Hacia años que se había anunciado la necesidad de acoplar el sistema de la contabilidad nacional a un nuevo requisito de Bruselas: incluir una aproximación a la economía sumergida. No es tan difícil como parece. Dado que el Producto Interior Bruto se puede calcular en función de diversas variables, basta establecer la desviación entre lo que las empresas y los autónomos dicen que han generado y lo que la población ha gastado. Explicado así, a grandes rasgos, y restados los préstamos bancarios, a uno le queda la cifra de eso que llamamos dinero negro y que es tan dinero como el resto a la hora de comprar pan, cebollas o unos zapatos para el verano. Eso si, el que lo ganó, olvidó dejar su parte proporcional en las arcas públicas que a todos alimentan.
La iniciativa no es mala. Y no se equivoquen, que a pesar de esa idiosincrasia nuestra que nos hace defraudadores desde la cuna, mucho más preocupada anda Italia cuando salga a relucir, con cifras impresas, la realidad de su extendida corrupción. Nosotros, por las películas, solo conocemos la Mafia, pero aún hay que sumar la Ndangheta y la Camorra, vamos, un dineral que no pasa por Hacienda.
Pero a raíz de esta nueva contabilidad, a unos señores en Hacienda se les ha ocurrido lanzar el globo sonda de la posibilidad de legalizar la prostitución y la droga. Antes de lanzarme a discutir sobre la idea, me queda la duda de si la única razón que les ha movido a hacer la propuesta es ahorrarse el trabajo de la nueva contabilidad. Pero, sea o no este el móvil, lo cierto es que la sola mención es preocupante. No tanto por el debate en sí sobre la legalización de la prostitución o de las drogas, sobre los que tengo mucho que decir pero no entraré en este artículo, sino por el hecho de que decisiones de tantísimo calado, con implicaciones sociales, culturales, antropológicas, filosóficas, sanitarias y, por supuesto, morales, se pueden tomar en función de criterios estrictamente economicistas.
piernasTanto España como otros países del entorno se encuentran en estos momentos sumidos en un grave problema de credibilidad institucional arengado por deudas públicas que no terminarán de pagar ni los nietos de nuestros nietos. Engordar el PIB desde la partida que sea es una falsa manera de adelgazar deuda, puesto que se suele medir -con un criterio bastante lógico- en función de la riqueza de cada nación. Lo importante no es cuánto se debe sino cuánto tardaría ese país, en las actuales condiciones de producción, en pagar lo que se debe. Luego aquí hay un más que dudoso móvil que anima a seguir adelante con las controvertidas medidas legalizadoras: la contabilidad legal de prostitución y drogas maquillaría sensiblemente las cuentas del Estado.
Pero no todo es la economía. Les pongo ejemplos: si cada etíope vendiera un riñón a los necesitados de riñones, posiblemente vivirían mejor, pero la sociedad no admite el comercio con órganos porque entiende que denigra a las personas. Si cada chadiense que pasa hambre pudiera vender en el mercado del primer mundo a dos o tres hijos, las madres descubrirían un nuevo sistema de producción en su vientre, pero este comercio no está permitido porque tampoco es bueno para la dignidad de las personas. Más ejemplos, si se pudieran vender armas químicas libremente en los mercados internacionales, Corea del Norte o Irán no serían los países amenazadores pero sin poder real que hoy son.
El hecho es que la sociedad se organiza de tal manera que minimice los efectos colaterales de cualquier actividad, esto incluye las comerciales. Los anteriores ejemplos demuestran que, aun a sabiendas de los beneficios económicos que podrían generar determinadas prácticas, los perjuicios morales, sociales o de otra índole invitan a decantarse por no permitir esos intercambios. El debate sobre si se debe legalizar la prostitución o la droga no debería girar jamás alrededor de los posibles beneficios económicos que generaría. Y eso es, precisamente, lo que han querido hacer con el anuncio de la semana pasada.
Por María Solano (@msolanoaltaba)