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La guerra de Gaza como pretexto… y un repaso histórico

30 de julio de 2014
Siempre se ha dicho que la paz al Cercano Oriente no llegará hasta que la negocien las generaciones que nazcan más allá de la mitad del siglo XXI

La guerra de Israel con sus vecinos árabes, no tiene visos de acabar nunca. Se inició, en su faceta actual, mucho antes del nacimiento del Estado sionista, en mayo de 1948, cuando comenzaron los primero asentamientos de colonos judíos al abrigo del “Plan Balfour”, en 1917 –la promesa británica de un “Hogar judío” en Palestina- , cuando ya se vislumbraba el final de la I Guerra Mundial con la derrota de Alemania y de sus aliados, entre los que se encontraba el Imperio Otomano, ocupante entonces de la Palestina romana.

Ya se sabe que, por los acuerdos Sykes-Picot, es decir, la alianza colonial entre entre Gran Bretaña y Francia, toda la tierra árabe sometida al poder califal de los turcos se la repartieron las potencias ganadoras de la guerra… después de haber prometido la independencia a las diversas tribus árabes –recuérdese a Lawrence de Arabia- que combatieron al ocupante otomano. Los árabes fueron engañados y sus tierras ocupadas por las potencias coloniales. Así surgieron Siria, Irak, Jordania, Líbano, el protectorado palestino… Hasta que, al final de la II Guerra Mundial, los judíos de toda Europa y los supervivientes del Holocausto, empezaron a llegar a Palestina con el sueño concebido a finales del siglo XIX por el periodista judío Teodoro Herzl: el sionismo, la ideología pensada para agrupar al pueblo judío en la “Tierra Prometida”. Ese Israel histórico, sin embargo, apenas fue una quimera en el avatar de la paulatina ocupación de las tierras cananeas por las tribus abrahámicas… Un detalle que se suele olvidar es que, entre estas tribus, se encontraban, precisamente, los descendientes de Ismael, el primer hijo del Patriarca mesopotámico, circuncidado al igual que su hermanastro Isaac como símbolo de la alianza tantas veces rota por el pueblo escogido…

Todo este preámbulo no tiene otro objetivo que situar, aunque sea someramente, los antecedentes históricos de esa guerra sin fin a que me refería al principio y que en estos momentos se ceba en Gaza como un capítulo más. Sin embargo, a lo largo de estos años de fuego y sangre, desde que las milicias judías se enfrentaron con métodos imitados hoy por el “yihadismo”, al Ejército británico y a la población árabe palestina –cristianos y musulmanes- para ocupar su territorio, han sido numerosas las iniciativas destinadas a conciliar a los modernos descendientes semitas de Abraham. La primera de ellas fue la propia resolución de la ONU de noviembre de 1947, que dispuso la división en dos partes de la tierra palestina, en un intento quimérico de llevar la paz entre sus habitantes. A partir de ahí podría decirse que todo lo ocurrido en nuestra historia reciente, sin excluir algunos episodios de la “guerra fría” que también dividió al mundo árabe, tiene como punto de partida la violencia que no ha cesado entre árabes e israelíes.

Sabido es que los países árabes, que se erigieron en tutores de los palestinos, se negaron a aceptar la partición y declararon abiertamente la guerra al recién nacido Israel en un movimiento solidario que sirvió de pretexto para impulsar el panarabismo que, a su vez, abrió la espita de los movimientos nacionalistas y de las revoluciones árabes, cristalizadas en las dictaduras egipcia de Naser, la siria de Asad y la iraquí de Saddam Husein. En un tiempo formaron el llamado “frente del rechazo”… que no tardaría en claudicar frente al poderío judío, alimentado por Estados Unidos y las potencias europeas. En esos momentos, bien puede decirse que las simpatías del mundo entero se inclinaban claramente hacia el pequeño Estado judío, el “David” que osaba enfrentarse al “Goliat” árabe que, en definitiva, resultó ser un tigre de papel, manejado por soviéticos y norteamericanos como peones de su “guerra fría”.

¿Qué hizo entonces Israel? Algo muy simple: burlarse de la resolución 242 de la ONU que le obligaba a devolver los territorios ocupados en la guerra de 1967 y completar, de esta manera, la recuperación de los “derechos históricos” evocados por el sionismo, con la ocupación de la totalidad de la tierra palestina, para entendernos un poco, la Cisjordania que hasta entonces había administrado la vecina Jordania. A ello siguió la anexión de Jerusalén, declarada capital eterna del Estado de Israel y la construcción constante de nuevos asentamientos de colonos en contra de las resoluciones de la ONU y que no tardó en rodear de un nuevo “muro de la vergüenza”. La reacción de los palestinos, emancipados ya de la tutela árabe, fue la resistencia a la ocupación de sus tierras en la forma de las sucesivas “intifadas”, es decir, el terrorismo puro y duro de la Organización para la Liberación de Palestina, entonces liderada por Yaser Arafat.

Vale la pena recordar un poco estos capítulos de la historia reciente para explicar, con el mayor realismo posible, la situación que hoy se vive en Gaza tras el asesinato de tres adolescentes israelíes por parte de una célula incontrolada del partido “Hamas”. Por supuesto que han ocurrido muchas más cosas. Por ejemplo, los mil y un intentos de mediación de Estados Unidos –la Liga Árabe y Europa no cuentan para nada…- para conciliar a judíos y palestinos, incluido los “acuerdos de Oslo” bendecidos por la Casa Banca… y nunca cumplidos por Israel. Por ejemplo también, el desalojo de la franja de Gaza por parte del Ejército israelí y el “secuestro” de su población por parte del partido terrorista Hamás, que no reconoce la existencia del Estado de Israel y se enfrenta además a la moderada Autoridad Nacional Palestina, que si lo reconoce por acuerdo del CNP de 1997 y que lidera Mahmud Abbas. Añadiría la emergencia del islamismo radical al socaire de la “primavera árabe” y su posterior derrota en Egipto, pero con la secuela de la guerra civil en Siria, la proclamación reciente del “califato” de Mosul, ensañado con la población cristiana y chiita y la expansión del “yihadismo” en África, por citar episodios que están en la mente de todo el mundo.

Con estos antecedentes, que solo son la mera espuma que emerge de las turbulencias del Cercano Oriente, la pregunta que se plantea desde hace sesenta años, es cuando y cómo acabarán por entenderse israelíes y palestinos. En cierta ocasión, durante un viaje que hizo a España el líder de la OLP, Yaser Arafat, que parecía tocar con las manos un acuerdo definitivo con Israel, le pregunté cómo sería posible la coexistencia de judíos y musulmanes después de tanto odio destilado a lo largo de décadas de guerras y terrorismo. Me contestó, con un punto de indignación en su voz: “Pues viviremos como siempre hemos vivido judíos, cristianos musulmanes en la Tierra Santa, antes de que naciera Israel: viviremos en paz”. Pero, le insistí, Israel existe ahora y ya no se trata de convivencia humana sino política… “Eso no es problema –me replicó- porque también existirá el Estado de Palestina y la historia nos condena a entendernos”. Ahora, la pregunta habría que hacérsela al líder de Hamas que se oculta bajo los escudos humanos que coloca en Gaza, en torno a sus bases de lanzamiento de misiles. Pero el radical Haniyeh, que ya no cuenta ni con el apoyo de los Hermanos Musulmanes egipcios ni siquiera con Irán, que estos años lo ha surtido de dólares y armas, todavía no ha hablado después de dos semanas de sangriento de asedio israelí.

Quien si ha hablado en Benjamin Netanyahu, el vengativo primer ministro israelí, que no está dispuesto a negociar nada con la Autoridad Palestina… mientras no rompa su acuerdo de reconciliación con Hamas. Gaza, en realidad, se ha convertido en un nuevo pretexto para dar largas -¿cuántas décadas más?- a una solución negociada que sabe bien le costaría levantar muchos de los asentamientos ilegales construidos en Cisjordania y dejar controlar los movimientos de los palestinos dentro de unas fronteras seguras.

Siempre se ha dicho que la paz al Cercano Oriente no llegará hasta que la negocien las generaciones que nazcan más allá de la mitad del siglo XXI. Pero ese hipotético plazo se puede acortar en la medida de que, por primera vez, la opinión pública mundial empieza a ver a Israel más como un verdugo de los palestinos que como una víctima. Los palestinos pueden haber cometido muchas estupideces en las últimas décadas, incluidas las “intifadas” que solo añadieron más dolor y muerte en la escalada interminable de los odios, pero el mundo ya se ha dado cuenta, a pesar de los misiles de Hamas, de que también tienen su derecho a ser libres, dentro de unas fronteras que garanticen su soberanía. Y eso, Israel lo ha rechazado de plano hasta el día de hoy en un continuo desafío a la comunidad internacional, con mil y un pretextos, muchos de ellos facilitados por la propia estulticia del radicalismo islamo-palestino y otras deliberadamente provocadas por el propio Israel, como la “visita” de Ariel Sharon a la Explanada de las Mezquitas, sin excluir el asesinato de Isaac Rabin por un exaltado colono judío. Lo que ocurre es que Israel dejará de tener pretextos en el momento en que su existencia deje de estar amenazada por Irán, como ha ocurrido ya con Egipto, una vez que los ayatolás abandonen su programa nuclear y se ocupen de ajustar cuentas al “Califato” de Irak y establezcan una alianza estratégica con sus rivales sunnitas del Golfo para acabar con el “yihadismo”. Pero esta ya sería otra historia – utópica aunque posible- que dejaría apagados los ecos de una Gaza en ruinas que ahora deberá ser reconstruida con la ayuda de todo el mundo civilizado.

por Manuel Cruz

Comentarios
por Jorge (i) (31.221.215.---) - martes , 5-ago-2014, 8:17:13
¿De quién es el artículo?
por Abel (81.203.151.---) - martes , 5-ago-2014, 8:46:48
Ya está agregado el nombre del autor, disculpen la omisión.
por Jorge (i) (31.221.168.---) - miércoles , 6-ago-2014, 10:02:08
Muchas gracias Abel.
El artículo me ha parecido excelente. Otro punto de vista para intentar comprender un poco mejor lo que está pasando en Oriente Medio.
Un abrazo.
por Abel (81.203.151.---) - miércoles , 6-ago-2014, 11:42:18
Sí, muy buen artículo. Lamentablemente se presenta el problema siempre de manera muy simplificada (indignantemente simplificada), y este artículo al menos lo refleja en su ambigüedad y en la consiguiente imposibilidad de tomar partido.
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