
La noticia de mi nuevo destino, Perú, me ha llenado de alegría. Cuando me preguntaron por mis preferencias para el próximo destino misionero, me inclinaba por cualquier lugar en Latinoamérica. Para mí, como etíope, significa acercarme a nuevas culturas y nuevas experiencias de evangelización. Lo considero, sin duda, un reto enriquecedor. Sin embargo, parto con buenos recuerdos de esta misión de Dongora donde he vivido el último año.
El trabajo ha sido intenso, en las escuelas y en la parroquia, pero tanto en unas como en la otra, he disfrutado. Dongora es una misión en la zona de Sidamo, al sur de Etiopía. Un altiplano verde donde se cultiva sobre todo el café, el enset —variedad también conocida como falsa banana— y algo de maíz. Las parcelas son pequeñas y los ingresos de las familias, que suelen contar con siete u ocho miembros de media, resultan escasos.
Llegué a la misión para hacerme cargo de las escuelas primarias, ya que las religiosas que las habían dirigido hasta entonces querían traspasarnos la responsabilidad. El compromiso suponía dirigir tres escuelas y una guardería. La mayor de ellas, situada en el centro de Dongora, tiene 550 alumnos. Trabajan en ella 12 profesores y las clases llegan a acoger hasta 90 alumnos por aula. El año pasado, la escuela fue considerada la mejor del distrito.
Los otros dos colegios de primaria dependientes de la misión están en Qallite, a 15 kilómetros de Dongora, y en Warra, a 8 kilómetros de la misión, y tienen 230 y 320 estudiantes, respectivamente. Además, atendemos la guardería en Cukko, de 300 niños. Por tanto, el trabajo para llevar todo ello adelante resulta considerable.
El trabajo en los centros escolares ha sido una de las principales tareas del P. Tafesse Franso en la misión de Dongora (Etiopía).
Cuando llegué a la misión, el párroco, el P. Paoli, tuvo que ausentarse para hacer un curso en Italia y me tocó sustituirle en esa responsabilidad. Menos mal que formaba comunidad con otros tres combonianos, todos de edad avanzada, el Hno. Luciano Cariani, de 87 años, y los padres Giuseppe Dalla Vecchia y Bruno Maccani de 79 y 90 años, respectivamente. Personas las tres muy agradables y de buen trato.
Mi día comenzaba a las 5:30 de la mañana y tras las oraciones en comunidad, la misa y el desayuno, pasaba el resto de la mañana en la escuela. Allí atendía a alumnos, padres y profesores. Para algunas familias la tasa escolar anual —de unos 3 euros por estudiante— les resulta difícil de pagar, especialmente si tienen varios hijos escolarizados. En esos casos, la misión se hacía cargo de los costes. También distribuíamos anualmente unos 3.000 cuadernos para los estudiantes; les dábamos 8 cuadernos a cada uno, uno por asignatura. Otras mañanas me tocaba visitar las otras dos escuelas, o la guardería si era necesario.
Una de las actividades que me resultaba más atractiva era el encuentro con los catequistas. La parroquia contaba con 32 capillas, divididas en tres zonas. Cada dos semanas los catequistas de las distintas zonas se reunían y planeaban las actividades de sus capillas.
Tengo en mi cabeza la imagen de personas y nombres que me han dado un gran ejemplo por su celo y dedicación pastoral y me han ayudado en mi trayectoria de fe. Como el señor Shallamo, un catequista entregado al servicio a la Iglesia, casado y con 5 hijos, considerado aquí casi como un anciano, respetado por todos, capaz de poner paz en cualquier conflicto ya fuera entre cristianos o entre no creyentes.
La misión cuenta también con un centro para estudiantes, con librería y aula de informática en Wondo, ciudad a 12 kilómetros de Dongora. Cada martes se reúnen en él unos 60 jóvenes, para compartir la fe, celebrar la eucaristía o discutir sobre los temas que les preocupan.
Mientras hago ahora las maletas, comienzo a imaginar cómo será Perú, mi siguiente etapa en la vocación misionera. Voy confiado de que encontraré también gentes sencillas con las que compartir la vida y la fe.