En Mosul, los militantes del autoproclamado Califato Islámico han ocupado Iglesias y conventos, han destruido estatuas marianas y cruces, quemaron el arzobispado siro-carólico e impusieron a los cristianos el ultimátum: o se van, abandonando sus casas y sus bienes, o pagan el “impuesto” de protección, o se convierten al Islam o mueren. Los últimos bautizados que todavía permanecen en la ciudad después de la fuga masiva de junio escaparon hacia Dohuk, Qaraqosh, Kramles, Tilkif y otros centros de la Llanura de Nínive protegidos por los Peshmerga y por las fuerzas armadas regulares que responden al gobierno autónomo del Kurdistán iraquí. La fuga hacia la salvación asegurada por los “protectores” kurdos (que también tomaron el control de Kirkuk) destruye, por lo menos temporalmente, el “proyecto” de la Llanura de Nínive” cultivado desde tiempos inmemoriales por las comunidades cristianas iraquíes, que pretendía crear en esa zona una región autónoma para los cristianos, realizando, en parte, el sueño ancestral de un “hogar nacional” independiente reservado a las comunidades caldeas, asirias y sirias.
Sorprende saber que el pasado 5 de junio, cuatro días antes de la ofensiva lanzada sobre Mosul por los jihadistas del Estado Islámico de Irak y del Levante (Isil), un grupo de políticos y administradores locales de algunas asociaciones políticas de inspiración cristiana (empezando por el Assyrian Democratic Movement) se reunieron en Dohuk para volver a proponer el Proyecto de una Provincia autónoma en la Llanura de Nínive, y habían decidido enviar una delegación de politicos cristianos iraquíes a los Estados Unidos para buscar el apoyo de los ambientes politicos internacionales y de las comunidades cristianas iraquíes en el exilio. En los discursos de los promotores del proyecto, la creación de una Provincia independiente “dedicada” a los bautizados representava el único instrumento capaz de tutelar la supervivencia de la presencia cristiana autóctona dentro de la nación iraquí.
Alrededor de la Llanura de Nínive se concentran desde hace siglos opiniones contrastantes y problemas para garantizar la permanencia de comunidades cristianas autóctonas en el espacio de la antigua Mesopotamia. Después de los fastos de la Iglesia nestoriana de los primeros siglos cristianos y de las persecuciones sufridas bajo los turcos selyúcidas y, después, bajo los mongoles en época de Tamerlán, durante la época otomana lo que sobrevivía de la antigua Iglesia asiria de Oriente se había mantenido durante siglos entre las tribus asirias concentradas entre las montañas de Kurdistán (en el territorio que está entre Mosul, Hakkari y el lago Urmia). Durante ese largo periodo de aislamiento, la fisionomía misma de la Iglesia asiria de Oriente había provocado su identificación con la etnia asiria. EL aislamiento tribal se rompió parcialmente con la llegada de los misioneros católicos latinos. En 1533, algunos obispos asirios decidieron reafirmar la plena comunión con el obispo de Roma. Así nació la Iglesia caldea, guiada por un Patriarca, y que se habría convertido con el paso del tiempo en la Iglesia principal de cristianismo iraquí, y que con respecto a los cristianos “asirios” encontró en sus vínculos con la Sede romana un precioso antídoto en contra de los particularismos étnicos. Se pudo constatar en muchas ocasiones, sobre todo por su enfoque frente a los escenarios geopolíticos de la zona y a las maniobras político-militares puestas en marcha el Asia central por parte de las potencias extranjeras. Durante la Primera Guerra Mundial, agentes británicos infltrados en Kurdistán enrolaron a los asirios con la promesa de apoyar la creación de un Estado asirio independiente al final del conflicto. También en Irak, bajo el mandato británico, los combatientes asirios lucharon al lado de las tropas del Reino Unido en la represión de las insurrecciones chiitas y kurdas, por lo que continuaron reivindicando la creación de un “Estado en el Estado” bajo la autoridad temporal del Catholicos. Una obstinación independentista castigada ferozmente por el nuevo estado independiente, lleno de nacionalismo árabe y con la intención de disminuir todas las particularidades étnico-religiosas que ponían en riesgo la unidad nacional. En agosto de 1933, en toda la provincia de Mosul, las tropas regulares llevaron a cabo masacres no solo de asirios, sino también de sirios, armenios y caldeos. En las regiones de Dohuk y de Cheikhan fueron asediadas 65 localidades cristianas, mientras el Catholicos asirio, expulsado, encontró refugio en los Estados Unidos y las comunidades asirias exiliadas se convertían en custodios del nacionalismo asirio. Estas últimas cultivaron durante el siglo XX la esperanza de “Asiria”, una patria independiente.
Por su parte, desde aquel momento la Iglesia caldea apostó por la integración “panárabe” y abandonó la reivindicación de cualquier particularismo étnico-nacional. Mientras parecía debilitarse la esperanza de un hogar nacional asirio-caldeo, los cristianos que permanecieron en Irak se iban arabizando culturalmente, con una actitud mimética y minimalista gracias a la cual los caldeos iraquíes atravesaron las décadas del socialismo militar baathista, sufriendo limitaciones y vejaciones, pero logrando sobrevivir y crecer, incluso en las grandes ciudades del Irak centro-meridional, hasta la intervención militar noratlántica. La condena expresada por la Iglesia caldea guiada por el Patriarca Raphael I Bisawid de las operaciones coordinadas por los Estados Unidos “Desert storm” (1991) e Iraqi freedom (2003) tuvo un eco formidable en Roma, tanto en la figura de Juan Pablo II como en la diplomacia vaticana. En esos años, los cristianos de Irak lograron huir de las sespechas de complicidad con los “nuevos cruzados” de Occidente, que campeaba entre sus compatriotas musulmanes. Pero en los años que siguieron, incluso ellos permanecieron inmunes al contagio de las pulsiones sectarias y nacionalistas que se desencadenaron después de la caída del régimen de Sadam Hussein. La línea “mimética” que configuraba la asimilación cultural y política de los cristianos árabes parecía desaperecer, sobre todo debido a los esfuerzos de los círculos asirios y caldeos en el exilio. Durante los años del Patriarca Emmanuel III Delly, el nuevo impulso identitario marcó algunas declaraciones de la cúpula de la Iglesia caldea, que se expresaba en público como representación de una minoría étnico-nacional que luchaba para defender los propios derechos sociales, políticos y culturales en septiembre de 2003. Un ejemplo fue la carta que escribieron los obispos caldeos al funcionario estadounidense Paul Bremer (que entonces era administrador civil en Irak) en la que protestaban en contra de la ausencia de caldeos en el gobierno de transición, hablando como custodios de una identidad étnica, más que religiosa: «los caldeos representan la tercera comunidad étnica de Irak, después de los árabes y los kurdos».