Francisco en la vigilia del 7 de septiembre.
de Innocenzo Gargano